Cuando yo era pequeña, recién muerto el dictador y apenas empezada nuestra democracia, un anuncio escandalizaba al personal. Era el de un desodorante que, aludiendo a los limones salvajes del Caribe, permitía que se viera en apenas un segundo un trozo de pezón de la modelo protagonista del spot, en un grácil y estudiado salto.

Ahora puede parecer una tontería -y lo es- pero en un país en que se ponía un velo en el escote de una cantante si enseñaba más de lo que el recato puritano permitía, aquello era impactante y constituía una auténtica revolución.

A partir de ahí, con ese movimiento de péndulo que suele darse, empezaba el tiempo de las películas de destape, al tiempo que la proliferación de salas S y luego X, en un movimiento que llamaba libertad a todo lo que antes estaba prohibido, aunque el machismo siguiera campando a sus anchas.

Actrices y famosas de toda clase enseñaban su pecho, delante o detrás de las cámaras, provocando situaciones como la portada millonaria de Marisol a pecho descubierto, o la imagen robada a la presentadora de programas infantiles Sonia Martínez, cuya publicación inició un declive que acabó de la peor manera.

En la mismísima televisión española, ya ha pasado a formar parte de su historia el sabrinazo de la noche de fin de año de 1987, en que una cantante llamada Sabrina dejaba ver su pecho "casualmente" cuando el top se le aflojaba mientras cantaba 'Boys, boys, boys', su primer y casi único éxito.

Pero no eran solo las famosas las que dejaban su pecho al descubierto. Las playas de finales de los 80 y los 90 se llenaban de mujeres "normales" que se quitaban la parte de arriba del bikini con toda la naturalidad de que eran capaces provocando al principio rumores y corrillos y al final, la indiferencia que nace de la total aceptación. Que cada cual fuera como le venía en gana.

Pero, poco a poco, aquello ha ido perdiendo fuelle. Reconozco que no había caído en la cuenta hasta un reportaje que oí el otro día en la radio, pero es cierto que ya apenas se ven en las playas -salvo que se trate de playas nudistas, supongo- mujeres que dejen su torso al aire. Y esto invita a una reflexión.

¿Acaso el top less era una moda pasajera y ha acabado su reinado? ¿Era fruto de una época de liberación ligada a la Transición política que ya ha terminado? ¿O estamos sufriendo un retroceso en nuestra libertad fruto de un nuevo puritanismo que ya dábamos por muerto?

Pues la verdad es que me gustaría decir que no lo tengo claro, pero no es así. Con independencia de las razones que conduzcan a cada mujer a dejar de practicar el top less, que pueden ser variadas, lo bien cierto es que estamos viviendo una ola de puritanismo y pacatería que no es nada buena.

No es sino una cara más de los fenómenos reaccionarios que estamos viviendo, como el de las tradwife -mujeres que propugnan la vuelta al ámbito doméstico para el género femenino- que tanto recuerdan el decálogo de la Sección Femenina del franquismo.

De manera que es comprensible que incluso quienes sean firmes partidarias de enseñar el pecho, se autocensuren y renuncien a esa libertad por miedo al qué dirán, más aún si se trata de famosas o influencers. Y eso, como decía, no es nada bueno. Como reza el dicho, no hay peor censura que la autocensura.

Y es que, al final hay que preguntarse, como hacía Rigoberta Bandini en su famoso tema dedicado a las madres, por qué dan tanto miedo nuestras tetas.

Aunque lo peor no es el miedo que den nuestros pechos, sino el que dan quienes nos quitan la libertad de enseñarlas. Ni siquiera al puro estilo Delacroix, como también cantaba Rigoberta.