El estado de una ciudad es el reflejo de quien la gobierna. Y la València de María José Catalá ofrece hoy una imagen inquietante: edificios cerrados, equipamientos paralizados, patrimonio abandonado, instalaciones deportivas clausuradas y proyectos heredados que siguen acumulando polvo.
La ciudad se cae a pedazos mientras la señora Catalá parece más pendiente de las cuitas internas del Partido Popular que de resolver los problemas de los valencianos y las valencianas.
El cierre del Teatro Principal es la metáfora perfecta. Uno de los grandes símbolos culturales de València ha bajado la persiana por graves deficiencias estructurales, de seguridad y accesibilidad.
La rehabilitación integral podría costar unos 50 millones de euros y prolongarse durante al menos cuatro años. Es cierto que el edificio no depende exclusivamente del Ayuntamiento, pero gobernar una ciudad también consiste en asumir liderazgo y exigir soluciones. Y más, cuando una de las concejalas de Catalá, Rocío Gil, es también la responsable de Teatres en la Diputación.
Algo parecido sucede en la Marina. El Veles e Vents, uno de los iconos contemporáneos de València, se encuentra atrapado entre informes, controversias sobre su estado, una concesión caducada y un conflicto judicial sobre su gestión.
A pocos metros del Veles e Vents, los antiguos Docks continúan deteriorándose sin que se vislumbre un proyecto capaz de recuperarlos.
La Marina, que debería ser uno de los grandes motores económicos y culturales de València, vuelve a convertirse en el escaparate de la parálisis, mientras el gobierno de Catalá administra el abandono.
La degradación también alcanza al patrimonio histórico. La Ceramo continúa sin abrir. Tampoco lo han hecho San Vicente de la Roqueta ni la Casa del Relojero, espacios rehabilitados o encauzados durante el mandato anterior que llevan tres años esperando un uso ciudadano. No faltan edificios ni proyectos: falta capacidad para ponerlos en marcha.
La misma desidia afecta a la vivienda pública. Las viviendas de Tapinería, heredadas del anterior gobierno y prácticamente encauzadas, siguen sin entregarse.
En una ciudad donde el acceso a la vivienda se ha convertido en una angustia cotidiana, mantener cerradas viviendas públicas ya construidas es una muestra de insensibilidad y de incompetencia.
También permanecen cerradas instalaciones deportivas como los polideportivos de Orriols y de la Hípica. Cada equipamiento clausurado significa menos servicios para los barrios, menos oportunidades para los jóvenes y más desigualdad entre quienes pueden pagar una alternativa privada y quienes dependen de lo público.
Mientras tanto, la Devesa de El Saler ha sufrido el incendio más devastador de los últimos cuarenta años. Ardieron más de 37 hectáreas de uno de nuestros espacios naturales más valiosos.
La sombra de la escasa ejecución del presupuesto de prevención, la paralización durante tres años del proyecto de nuevos cañones de agua y las vacantes existentes en el cuerpo de bomberos avalan el despropósito.
Incluso el incendio del Mercado Central se incorpora a esa fotografía de decadencia que asola València ante la mirada impasible de Catalá.
València no necesita una alcaldesa a tiempo parcial que utiliza el Ayuntamiento como plataforma de lanzamiento para sus aspiraciones dentro del Partido Popular. Necesita una alcaldesa comprometida con València y con su gente.
Hoy la ciudad se cae a pedazos. En mayo de 2027, volverá la luz con Pilar Bernabé.
Alicia Andújar es diputada del PSPV en Les Corts valencianas.
