Arantxa Portabales.
La olla a presión y los "seres de luz": La genealogía del monstruo
Arantxa Portabales escribe 'Asesinato en el Molino del Cura', la segunda y esperadísima entrega de su serie ambientada en Loeiro.
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Seamos honestos por un momento, querido lector. Acéptelo: usted, como yo, es un voyeur de la miseria. Nos fascina asomarnos al abismo ajeno desde la higiénica comodidad del sofá de nuestra casa, con la lamparita encendida y una copa de vino en la mano. Creemos, con la arrogancia propia de quien nunca ha tenido que bajar a revolcarse en el barro, que los monstruos nacen por generación espontánea.
Que los psicópatas florecen como setas venenosas en mitad de un bosque idílico por un simple error genético. Pero la buena literatura, cuando se despoja de los trucos baratos y de los misterios de tres al cuarto, se encarga de darnos una bofetada de realidad: el asesino nunca es una anomalía del sistema; casi siempre es su hijo más aplicado.
La sombra colectiva de una sociedad —esa pulsión oscura, asfixiante y reprimida que Jung nos enseñó que todos albergamos— siempre acaba encontrando una grieta por la que colarse para proyectarse en forma de sangre.
De esa grieta purulenta, de ese tumor social que preferimos ignorar, habla Arantxa Portabales en Asesinato en el Molino del Cura, la segunda y esperadísima entrega de su serie ambientada en Loeiro. Y les advierto una cosa: Portabales no ha venido aquí a redactarles un guion fácil para que ustedes adivinen quién es el malo en la página cincuenta.
Ella misma, con una honestidad brutal que desarma a la primera de cambio, me confiesa su rebelión contra la dictadura del mercado editorial: "Yo creo que el editor al final es un poco como el fútbol, si el jugador no está bien para jugar, pues igual tiene que parar. Y nosotros no hacemos tornillos. Hacemos cosas que requieren de un estado anímico".
Portabales se ríe de las etiquetas, del esnobismo de salón y de las urgencias de una industria que despacha libros como si fueran hamburguesas. Ella se puede permitir ese lujo porque, como me advierte, llegó a este ruedo literario con las cicatrices ya hechas: "Empecé a escribir mayor (...) porque tenía 40 años, me volví loca y decidí que me apetecía, pues no sé, necesitaba algo que no fuera ir a la plaza y ver a dos niñas tirarse en un tobogán".
Ese bagaje, aderezado con lo que ella llama su perpetuo "síndrome del impostor", es precisamente lo que le permite no plegarse a las normas de la novela negra convencional.
"Cuando eres joven", reflexiona frente a mi grabadora, "quieres saber qué pasa en una novela y hacer un guion. Pero yo no hago guiones, yo hago historias de personas, quiero saber qué pasa por sus cabezas, quiero saber cómo somos".
Y vaya si lo sabe. Para entender la genealogía de la violencia, Portabales nos arrastra de nuevo a la costa gallega, a la opresión de Loeiro. Porque si queremos diseccionar a un asesino, tenemos que huir del ruido camuflado de las ciudades y buscar la asfixia del aislamiento.
Fíjense bien en la radiografía que hace de esa España profunda, porque hiela la sangre: "No es lo mismo contarlo en una ciudad. Contarlo en un pueblo pequeño en el que arrastra endémicamente un atraso cultural de pobreza... en el que los años 70 eran los equivalentes a los años 30 de otros sitios".
Párense a pensarlo un segundo. Para ilustrar esa brecha insalvable, la autora recurre a una estampa impecable que huele a cerrado, a sacristía y a naftalina: "Mi madre en el año 65 tenía 25 años y no estaba escuchando a los Beatles y a los Rolling, estaba escuchando a Rafael Farina y a Manolo Escobar".
En ese ecosistema endogámico, rural y cruel en el que se desarrolla Asesinato en el Molino del Cura, los arquetipos son inamovibles. El hombre y la mujer no comparten el mismo aire, ni las mismas leyes, ni la misma moral.
Y es ahí, exactamente en ese punto, donde Portabales clava el bisturí para explicarnos que la tragedia que mancha de sangre las páginas de su novela no es un misterio de salón; es termodinámica pura y dura. "Si tú pones una olla de vapor al fuego y le das gas, si no abres la espita para liberar el vapor, estalla todo por los aires", sentencia.
Esa olla a presión es la violencia estructural. Una dictadura de la decencia donde el foco social exigía a las mujeres ser "vírgenes, castas, puras y maravillosas, buenas hijas y buenas madres, y amantes solo cuando ellos quieren".
A la más mínima desviación de la norma, la mujer caía al vacío absoluto de la exclusión: "La que tiene un hijo de soltera, pues es hija de soltera... y como te desgracias la vida, te la desgracias para el resto de tu vida, o sea, ya nunca más eres", subraya la autora.
¿Y ellos? Ah, queridos lectores, ellos gozaban (y a menudo gozan) de una bula terrenal infinita. "Ellos no, ellos son seres de luz", ironiza Portabales, destrozando de un plumazo nuestra hipocresía nacional. Si un hombre se saltaba las reglas, era "necesario porque es un señor".
Por eso, el verdadero triunfo literario de esta novela no es descubrirnos quién levantó el cuchillo, sino obligarnos a mirarnos al espejo. Portabales nos fuerza a sentarnos a la mesa con el monstruo y sentir un inconfesable y sucio escalofrío de empatía.
Porque, cuando la sociedad le ha dado la mano a la decadencia y ha tolerado la asfixia continuada, la venganza deja de parecer un crimen para disfrazarse de justicia poética. Como ella misma se pregunta en voz alta, interpelándonos directamente: "¿Qué haría yo si fuera la protagonista del libro y en el primer capítulo tuviera enfrente al cerdo que me ha desgraciado la vida? Pues igual cortarle la cabeza".
El terror, por supuesto, no se puede justificar, pero es un imperativo ético tratar de entenderlo. Arantxa Portabales lo entiende tan bien que, al terminar nuestra charla, le pregunto qué pensaría Mafalda —su personaje literario favorito— si leyera su última novela.
Su respuesta es el acta de defunción de nuestra presunta superioridad moral contemporánea: "A Mafalda le diría que siempre me enseñó que el mundo estaba enfermito, y ella me diría que he hecho bien en seguir contándolo lo enfermito que está".
Y nosotros, cómplices y cobardes, cerraremos el libro, pasaremos la página y seguiremos asintiendo en la oscuridad.