Ana María Rodríguez Cabaleiro, abogada, fue concejala en Mos y ahora es directora del CIM de este mismo municipio. Abogada con despacho propio desde el año 2003, ha desarrollado una carrera muy ligada a la defensa de los derechos de las mujeres. Hoy no viene para hablar de política, sino de su situación personal y algunos episodios que la han roto por dentro y por fuera.
Hace casi dos décadas, coincidiendo con su entrada como concejala en la política local y un complejo proceso de divorcio tras una relación dañina, Ana sufrió una profunda crisis de salud mental. Entre la exigencia pública, la crianza en soledad de dos niños pequeños y la falta de empatía de su entorno, la abogada tocó fondo hasta el punto de desear desaparecer.
Para que la gente te sitúe… ¿quién eres y a qué te dedicas?
Soy Ana María Rodríguez Cabaleiro. Soy abogada con despacho propio desde el año 2003 y, desde el año 2017, asesora jurídica del CIM de Mos. Y desde hace unos meses, también directora del CIM. Además, como abogada, estoy en el turno de oficio de víctimas de violencia de género del Ilustre Colegio de Abogados de Vigo. Además, me dedico también a dar formaciones y charlas de igualdad. Desde hace 5 años organizo las jornadas jurídicas sobre la mujer del Concello de Mos, que se han convertido en una actividad que tiene cierto prestigio y en la que cada año acude más gente. Además de colaborar con asociaciones de mujeres, como Entremulleres de Mondariz y FEMUPO, con la que he firmado convenio de asesoramiento y, desde el año pasado, organizo sus jornadas jurídicas.
¿Cómo te describirías hoy, en este momento de tu vida?
Pues me describiría como una persona implicada en la lucha contra la violencia de género y una persona muy trabajadora, y ahora puedo decir, que soy una mujer valiente. Estoy en un momento profesional muy bueno, en donde mi implicación y mi trabajo empiezan a dar sus frutos y a reconocerse.
Si hoy tuvieras que decir “estoy en un punto…” ¿qué dirías?
Estoy en un momento en que disfruto de mi trabajo, a pesar de que hay días muy duros, pero poder ayudar a estas mujeres, acompañarlas y estar a su lado. Incluso con algunas he llegado a tener una relación cercana y también se han implicado en esta lucha y han participado conmigo en la radio, TV o en las jornadas contando su experiencia, que es un testimonio valiente para entender qué es la violencia de género y poder detectarla.
Ahora mismo, ¿cómo estás por dentro?
Bueno, pues estoy bien, pero es verdad que hay días que, como todo el mundo, tienes que parar y respirar.
Si miramos atrás… ¿cuándo dirías que empezó esa etapa difícil?
Bueno, pues esa etapa difícil empezó con mi divorcio, o quizás antes, cuando te das cuenta de que esa relación no es sana, que no estás bien y que estás destrozada y que no eres la persona que eras.
¿Recuerdas en qué momento pensaste: “esto no es normal, algo me está pasando”?
Pues cuando te pasas todo el día llorando, vas a trabajar y saltas en cualquier momento, y el punto de inflexión fue cuando me di cuenta de que cada vez que volvía a casa (con dos niños de 4 años y un bebé), aparcaba el coche en el garaje, me echaba a llorar porque no quería subir a casa.
¿Cómo era tu día a día entonces?
Pues acababa de entrar unos meses antes como concejal en el Ayuntamiento de Mos, tenía mi despacho y dos niños pequeños, el pequeño recién nacido, y me dedicaba a trabajar, Concello, despacho, niños… sin apenas vida social, con una carga mental que me desbordaba y con un entorno que no lo ponía fácil y sin ninguna empatía. Me llamaban “la llorona”.
¿Qué era lo que más te pesaba en silencio?
La falta de empatía, el sentirme sola y que nadie me diese un abrazo y me dijese: “Oye, venga, ¿qué pasa?, ¿puedo ayudarte?”, o a veces simplemente que me escuchasen sin juzgar.
