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La Zapatería Panito, en la calle Santo Domingo de Vigo, es mucho más que eso. Es uno de esos locales de toda la vida que hacen barrio y en los que todavía es posible charlar de algo más que del tiempo.

En esta zapatería centenaria de la ciudad olívica, fundada en 1926 y actualmente de aniversario, no hay más resguardo que un nombre cuando se acude a recoger un encargo: "¿Cómo reconozco los zapatos que vienen a buscar? Por el nombre, claro. Yo conozco a todos mis clientes. Son de generaciones de familias que ya venían cuando mi abuelo fundó la zapatería", cuenta Vicente Miguel, el tercer zapatero de los Expósito, al tiempo que mira a los ojos de un cliente para identificar los zapatos que le corresponden y que ya están arreglados.

Vicente es hijo de emigrantes retornados, hace 44 años, de Alemania, y nieto de Cipriano, fundador -ya fallecido- del negocio y responsable de que su hijo y su nieto aprendiesen un oficio y un modo de vida: "A mi abuelo le llamaban Piano y a mi padre Panito. A mí me llaman Pani y Panito también. Muy poca gente me conoce por Vicente", cuenta Vicente o Panito para clientes, familiares y amigos. "Para mí es un orgullo que me llamen así, significa mucho", añade.

Inicialmente, la zapatería Panito abrió sus puertas frente al Colegio Mariano de Vigo. Sin embargo, cuando el padre de Vicente regresó con su mujer de Alemania, quiso perfeccionar el negocio con todo lo aprendido en el país germano, incluso importando nuevas máquinas y creando una pequeña industria zapatera. Ya lo hizo en el actual 7 de Santo Domingo, en Vigo.

Vicente, de Zapatería Panito, atendiendo a una clienta en Vigo. P.P.F.

Aprender un oficio

Aunque algunos de sus hermanos se quedaron a vivir en Alemania, a Vicente, nacido en la ciudad olívica por ilusión de su madre, le tiró su tierra de origen: "Yo me crié en Alemania, pero estudié en los dos idiomas. Mi madre quiso que yo naciera aquí, pero he seguido muy vinculado con aquello", cuenta. "De hecho, por las mañanas leo la prensa de allá. Mi idea no era volver, pero cuando mis padres lo hicieron, decidí regresar. Cuatro de los hermanos se quedaron allá, y tres nos volvimos", añade.

El padre de Vicente, que actualmente tiene 94 años, le enseñó un oficio que no sabía, a priori, si iba a aceptar como propio, pero le sorprendió: "Me gustó mucho, mucho de verdad", cuenta Vicente. "Este es un oficio muy bonito, que requiere de mucha entrega, pero muy agradable. Me gusta hablar con los clientes", añade.

Piano y Panito, de la zapatería que lleva el mismo nombre, junto a un martillo con más de 100 años. P.P.F.

Un negocio que ha cambiado

Vicente recuerda que, en los tiempos fuertes de las zapaterías, llegó a trabajar unas 19 horas al día y a cambiar unas 60 tapas por jornada laboral. Sin embargo, el modo de vida, los cambios en las tendencias de consumo y también a la hora de vestir -y, en este caso, de calzar- han mermado la carga laboral en este oficio. "El oficio se está muriendo. La gente anda más en deportivas, que apenas se gastan", remarca Vicente.

Sin embargo, Pani saca pecho por labor propia y clientes, y admite que, pese a todo, trabajo no le falta -en el tiempo que dura esta entrevista no deja de atender a vecinos procedentes de diferentes barrios de Vigo que acuden a su local con sus zapatos para arreglar-. "Viene gente de todo Vigo, pero también de Madrid, de Barcelona, de Alemania, de Las Palmas...", enumera. "Son de Vigo y, cuando regresan, me traen varios pares para arreglar", añade.

De Chanel a Prada

En sus estanterías hay zapatos de tiendas más low cost, pero también auténticas joyas de Prada, Carolina Herrera o Chanel. Hay quien lleva sus zapatos a Panito hasta dos y tres veces con tal de no comprar un nuevo par. Esto pasa, a veces, por cariño o por la convicción de cuidar lo bueno, otras, por pereza: "Hay clientes que arreglan las veces que haga falta solo por no ir de compras", cuenta Vicente a modo de curiosidad. "Hace unos años sí que notamos que la gente compraba mucho zapato chino y la tendencia era más 'usar y tirar', ahora la gente compra zapato de mejor calidad. Hoy un zapato en condiciones cuesta un dinero, por eso el cliente se decanta por arreglarlo. También te digo, que la calidad no es la misma que la de hace años. Eso es así", añade.

Zapatos arreglados y para arreglar en Panito. P.P.F.

A Panito acude gente dispuesta a arreglar zapatos con décadas de vida y que pertenecieron a familiares. Hay también quien ha arreglado pares de un ser querido por el mero hecho de conservarlos. "Yo también soy sincero. Nunca aconsejo un arreglo si veo que no va a durar el zapato o que se va a arreglar por un lado, pero se va a terminar rompiendo por otro porque ya no aguanta. Yo soy honesto", explica Vicente.

A pesar de que sigue habiendo quien apuesta por arreglar los zapatos antes de desecharlos, los precios del material que emplean los zapateros también se han encarecido, lo que aboca a muchos zapateros al cierre ante el reducido margen de beneficios. No es el caso de Panito, que no contempla, en absoluto, dejar su profesión: "Creo que lo que funciona en esto es, como ya dije, la honestidad, y hacer un buen trabajo. Los clientes se fían 100% de mí, de lo que hago", remarca. "Yo no pienso jubilarme", concluye.