Las urnas han cerrado a las 20:00 horas.

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Opinión TRIBUNA

Cuando gestionar también es política

Vicente Montáñez
Valencia
Publicada

Hay frases que nacen como una ocurrencia de pasillo y terminan revelando la grieta por la que se cuela toda una doctrina. "Ejecutivos en el barro" es una de ellas.

Cuando el imaginario colectivo dibuja la figura de un alto directivo, suele recurrir al cliché manido: la moqueta mullida, el despacho en la última planta con vistas al skyline, la corbata impecable y esa mueca de suficiencia que transmite la falsa ilusión de que todo está bajo control en una diapositiva de PowerPoint.

El barro, en cambio, parece reservado para la tropa: para quienes bajan a la trinchera a pelear con el proveedor que no cumple, para quienes renegocian el presupuesto que se desangra o para quienes resuelven, a las once de la noche, la chapuza que a las nueve de la mañana lucía perfecta en la presentación del consejo.

Sin embargo, gobernar una organización -sea un gigante del Ibex o una maquinaria electoral- consiste, de forma irremediable, en eso: en mancharse los zapatos.

La política conoce bien esa servidumbre, aunque en los últimos tiempos parezca haber sufrido una amnesia severa. Una campaña electoral no es más que un proyecto de ingeniería operativa extremo: una carrera contrarreloj en la que se cruzan presupuestos millonarios, logística implacable, crisis reputacionales, ciberseguridad y análisis masivo de datos. Con un agravante que haría temblar a cualquier director de operaciones: la fecha de entrega es innegociable. En las urnas no hay prórrogas ni excusas administrativas.

Durante décadas, los partidos han profesionalizado extraordinariamente el envoltorio. Llegaron los sociólogos, los expertos en demoscopia, los asesores de imagen, los estrategas de redes sociales y los especialistas en big data. La política moderna ha aprendido a diseccionar el cerebro del electorado con una precisión quirúrgica que roza la obsesión.

Pero, en ese empeño por perfeccionar el espectáculo, la política se olvidó de la tramoya.

Nos hemos vuelto maestros en el arte de seducir al votante, pero profundamente analfabetos a la hora de gestionar la máquina encargada de conseguirlo. Un estratega brillante puede dar con el eslogan perfecto. Un creativo puede diseñar unspot deslumbrante. Un analista puede señalar el nicho de voto clave. Pero, al final del día, alguien tiene que hacer que miles de engranajes invisibles giren al unísono y sin margen de error. Y ese alguien no necesita haber leído a Maquiavelo: necesita saber dirigir.

La política internacional ya nos ha dejado pistas evidentes de esta metamorfosis. En 2008, David Plouffe convirtió la candidatura de Barack Obama en una máquina de precisión casi industrial. Cuatro años más tarde, Jim Messina elevó la apuesta al transformar la reelección en una organización científica orientada a la medición, la tecnología y el rendimiento del dato. Un modelo que el propio Messina exportó con éxito al Reino Unido y que Emmanuel Macron replicó en 2017 con En Marche!, demostrando cómo una estructura política nacida de la nada podía escalar hasta reunir a cerca de 300.000 militantes en cuestión de meses.

Ninguno de ellos necesita la etiqueta retrospectiva de Interim Manager. Lo verdaderamente revelador es la lógica que subyace en sus métodos: importar talento especializado, autoridad operativa y capacidad ejecutiva para ponerlos al servicio de una organización sometida a una presión asfixiante y a un calendario implacable.

Ahí es donde emerge la figura del ejecutivo temporal. Un directivo de verdad no desembarca en una sede de partido para hacer carrera orgánica, adular al líder de turno o buscar cobijo en una lista electoral. Entra para cumplir una misión: ordenar el caos, ejecutar, optimizar recursos y marcharse por donde ha venido.

Traslademos ese rigor al ecosistema de una campaña. Imaginemos un director financiero con plenos poderes de controlling, capaz de fiscalizar hasta el último euro; un director de operaciones -COO- capaz de traducir las ocurrencias del comité de estrategia en un plan operativo impecable; o un responsable de transformación digital que imponga orden en la ciberseguridad y los procesos de datos. Profesionales sin ambición de escaño ni ganas de hacer pasillo. Ejecutivos cuyo único salvoconducto para el siguiente encargo sea, simple y llanamente, haber entregado resultados impecables en el anterior.

De eso tratará precisamente esta serie: de explorar esas campañas presidenciales en Estados Unidos que empezaron a funcionar como multinacionales tecnológicas; de directores obsesionados con la métrica y la disciplina; de estructuras que escalaron a una velocidad endiablada, y de los riesgos implícitos cuando la eficacia ejecutiva se olvida de la gobernanza.

Poco importa aquí el color del partido o la trinchera ideológica. Lo verdaderamente interesante -y profundamente incómodo para los aparatos tradicionales- es entender cómo estaban organizados: quién tomaba las decisiones reales, quién ejecutaba los presupuestos, quién medía el impacto y quién asumía las responsabilidades cuando algo salía mal.

Llevamos demasiado tiempo confiando el destino de la política a asesores capaces de redactar frases brillantes para los informativos de las nueve, mientras la estructura se carcome por dentro.

Quizá la verdadera revolución no consista en contratar a otro gurú del marketing, sino en que alguien con criterio cruce el umbral de la sede, se encierre en el despacho, despliegue el cuadro de mando y lance una pregunta tan prosaica como demoledora:

"Muy bien. ¿Quién es el responsable de que esto funcione?"

Ahí empieza este viaje. Y ahí, nos guste o no, empieza el barro.

Vicente Montañez es CEO Powerboard Partners y fue concejal del Ayuntamiento de Valencia (2019-2023).