¿Había algo que te daba miedo reconocer?
Sí, me costaba reconocer que no estaba bien y que no podía más y necesitaba ayuda, y el que me viesen tan vulnerable.
¿En ese momento eras consciente de que estabas mal… o lo fuiste entendiendo con el tiempo?
Era consciente de que estaba mal, pero no podía permitírmelo, me avergonzaba, y después el entorno tuvo muy poca empatía, me exigían y muchas veces incluso me sentí “maltratada”, por sus comentarios, por su trato, porque no se ponían en mi lugar.
¿Qué tipo de pensamientos se te repetían más?
Lo que te voy a decir solo lo sabe alguna persona, algunos quizás se enteren ahora, pero solo pensaba en desaparecer, en descansar, estaba rota de dolor, solo quería descansar, necesitaba descansar. Quería cerrar los ojos y descansar, desaparecer. Pensar en mis hijos era lo único que evitó que cometiese una estupidez. Solo pensaba que no podía dejarlos solos, que el daño que les causara sería para toda la vida. Que ellos no habían decidido venir a esta vida, que había sido una decisión mía y que no podía causarles un daño de por vida. Aún hoy me duele hablar de ello y no puedo evitar las lágrimas porque fue muy duro.
¿Dormías bien? ¿Comías bien? ¿Te aislabas?
No, no comía bien, no me cuidaba, no dormía, solo lloraba, o de repente saltaba y cualquier cosa que me dijeran gritaba… No me aislaba porque no podía por el trabajo, sobre todo por el tema del Concello, pero cada día, a pesar de estar muy rodeada de gente, me sentía cada vez más sola. Desde joven, además, he tenido problemas con el peso, siempre con dietas, cuidándome… y en esa época me veía horrible, gorda, deformada y empecé a tener episodios de darme atracones, de vomitar, de dejar de comer… Era una ruleta de emociones y… todas malas. Me odiaba como mujer, como madre, como esposa, como hija, sentía que estaba decepcionando a la alcaldesa, sentía que no valía para nada, que era un “ploff”. En esa época me hice pequeñita, muy pequeñita…
¿Lo ocultabas o la gente de tu alrededor lo notaba?
Intentaba ocultarlo y dar una imagen distante, pero había gente que lo notaba, lo sabía y otros que lo sabían, pero que hacían como que no se enteraban o no querían enterarse porque una persona “hundida”, llorona, que está mal… no está bien vista, y mucho menos hace 18 años. Uno no puede mostrar su vulnerabilidad y, sobre todo, cuando estás en política y eres mujer.
¿Te costó pedir ayuda?
Sí, me costó mucho pedir ayuda, hasta que toqué fondo.
¿En algún momento intentaste aparentar que estabas bien?
Lo intentaba cada día, aún hoy intento aparentar que estoy bien. Siempre he intentado aparentar ser más fuerte de lo que soy, quizás también por mi trabajo, al final tus clientes no pueden verte derrotada, ellos confían en ti… Tienes que llegar al Juzgado y cumplir con tu papel en este teatrillo… Pero llegaba a casa y me rompía, y lloraba, y lloraba. A veces me metía en cama y me daba igual que los niños me viesen llorar.
¿Qué fue lo que más te frenaba: vergüenza, miedo, orgullo, no saber qué hacer…?
Un poco de todo: vergüenza, miedo, orgullo, el no querer reconocer, el trabajo, el querer aparentar porque nadie quiere estar al lado de una persona que no esté bien o que está pasando una etapa complicada.
¿Recuerdas quién fue la primera persona con la que hablaste de verdad?
Sí, lo recuerdo perfectamente. Fue alguien que durante un tiempo formó parte de mi vida, me cogió de la mano y me dijo: “¡Aquí estoy!”.
¿Hubo un día concreto en el que dijiste: “hasta aquí”?
