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Durante años, Lydia Rivera construyó una sólida trayectoria profesional entre Galicia y Madrid en el ámbito de la abogacía, las relaciones institucionales y la consultoría estratégica. Sin embargo, detrás de esa carrera de éxito libraba una batalla silenciosa marcada por la pérdida de su padre, un duro proceso emocional y un diagnóstico que cambió su vida para siempre: un tumor cerebral.

Hoy, tras años de incertidumbre, tratamientos, aprendizaje y reconstrucción personal, Lydia habla con serenidad sobre el camino recorrido. En esta entrevista con Diana Lameiro, Presidenta de la Fundación Lingoreta, repasa los momentos más difíciles de su enfermedad, el valor de pedir ayuda, la importancia de quienes permanecieron a su lado y cómo logró recuperar la ilusión por vivir. Un testimonio de resiliencia, esperanza y transformación que invita a mirar la vida desde otra perspectiva.

Para empezar (romper el hielo) Para que la gente te sitúe… ¿quién eres y a qué te dedicas?

Soy Lydia Rivera Pereira, natural de As Pontes, procedo de una familia empresaria en la villa, soy Abogada mercantilista y, durante muchos años me he dedicado a las Relaciones Institucionales, Consultoría Estratégica y Responsabilidad Social Corporativa en Madrid. Actualmente soy Fundadora junto con mi socio Marcos López de una Consultora de Negocio, llamada López & Rivera. Consultores con sede en Galicia y Madrid, especializada en servicios profesionales de Asesoría y Representación Comercial e Institucional enfocados a Empresas, Fundaciones y Asociaciones Profesionales, tanto a nivel Nacional como Internacional.

¿Cómo te describirías hoy, en este momento de tu vida?

Actualmente me describiría como una persona tranquila, en paz. He pasado años muy complicados. He sufrido muchísimo en silencio… y creo que precisamente ese silencio me ha traído hasta aquí. En este momento me considero una alumna de la vida, estoy aprendiendo a abrazarla valorando cada segundo, cada lamento, cada susurro…

Ahora mismo, ¿cómo estás por dentro?

Estoy ilusionada. Hacía muchísimos años que no sentía ilusión personal. Cuando atraviesas una enfermedad, aprendes otras formas de “Mirar” la vida, y ahora estoy en el momento en el que quiero ilusionarme con ella.

La enfermedad ha sido un ladrón de sueños, sustrajo mi parte emocional, actualmente me encuentro en un proceso de recuperación. Todo ello es fruto del trabajo interno que he hecho durante años, mis ojos vuelven a brillar y eso me fascina porque aún en mis momentos más sórdidos, la sonrisa ha sido esa “Amiga fiel”. Había perdido la ilusión de conocer, de relacionarme, incluso de dejarme querer.

Estoy reaprendiendo nuevamente a sentir y es maravilloso, aunque también ardua tarea. Decirles a las personas que quieres que las quieres… parece fácil, pero a veces cuesta muchísimo. Abrazar, conectar, expresar…

En mi caso, muchas sensaciones permanecían aletargadas. Ahora vuelvo a recuperar olores, tacto, sabores… y lo vivo como una niña con zapatos nuevos. Es un renacer, por tanto, intento transmitir la mejor versión de mí misma.

Volver a ese momento (cuando empezó todo) Si miramos atrás… ¿cuándo dirías que empezó esa etapa difícil?

El proceso culminó con el tumor cerebral que me diagnosticaron en 2015, pero creo que empezó mucho antes, con el óbito de mi padre y otros infortunios Aquel 26 de septiembre de 2011 marcó un antes y un después en mi vida. Es una fecha durísima para mí porque no pude despedirme de él. Estaba dado de alta, lo iba a recoger al hospital para irnos a casa y recibí una llamada que nunca olvidaré primero por el calado del mensaje y segundo por la brusquedad de ese facultativo al comunicar. No me lo podía creer. Fue un shock, me partió el alma y el corazón.

Arrastré ese inmenso dolor en silencio durante años, no quería ser consciente de su partida. Hace solo un año logré cerrar ese duelo gracias a profundizar en el “Liderazgo Sistémico” con La Fundación Rafael del Pino, que me ayudó a cerrar esa herida. Somos un cúmulo de circunstancias y en mi caso había rabia, sufrimiento, y todo provenía de una pregunta constante: “¿por qué?”. Además, empecé a olvidarme de objetos, momentos, recuerdo… y en medio de la enfermedad lo eché muchísimo de menos. Soy hija única y me habría encantado compartir muchas vivencias. Ese vacío nunca se suple, ahora quedan los “rescoldos”.

A día de hoy he conseguido que recordarlo no me haga daño. Su halo permanece de una forma bonita y sana. Soltar es difícil, pero cuando lo consigues, recuperas partes de ti misma, y yo estoy en ese camino: El de Renacer y Construir.

