La vanidad no nació con las redes sociales ni con el teléfono móvil. Es mucho más antigua, probablemente tanto como la conciencia de uno mismo y la necesidad de ser reconocido por los demás. Lo verdaderamente nuevo no es la pasión, sino la extraordinaria precisión con la que hemos aprendido a explotarla. Durante siglos el vanidoso necesitó un salón, una tertulia o la mirada próxima de los otros; ahora puede disponer de una audiencia casi ilimitada y conocer, convertida en cifras, la atención que ha conseguido despertar. La vieja debilidad humana ha encontrado su contabilidad.

Esa quizá sea una de las grandes transformaciones de nuestro tiempo: la vanidad se ha hecho medible. Seguidores, visualizaciones, reacciones, comentarios. Cada gesto deja una señal y cada señal puede adquirir valor económico. En rigor, no se comercia únicamente con la vanidad, sino con algo todavía más valioso: la atención. Para conquistarla y retenerla resultan extraordinariamente útiles el deseo de agradar, la curiosidad por saber quién mira, el temor a quedar fuera y esa satisfacción íntima que produce comprobar que alguien ha reparado en uno.

La tecnología observa además nuestras preferencias con una eficacia desconocida hasta ahora. No necesita saber exactamente quiénes somos; le basta con averiguar qué consigue detener la mirada, qué indigna, qué halaga o qué comparación inquieta. Algo tan antiguo como la necesidad humana de reconocimiento entra así en un mecanismo capaz de registrar comportamientos, anticipar inclinaciones y procurar que la atención no se desvíe. El resultado es económicamente formidable: nuestro tiempo, que creemos enteramente nuestro, se convierte también en materia prima.

El mecanismo funciona precisamente porque apenas se percibe como imposición. Nadie obliga a entrar, a mirar o a publicar de nuevo. Se vuelve por propia voluntad. Se busca una cosa y aparece otra; se atiende una notificación y enseguida surge un nuevo estímulo; se entra para saber de alguien y se termina asomando a la vida de desconocidos que nunca se había tenido intención de conocer. Ahí reside buena parte de su eficacia: en convertir la curiosidad en repetición, la repetición en hábito y el hábito en una dependencia discreta, alimentada por algo que el ser humano ha soportado siempre mal: la incertidumbre sobre el lugar que ocupa en la consideración de los demás.

Pascal comprendió hace siglos esa inclinación a querer existir no solo en nosotros mismos, sino también en la imaginación de los demás. La tecnología no ha creado ese segundo yo, pero le ha proporcionado escaparate, permanencia y estadísticas. Se puede seleccionar la alegría, corregir la apariencia, ocultar el fracaso y construir una biografía sin tardes vacías, contradicciones, cansancio ni derrotas. Nada de ello tiene necesariamente importancia mientras se conserve clara la frontera entre lo que se muestra y lo que se es. El problema comienza cuando el personaje exige más atención que la persona.

Hay viajes vividos y viajes administrados para ser vistos; reuniones en las que la imagen compite con la conversación; opiniones que nacen menos de una convicción que de la necesidad de estar presente. Incluso el dolor puede terminar convertido en representación. Se produce entonces una inversión singular: ya no se comparte lo que se vive, sino que se corre el riesgo de vivir aquello que mejor puede compartirse. Y una existencia pendiente de su representación difícilmente puede ser enteramente libre.

El daño emocional no necesita adoptar formas extremas para resultar profundo. A menudo opera mediante una lenta erosión: la comparación constante, la inquietud ante una respuesta que no llega, la impresión de que la existencia ajena es más intensa o más feliz, la dificultad para disfrutar de aquello que nadie verá. La aprobación, que siempre fue agradable, puede empezar a parecer necesaria. Y cuando la propia estima depende demasiado de una mirada exterior, la indiferencia corre el riesgo de sentirse como desprecio.

En ese territorio aparece también una manifestación menos evidente de la vanidad: la de quien se siente investido de cierta superioridad para juzgar a los demás. La crítica forma parte naturalmente de una sociedad libre y la discrepancia puede ser saludable; otra cosa es el comentario concebido únicamente para humillar, descalificar o hacer daño, a veces dirigido contra personas a las que ni siquiera se conoce. La distancia de una pantalla facilita esa tentación de dictar sentencia sin contexto y sin consecuencias aparentes. No siempre habrá detrás resentimiento, naturalmente, pero en ocasiones la agresión gratuita parece proporcionar una fugaz sensación de superioridad moral: rebajar al otro para elevarse uno mismo.

Gregorio Marañón estudió con extraordinaria penetración en su Tiberio la fuerza deformadora del resentimiento, esa herida que, cuando se conserva y alimenta, puede acabar modificando la manera de interpretar cuanto sucede. El resentido termina mirando el mundo desde la ofensa. Las nuevas tecnologías no crean ese sentimiento, pero pueden ofrecerle un terreno especialmente propicio: la comparación es continua, la herida encuentra memoria y la frustración puede recibir cada día nuevos argumentos con los que justificarse.

La vanidad puede desembocar así en una tríada particularmente dañina: el resentimiento de quien considera que no recibe el reconocimiento que merece; la arrogancia de quien confunde visibilidad con valor y éxito con superioridad; y, finalmente, el engaño vital de quien deja de distinguir entre la existencia y su representación, entre ser querido y ser seguido, entre tener una convicción y obtener una reacción. Cuando ese engaño se consolida aparece una forma de ceguera: se ve perfectamente la pantalla y, sin embargo, cada vez peor la propia vida.

No se trata de demonizar la tecnología ni de añorar un mundo que ya no existe. Sus posibilidades para comunicar, aprender, trabajar o acercar a las personas son extraordinarias. La cuestión es otra: quién utiliza a quién. Una herramienta empieza a dejar de serlo cuando condiciona en exceso nuestra atención, nuestro estado de ánimo o la valoración que hacemos de nosotros mismos.

La vida auténtica, por fortuna, continúa siendo obstinadamente poco espectacular. Está hecha de trabajos que nadie aplaude, afectos que no necesitan testigos, conversaciones que no dejan registro, pérdidas, obligaciones, paciencia, gratitud y momentos felices que no mejoran porque sean exhibidos. Quizá una forma de libertad contemporánea consista precisamente en conservar una parte de la existencia fuera del escaparate, allí donde no hay que gustar, convencer ni demostrar nada.

Qohélet escribió "vanidad de vanidades" y añadió que nada hay nuevo bajo el sol. Probablemente ahí reside la paradoja. Cambian los instrumentos, se perfeccionan los espejos y ahora, además, producen enormes beneficios, pero seguimos enfrentándonos a las mismas pasiones. Narciso ya no necesita inclinarse sobre el agua: lleva el estanque consigo. Lo verdaderamente nuevo sería aprender, alguna vez, a levantar la mirada.

José Rutilio Domingo Monforte es socio director y fundador del despacho Domingo Monforte.