Vivimos sepultados bajo una avalancha de expresiones que se parecen. Rostros retocados, suavizados, pasados por el mismo filtro: la piel sin un poro, el diente blanqueado, la sonrisa de catálogo, la foto insulsa. Hemos aprendido a enseñar la cara a todas horas y, a cambio, hemos desaprendido a leerla.
Por eso, atraído por la paradoja, me acerco a JEOSM. Ha retratado a Pedro Sánchez, Cristiano Ronaldo, Pérez-Reverte, Almudena Grandes, Karina Sainz Borgo, Raphael, José Coronado, Carolina Yuste, Marta Fernández o Cristina Pedroche. La lista es infinita.
En la misma carpeta caben, sin orden ni jerarquía, la política y el fútbol, la novela y la canción, el cine y la televisión. Y al lado, en el mismo cajón y bajo la misma luz, un púgil de barrio sin nombre, un grafitero saltando una valla o una anciana de un pueblo de Georgia. Para él, todos pesan exactamente igual.
Este fotógrafo viene del graffiti. Del anonimato, de la capucha, del nombre que no es un nombre, del código de la calle. Hoy retrata a escritores, a púgiles, a actores y a empresarios, pero sigue siendo, por dentro, el chaval que pintaba una pared y se iba antes de que llegara nadie.
Apenas cuelga fotos suyas. Huye, deliberadamente, del foco y es prudente desde esa posición vital. "Soy muy pudoroso. No me gusta estar demasiado expuesto, y esa parte ni consigo ni quiero quitármela, porque vengo del anonimato del graffiti", me cuenta. Le agradezco que aceptara esta charla con una confianza que agradezco porque sabe que no busco el titular. Busco aprender a mirar distinto.
Uno de los mejores retratistas del mundo, se esconde. Él ha aprendido a esconderse y eso le hace entender como nadie al que no sabe exponerse. "Entiendo perfectamente a quien le cuesta ponerse delante de una cámara. Y entonces busco una manera, le digo: oye, yo te estoy entendiendo, no quiero imponerte nada, vamos a encontrar juntos la forma de que estés cómodo y de que salga algo que merezca la pena".
Fíjense en el verbo: buscar juntos. No hay disparo, hay pacto. El retrato sincero, dice, no se arranca: se negocia con el otro desde la empatía.
Hablamos pronto de la palabra que da título a esta pieza y que casi nadie usa ya: carácter. Porque lo que hace JEOSM no es sacarte guapo o guapa. Eso es cosa de tus padres y a veces ni con toda su fe. Lo que él hace es mucho más incómodo y valioso: averiguar de qué estás hecho.
Y su definición desarma. “Tenemos el concepto de que el carácter va implícito con algo duro, arrogante, casi peligroso. Y no tiene por qué. También la melancolía es carácter”. Lo repito, porque ahí hay una idea que vale por diez tratados de estética: también la melancolía es carácter.
No lo dice desde la teoría, lo dice desde sus negativos. "He hecho el retrato de unas manos vendándose antes de un combate, y ese retrato tiene una fuerza enorme, porque son las manos de alguien que ya te están contando mucho de esa persona. O un luchador de jiu-jitsu, tercer dan, cogiéndose el cinturón, y el cinturón reventado de tan usado. Eso ya te cuenta de él mucho más que cualquier gesto de arrogancia". El carácter, para él, no grita. Se cuela por un detalle: una venda, una correa deshilachada, una mano.
Y también por los ojos cansados. "Me pasa mucho con la gente mayor. Los últimos retratos que hice a Raúl del Pozo tenían una mirada melancólica, de estar ya de vuelta de la historia, y ahí estaba toda la fuerza de Raúl. O una foto de Vargas Llosa, con una mirada no tan intensa, pero con cierta melancolía: ahí también está el carácter".
Para quien se dedica a esto, concluye, el carácter "no es algo meramente fuerte o agresivo, es algo que cuenta algo y que sale de dentro". Al final, su trabajo consiste en averiguar y dejar testigo gráfico de qué está hecha la gente.
Incluso cuando esa gente, en apariencia, no está hecha de nada. Le pregunto cómo se le da peso a alguien que no transmite, y su respuesta es una pequeña clase de antropología.
"Esa persona ya está tomando una posición en el mundo. He trabajado con gente muy introvertida y muy extrovertida, gente que se come la cámara y gente que se esconde de ella. Los pocos retratos que tengo de alguien que no mira al objetivo es porque esa persona no está cómoda mirándolo. Y eso ya cuenta algo de ella: se está presentando al mundo con ese gesto, aunque sea de timidez".