¿Recuerdas en qué momento pensaste: “esto no es normal, algo me está pasando”?

Sí. Era consciente de mi dolor, pero era tan profundo que durante años no fui capaz de derramar una lágrima. Es ahora, en 2026, cuando empiezo a permitir emocionarme. El dolor se convirtió en “Saudade “, sustrayendo mi parte más dulce, la Emocional. Soy PAS y esa sensibilidad ya no afloraba en mis adentros. Tenía una relación preciosa con mi padre, me enseñó lecciones de vida e infinidad de cosas que hoy aplico en mi quehacer diario proceden de sus sabias enseñanzas. Desde 2011 hasta 2015 me refugié en el trabajo para no pensar, para no sentir, para olvidarlo… y también para olvidarme de mí.

¿Cómo era tu día a día entonces?

Antes de su óbito, vivía en Madrid, feliz. Tenía un cargo Directivo en Relaciones Institucionales y Consultoría Estratégica. Estaba en el mejor momento de mi carrera, con futuro, con ascensos y con ilusión. Cuando volví a Galicia no era consciente de su partida, y con él se fue una parte de mí. Mi día a día se convirtió en silencio, mucho silencio. Soy una persona con alta sensibilidad y albergaba un vacío emocional enorme. No haberme despedido me dejó rota, sin aliento.

Luego pedí la autopsia algo complejísimo cuando se trata de un óbito en un hospital. Fue durísimo conocer la causa real de su fallecimiento. Toda esa rabia la canalicé trabajando sin parar, horas y horas. Solo quería trabajar y no relacionarme con nadie, apenas quería hablar.

¿Qué era lo que más te pesaba en silencio?

Me gusta el silencio, no la soledad. El silencio es un lugar profundo. Lo comparo con arenas movedizas: no me importaba hundirme si encontraba una respuesta. Sabía que tenía que trabajar algo dentro de mí, que la llave mágica solo la tenía esta servidora, y sin darme cuenta inicié un viaje hacia la introspección, sin fecha de vuelta. Tenía miedo de que en ese proceso me encontrara con algo grave y efectivamente me topé con un compañero de viaje; Estación Esperanza, mi Enfermedad.

¿Había algo que te daba miedo reconocer?

Me asustaba la soledad. No me daba miedo explorar mi interior, pero sí esa sensación de desprotección. Mis padres eran empresarios y trabajaban muchísimo pero nunca me sentí sola. Siempre sentí su amor, el calor también de mis abuelos tanto maternos como paternos, toda mi familia, tíos, primos, padrinos. He tenido la fortuna de criarme en un clima lleno de ternura valorando el esfuerzo y el espíritu de lucha, máximas presentes en el día a día. A veces no importa el tiempo que se pasa con alguien, sino la intensidad y lo que esa persona comunica, lo que llamamos Neurociencia emocional…

Lo que pasaba por dentro ¿En ese momento eras consciente de que estabas mal?

Sí, era consciente de que me iba a romper. Podría haberlo frenado antes, pero no quería pensar. Me evadía trabajando, creciendo, exigiéndome más y más. Me dividí en dos: Lydia profesional y Lydia personal. La parte personal la dejé atrás el día que mi padre inició su paseo por las nubes …

Yo quería olvidarme de todo lo personal. Incluso llegué a odiar el Derecho porque me recordaba su figura hasta que una oportunidad profesional me permitió ver el Derecho desde otro enfoque: Las Relaciones Institucionales y RSC. Me aferré a eso para no mirar atrás. En el trabajo era exigente, duro, pero también bonito y esa exigencia la llevaba al extremo. Me autoexigía para no enfrentarme a mí misma. Lydia se convirtió en un personaje mientras que Lydia persona quedaba vacía. Solo aparecía para ver a mi madre y a mi hija.

Candea nunca entendió que yo viajase tanto y que ella se quedase al cargo con su padre y abuelos, ambas familias fueron un pilar importante en ese momento, sus tíos, primos la colmaron de cariño y eso es algo que perdura per se. Yo, vivía en un devenir constante para verla todo el tiempo que mis obligaciones me lo permitían. Mis padres y el padre de mi hija, Pepe, fueron mi mejor apoyo, pero yo necesitaba iniciar ese camino profesional y personal. Era mi momento, me lo debía. Se lo expliqué cuando tuvo 21 años, y podía comprenderlo. Fue duro porque la dejé aquí con 13 años mientras yo vivía entre trabajo, viajes y responsabilidades familiares, pero paradójicamente eso fue mi “tabla de salvación”.