No hubo un día concreto, pero sí que poco a poco eres consciente de que no puedes seguir así, sobre todo un día que mi hija, al poco tiempo de separarme, me dijo: “Me voy a ir con papi y vas a llorar como una tonta”… y se portaba fatal conmigo. Ese día llegué a la guardería a dejar al pequeño y la directora, cuando me vio y le conté lo que me pasaba, me dio el teléfono de un psicólogo para la niña. Pedí cita y fui con la niña, que entonces tenía casi 7 años, y tras hablar con las dos, me dijo que la niña no necesitaba ir a terapia, que estaba bien, que la que necesitaba terapia era yo, que la niña solo trataba de hacerme reaccionar, que ella solo quería que dejase de llorar, que necesitaba a su madre…
¿Qué pasó para que algo cambiara?
Eso fue como una bofetada de realidad… En ese momento decidí que tenía que salir.
Una vez empezaste a actuar… ¿qué fue lo primero que hiciste?
Primero fue dejar de llorar en casa, y si lo hacía, explicarle a mis hijos qué me pasaba, porque es necesario que sepan qué está pasando, que se lo expliques, que no pasa nada porque llores o que estás mal.
¿Empezaste terapia? ¿Cambiaste hábitos? ¿Te apoyaste en alguien?
No, no me lo podía permitir económicamente. Desde que entré en el Ayuntamiento había dejado el despacho de lado. En el Concello tenía una dedicación parcial, cobraba muy poco. Después, en la siguiente legislatura, no fui en las listas y tuve que volver a empezar en el despacho, como quien dice, ¡con una mano delante y otra detrás! Fue también una etapa muy dura. Hablé con mi médica de cabecera y empecé con medicación para gestionar la ansiedad. Acudí 2/3 veces a una psicóloga, pero la dejé porque no podía costearla.
¿Qué fue lo más duro del proceso?
El sentirme sola. El tener que levantarme cada mañana y tirar de 2 niños, cuando no tenía ni fuerza para tirar de mí. Además, estaba en pleno proceso de divorcio y luchando por la custodia de mis hijos, con un ex que no lo puso fácil y saliendo de una relación que había destrozado totalmente mi autoestima y con ello, mi salud mental.
¿Y qué fue lo que más te sorprendió de ti misma?
La fuerza, aunque muchas veces pensaba que no saldría, que no podía más… Pero siempre seguía. Aún ahora, cuando veo para atrás y recuerdo muchos momentos… digo: “Ana, has sido muy fuerte, mira dónde has llegado cuando ni tú misma creías en ti…”.
¿Hubo recaídas o momentos de retroceso?
Sí, muchas veces… y me he levantado.
¿Quién estuvo contigo de verdad en esa etapa?
Mi familia y algunas amigas, pero pocas. Quizás las que tenían que estar.
¿Y quién no supo estar… aunque quizá no fuera mala intención?
Pues el entorno en el que me movía en ese momento, el entorno del Concello. Pero entiendo que estaban pensando en lo suyo.
¿Qué aprendiste sobre tu entorno?
Más que del entorno, aprendí a estar, a entender a las personas que están pasando por un mal momento, a no juzgar. Esto me ha ayudado mucho en mi trabajo porque me ayuda a conectar mejor con las usuarias del CIM y las víctimas de violencia. Cuando llegan, lo primero que les doy es un abrazo, porque sé que es lo que más necesitan.
Con el tiempo, ¿qué cosas aprendiste sobre tus emociones? ¿Aprendiste a escucharte más?
Primero aprendí que llorar no es malo, y hasta es sanador. Siempre comparo el llorar con el limpiaparabrisas… Llora, llora todo lo que necesites, luego deja que el limpiaparabrisas despeje la lluvia y después verás todo con más claridad. Llorar no me hace débil, me hace humana y más fuerte porque me volveré a levantar.
¿Qué te ayudó más: terapia, deporte, rutina, hablar, medicación, espiritualidad…?