Blanco y negro
Para llegar hasta ahí, JEOSM hace algo que al profano le parece una renuncia y es, en realidad, un arte quirúrgico: le quita el color al mundo. Trabaja casi siempre en blanco y negro, y no por nostalgia de postal.
"El color distrae. Muchas veces está ahí solo para llamar la atención del espectador; pasa en el cine, con esos puntos de color colocados para que mires donde quieren que mires. Yo intento huir de eso para que lo único que te llame la atención sea el gesto, la mirada".
Y aquí está la finta definitiva, la que convierte su oficio en una enmienda a nuestra época: donde Instagram añade color, filtro y textura hasta que todas las caras se parecen, él lo resta todo para que la tuya, por una vez, no se parezca a ninguna.
"Nos hemos acostumbrado a la foto amable, guapa, a que sean todas iguales, con esa misma textura. Y de repente ver un gesto humano de verdad nos remueve". Que un rostro sin maquillar nos resulte casi violento dice más de nosotros que de la fotografía.
Que nadie confunda esa sobriedad con frialdad. El blanco y negro no es una renuncia al color: es una declaración sobre cómo es la vida. "Yo no veo el mundo en blanco y negro. Lo veo con fuerza, con carácter, con dureza, con sacrificio muchas veces y con veracidad. No lo veo como ese mundo happy en el que todo es feliz".
Y aquí llego a lo que de verdad admiro de su manera de mirar. JEOSM no fotografía famosos. Fotografía personas. Un estado humano completo, nunca un rango, nunca un vip.
"¿Qué diferencia hay entre un perro, un directivo, un político, un luchador de MMA, un rapero, un grafitero o una actriz? Para mí, ninguna. Todos son personas, y los abordo igual. No soy nada mitómano. He estado delante de Cristiano Ronaldo, de un presidente del Gobierno, de grandes empresarios, y me ha dado exactamente igual. Los he tratado igual que a un colega de mi barrio, o que a la gente a la que retraté en Georgia. Si no mirara así, limpio y sin prejuicio, no sería honesto".
En un país que se arrodilla ante el famoso, retratar a un ídolo como a un paisano es casi una forma de higiene moral. Toda su obra, dice, "parte de la honestidad de mirar y de retratar el mundo como yo lo veo". Sin reverencia y sin desprecio. Sin tomar más posición que la de mirar con toda la verdad de la que es capaz.
Conoce de sobra, además, la otra cara de esa moneda: el paripé de las élites que cada tanto se compran un poco de calle para poder afirmar que conocen lo exótico. Lo ha visto desde dentro.
"Hace años, a unos colegas los pillaron pintando el metro de Madrid y les cayó una multa de escándalo. A la semana siguiente apareció una campaña de una operadora con un vagón entero pintado con estética de graffiti. Las marcas contactan a gente del grafiti para conectar con el público de la calle, con el de barrio. No me sorprende, porque su círculo es tan elitista que aburre, y necesitan un poquito de verdad".
Esa es, quizá, la frase más demoledora de la tarde: que para cierta gente la verdad es un producto interesante más, como un safari. "Vas a una velada de artes marciales y las primeras filas están llenas de gente de fuera, con mucho dinero y mucha fama, para quienes aquello es divertido, exótico. Para los que mueven los hilos, no dejamos de ser algo exótico"”.
Hay en su manera de disparar una tensión que yo, al ver sus fotos, había confundido con adrenalina. Él la matiza con una honradez desarmante. "Vivo así, nunca me lo había planteado. En los últimos años tengo muchísimos primeros planos con una luz muy dura y una mirada muy frontal, y esa tensión del momento es real: a veces he retratado a gente que no quería posar, que no estaba cómoda, que ni siquiera me caía bien, que me miraba a ver si me iba de una vez. Y yo eso también lo tengo que transmitir".
Esa intensidad tiene un método detrás, y es pura artesanía. "Tengo dos virtudes en este oficio. Una, que me fijo en casi todo: no se me escapa cómo se comporta alguien, cómo se coloca, cómo mira, cómo lleva la chaqueta, dónde pone las manos. Y dos, que trabajo muy rápido, porque valoro el tiempo de la gente y no quiero hacérselo perder a nadie".
Rápido es poco decir. "El noventa por ciento de mis sesiones duran minutos. A Miguel Ríos lo retraté en veinte segundos. A José Coronado le hice dos series completas en cuatro minutos". Veinte segundos. Lo que tarda uno en encontrar las llaves. Él tarda eso en encontrarte a ti.
Le pregunto por sus maestros esperando nombres de fotógrafos y me devuelve una lista de pintores. "Mis grandes referentes no son fotógrafos, son pintores, porque ellos ya lo inventaron todo". Y lo argumenta con una comparación que desarma, de nuevo, por la verdad que encierra.