En octubre de 2015 entró en mi vida, sin avisar, un cáncer cerebral. Y en febrero de 2016 llegó el golpe definitivo: Me confirmaron que tenía un tumor en la glándula pineal, en el centro del cerebro, protocolos durísimos. Cuando me comunicaron la noticia sufrí un shock postraumático. Todo empezó un día, regresando de Orense, conduciendo, me falló una pierna, llamé a la ambulancia y me trasladan al CHUS, todo estaba correcto, pero insistí en pruebas más profundas. Meses después me llamaron para el resultado y ese momento fue una escena que me marcó para siempre, quedara grabada en mi retina eternamente, siendo testigo directo de cómo cambia la vida en un segundo.

Lo curioso es que en ese instante no pensé en mí, pensé en mi hija, y después en mi madre. Mi madre, que hoy tiene casi 93 años, los hará D.M el próximo 16 de Junio ¿Cómo sería capaz de encajar algo así? Mi padrino, que era médico, (+) fue clave para ayudarme a comunicárselo, porque es muy importante cómo se transmite una noticia así.

Mi padre siempre decía: “Cuando hay un problema, busca la mejor solución, aparca el miedo y sigue adelante”. Ese entrenamiento mental lo aprendí de él. A muchas personas el miedo las paraliza, pero hay que actuar para avanzar. Siempre he aplicado la metodología empresarial: Tomar decisiones y actuar, como diría Séneca “Ensaya en tu vida lo que podría ocurrir”.

¿Qué tipo de pensamientos se te repetían más?

Principalmente el miedo y la incertidumbre: no saber cuánto tiempo me quedaba, si el tumor crecería, si podría operarme, si estaría aquí para ver crecer a mi hija. Por ley de vida le corresponde a un hijo cuidar a nuestros mayores, no al revés, y en mi caso mi Madre lo dejo todo para venir a cuidarme, sin hacer ruido, tan solo permaneciendo a mi lado, siendo mi fiel apoyo. Ella ha dejado huella en la enseñanza Pontesa y valores únicos, uno de ellos, el que a mí me inculcó. Nunca hay que desanimar a nadie que continuamente haga progresos, no importa lo lento que vaya, palabras “Platónicas” que tanto han calado en su día a día permaneciendo latentes.

¿Dormías bien? ¿Comías bien? ¿Te aislabas?

El descanso estaba afectado por la propia lesión, la glándula pineal es la que regula los ritmos circadianos, mediante la producción y secreción de la melatonina. Cada tres meses tenía que hacerme pruebas durísimas…

Siempre intenté tratar el tumor con naturalidad. Creo que es importante ponerle, nombre y apellidos a las cosas.

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¿Lo ocultabas o la gente de tu alrededor lo notaba?

No lo ocultaba, pero tampoco me quejaba. Siempre intenté tratar el tumor con naturalidad. Creo que es importante ponerle, nombre y apellidos a las cosas. Cada tres meses vivía con la incertidumbre de si el tumor había crecido o no y a qué velocidad, y lo peor es que no podían operarme ni darme tratamiento, la única manera de hacerlo era abriéndolo y claro eso era complejo. Me entrenaron para “calmar “el cerebro.

Crecí con grandes lecciones y todo este tiempo han sido mis pilares “A grandes males, grandes remedios” y “hay que darse a respetar” y “si un problema puede plantearse puede resolverse. Eso lo intento en mi vida personal y profesional, y he de confesar que fue la “bebida” que tuve estos años.

Pedir ayuda (o no poder hacerlo ¿Te costó pedir ayuda?

Sí, tardé en hacerlo. Al principio intentaba proteger a mi familia para no preocuparles. Sonreía, parecía que estaba bien, pero por dentro me dolía el alma pensando en el sufrimiento que iban a vivir los míos. Mi familia es longeva y las preocupaciones tampoco eran bien avenidas, prefería comentar la realidad, pero escueta. Mis tíos, mi tío Jesús y mi tía Dolores vivieron conmigo este proceso llevándome a las pruebas y siendo testigos de mis alegrías y mis dolores. Han sido años difíciles. Otros lo hicieron de otra manera, también mi familia médica, mis primos cada uno en su especialidad. Recibí el alta médica el 7 de septiembre de 2025, tan sólo acudo a mis revisiones haciendo resonancia cada cinco años.

¿En algún momento intentaste aparentar que estabas bien?

Sí, muchísimas veces. Era casi automático: sonreír, seguir y aparentar normalidad por fuera, sin embargo, por dentro estaba hecha añicos. He sufrido dolor físico y psíquico, la punción fue terrible y estar encamada, supe lo que era perder el equilibrio y trabajar con gran dureza para volver a recuperarlo.

¿Qué fue lo que más te frenaba: vergüenza, miedo, orgullo, no saber qué hacer… Sin duda, al principio el miedo por los míos.

¿Recuerdas quién fue la primera persona con la que hablaste de verdad?