Hubo distintos momentos, hubo un tiempo en que me ayudó hacer ejercicio e ir a caminar y hacer rutas. La medicación, por supuesto, que me ayudó, y no es malo tomar medicación, siempre prescrito y bajo control médico. Pero, sobre todo, me ayudó mucho hablar, contar lo que me pasó, lo que viví… Porque a veces parece que tenemos una vida perfecta y maravillosa y todos tenemos momentos malos y épocas malas, y mostrarnos vulnerables no es malo, es más, creo que nos hace emocionalmente más maduros, porque te enseña que la vida no es siempre maravillosa, pero siempre puedes decidir seguir adelante.
¿Qué te funciona hoy cuando notas que algo empieza a removerse otra vez?
Pues permitirme llorar. Hubo dos canciones que escuchaba en bucle: “Qué nadie”, de Malú y Manuel Carrasco. Me sentía identificada, reflejaba lo que yo estaba viviendo en casa, y “Bonita la vida”, de Dani Martín, que me hacía entender que, a pesar de todo, la vida vale la pena.
Si comparas tu vida antes y ahora… ¿qué ha cambiado más?
Pues mi forma de enfrentarme a la vida, a los problemas y, sobre todo, hablarme con más cariño. Creo que no debemos ser tan exigentes y tan duros con nosotros mismos.
¿Qué cosas valoras hoy que antes no valorabas?
La tranquilidad y mi paz, sobre todo la paz de mi casa. Mi casa es mi espacio, mi lugar sagrado y cada vez dejo entrar a menos gente en mi casa.
¿Hay algo que hoy te hace sentir orgullosa, aunque sea pequeño?
Sí, me siento orgullosa de cómo he criado a mis hijos, de las personas en las que se han convertido. He sido una madre presente 24/7, su padre se fue a trabajar fuera y yo he sido la que ha estado ahí. He cometido errores y no soy perfecta, pero cuando los veo son niños independientes, buenas personas, que apenas me han dado problemas en la adolescencia. Educados, empáticos… y los tres somos una piña.
¿Qué significa para ti hoy estar bien?
Estar tranquila.
Hoy en día, ¿qué haces para cuidarte?
Sobre todo, hablarme con más cariño, no ser tan dura conmigo misma, respetar mis tiempos y poner límites.
¿Qué cosas ya no negocias contigo misma?
No permito que me traten mal.
¿Qué señales detectas ahora rápido y antes no veías?
Soy un poco cegata y tardo un poco en ver las señales, pero en cuanto me doy cuenta de que se están pasando ciertas “red flags”, corto enseguida.
¿Cómo te hablas a ti misma hoy cuando tienes un mal día?
Pues, como te dije antes, con más cariño. “Venga, Anita, llora, si tienes razón, eres tonta, se ríen de ti… Hoy ha sido un día terrible… Pero mira todo lo que has logrado tú sola”.… y veo hacia atrás…
Si pudieras hablar con tu “yo” de esa etapa, ¿qué le dirías?
Le diría que el proceso va a ser duro, pero que, a pesar de todo, habrá momentos maravillosos, y la vida va de eso… de vivir surfeando.
¿Qué te habría gustado que alguien te dijera en ese momento?
Me hubiese gustado que me hubiese abrazado y se quedara callado/a a mi lado.
¿Qué consejo le darías a una persona que está pasando por algo parecido, pero todavía no se atreve a pedir ayuda?
Primero, que se sale, y que la vida, como dice la canción, “…qué bonita la vida”… que hable, que siempre vas a encontrar a alguien que te escuche y que, si puede, que pida ayuda profesional porque solo es muy duro.
Y para cerrar… si alguien que nos está leyendo está roto por dentro hoy, ¿qué tegustaría decirle?
Que se puede y si necesita abrazo, aquí estoy. Que no sea duro/a consigo mismo y que se hable desde el cariño.