"Pasa como con la literatura: después de leerte a los clásicos y no hace falta irte a los griegos. Tienes a Jack London o a Conrad; le puedes dar las vueltas que quieras, pero ya está. Un fotógrafo hace siempre la misma foto, igual que un autor escribe siempre la misma novela, igual que un pintor pintaba siempre el mismo cuadro".
Ahora, si puedes, te levantas creyéndote la quintaesencia de la pamplina, guapito.
Esa obsesión por la propia huella se la trajo de la pared. En el graffiti lo imperdonable no era que te pillaran: era copiar. "Lo importante era el estilo, que alguien viera una pintada y supiera que era tuya, pusieras el nombre que pusieras, igual que un escritor que cambia de firma y sigue siendo reconocible. Si copiabas, eras un toyaco, alguien sin estilo propio".
Sostener el suyo le ha costado caro: “mucho tiempo, muchas decisiones, muchas pérdidas de trabajo, mucho decir que no, mucha frustración”. Y, sin embargo, lo vive con una humildad que descoloca. "Me sorprende que a la gente le sorprenda mi trabajo, porque yo no estoy inventando nada. Hago una fotografía muy clásica, muy del siglo XX, de Avedon, de Irving Penn, de Arnold Newman".
Nombra a los gigantes para rebajarse, pero lo que está diciendo, creo, es que se sabe heredero de una tradición, y que a mucha honra. Pues sí.
Esa tradición, en su caso, es el claroscuro. Quien quiera entender por qué sus fotos parecen cuadros tiene aquí la clase magistral. "Los mejores iluminando eran los pintores. Mira cómo iluminaba Caravaggio. Mira el famoso triángulo de Rembrandt, ese que los fotógrafos hemos replicado hasta la saciedad, que se usa en el cine y hasta en el cómic. Velázquez, Rubens... ahí está todo: cómo iluminar, cómo componer, cómo relacionarse con el personaje que tienes delante".
De todo ese panteón, hay un nombre que lo enciende: Goya. "Para mí fue el más listo de todos. Bebió de Velázquez y acabó como Caravaggio, con las pinturas negras. Qué pintor ha tenido esa trayectoria y luego esa sacada de meterse él mismo en los cuadros, de hacer esos guiños. Me parece mucho más punki que cualquier otro".
Le duele, como nos duele a todos (espero), que lo tengamos tan desatendido. "Me llevaron hace poco a San Antonio de la Florida, al lado de Príncipe Pío. Todo el techo está pintado por Goya. Tenemos una capilla Sixtina en miniatura hecha por Goya y la mayoría de la gente ni sabe que existe".
Y remata con la herida nacional de siempre: "Si Goya fuese inglés o americano, estaríamos hinchados a series y a películas. Pero murió tirado en Burdeos, abandonado, y luego pasó lo de la cabeza, lo de repatriar el cadáver... Toda su vida es una película que no hemos querido rodar".
Permítanme un apunte fuera de esta entrevista. Si quieren gozar de la historia de la cabeza extraviada del cadáver de Goya, léanse La última mirada de Goya, de Javier Alandes. A quien, por cierto, JEOSM también ha retratado.
Él, que hace un retrato contrastado, de mucha sombra, no podía beber de otro sitio que del Barroco. Y el momento más feliz de su carrera no fue un famoso ni un libro, sino un aula de lujo.
"Lo más bonito que he hecho fue dar un taller de retrato en el Prado. Cuatro días, del Renacimiento a Goya, paseando por las salas, hablando de la luz de Velázquez con un Velázquez al lado, haciendo fotos en el espacio de Rembrandt". Un fotógrafo de la calle dando clase de luz dentro del Prado. No se me ocurre mejor final para la historia del grafitero anónimo.
Le hago, para terminar, la única pregunta frívola de la tarde, que resulta ser la más reveladora: si pudiera retratar a cualquiera de toda la historia, en una de esas sesiones suyas de cuatro minutos, ¿a quién elegiría? No duda ni un segundo.
"A Caravaggio. Sin pensarlo. Un tío que lo tenía todo, que se peleó con la Iglesia, al que quisieron matar, que mató a un hombre. El más punki de su momento. Caravaggio en un estudio a oscuras, con un pincel... sería la hostia".
Y ahí se cierra el círculo. El hombre que esconde la cara, que trata igual a un ídolo y a un vecino, que le roba el color al mundo para quedarse con lo esencial, elegiría retratar a un asesino genial muerto hace cuatro siglos. Porque lo único que de verdad le interesa, en un famoso, en un púgil o en un pintor fugitivo, es lo mismo: una vida intensa saliéndole por los ojos.