Mi doctora, Purificación Cacabelos. Ha sido mis brazos y mis piernas. Ella entendía el sufrimiento y el dolor inmenso que yo llevaba dentro, siempre entraba con una sonrisa y con la entereza de acatar todo cuanto me decía. Perdía peso y para que estuviera tranquila, luchó por mí. El tumor crecía y yo necesitaba respuestas, hizo lo imposible: Buscó segundas opiniones, movió expedientes, pidió traslados a otras ciudades. Me sentí acompañada de verdad viviendo y sintiendo con su “aliento esperanzador” mi estadía en Málaga con el Doctor Arraez, gracias a mis queridos Joaquín Tamames y Dolores Padilla, sin duda grandísimos pilares en este proceso.

Inicié un proceso de “calma cerebral”. Fue una lucha interna brutal, que nadie entendía. Hablaba muy rápido y una amiga de mis años de Carrera, de Pamplona, Vicky, me lo dijo en una visita a Galicia. Era una consecuencia del tumor que yo no conseguía controlar. Con neuropsicología, psiquiatría y el trabajo de todo el equipo, comencé ese camino. Estaba convencida de que el tumor se iba a estancar, que se convertiría en una masa tumoral, y que yo iba a curarme, y así fue.

Además, empecé a hacer fotografías. Me ayudaba a recordar, tuve en medio una isquemia y perdí muchos recuerdos, incluso cuando me olvido de algo esa lucha interna por recordar la fotografía se convierte en mi aliado, me permite tender un puente hacia el recuerdo. Digamos que La fotografía se convirtió en la forma de reconstruirme. Otra persona clave fue Fernando de la Fuente, (+), mi farmacéutico, fue quien me impulsó a pedir una segunda opinión, su hermano había fallecido de un tumor cerebral y por tanto él fue clave.

En mi familia hay varios médicos, y yo quería buscar consuelo, pero la medicina no es una ciencia exacta, necesitaba mirar más allá, fuera de Galicia. Partí a Barcelona con los primos de mi madre que habían ejercido la medicina allí, sus palabras y cariño me ayudaron a luchar y no rendirme.

También fue importante Vanesa, mi peluquera de Santiago. Le pedí que me cortase el pelo al uno, e iba cada quince días. Vanesa, mi amiga de As Pontes, que vio crecer mi cabello, aún recuerdo la primera vez que acaricio mi pelo, sólo ella conseguía “dulcificar mi cabeza”. Pero hubo una persona más, un Amigo que sabe ver lo que yo no muestro. “Si alguien puede ver lo que no muestro, habrá encontrado en mí algo que solo pertenece a esa persona”. Compartí los momentos más profundos y arduos, pero también mis logros y mis alegrías, sólo él fue capaz de soportar los silencios más sórdidos, ha sido y es mi guardián de alma. Elegí por tanto a personas que saben “mirar”.

Hoy estoy en un momento de redescubrimiento: sentir una mano, un abrazo, observar qué reacción me provoca. Antes no podía sentir igual. Ahora estoy “volviendo”. En 2018 me diagnosticaron otro tumor esta vez de útero, me extirparon unos pólipos, pero esa parte la vamos a dejar ahí, afortunadamente todo salió bien …

¿Hubo un día concreto en el que dijiste: “hasta aquí”?

Sí. Hubo un episodio de nerviosismo enorme. Un peregrino se acerca a mí en Compostela, a la salida de una misa en la Catedral, me puse a temblar. Me sentía vacía, sin emociones, como si no existiera. Ahí me di cuenta de que algo no iba bien y que necesitaba saber que había ocurrido dentro de mí. No quería perderme en ese viaje hacia la nada.

En ese momento decidí escribir una carta a mi ídolo, Rafael Alkorta, para contarle lo que estaba viviendo e invitarle a participar en una Acción Social. Recibí una respuesta que jamás olvidaré aquel 14 agosto de 2017. Me invitó a Bilbao y ahí comenzó un camino muy especial, La empatía que tuvo conmigo fue clave en mi proceso. Ha sido la persona que, sin saberlo, me empujó a tomar la decisión de iniciar el proceso de terapia y de calma cerebral, siempre motivándome, ayudándome, valorando mi esfuerzo, vivió junto a mí todo este proceso con su aliento y palabras que provocaban siempre una sonrisa. Conocía bien de primera mano lo que yo estaba viviendo.

Hoy tenemos una amistad maravillosa. Es uno más para mi familia, y le quiero muchísimo. Él se convirtió en un apoyo enorme, aunque quizá no sea consciente de cuánto me ha ayudado, siempre se lo transmito. Es un “ser de luz” que apareció justo cuando tenía que ser.

¿Qué pasó para que algo cambiara?

Ese momento me obligó a decidir: o me salvaba o me perdía.

¿Fue un golpe, una conversación, un momento contigo mismo…?

Fue una mezcla de todo. Un golpe emocional y una conversación con la vida, una llamada interior que me dijo: “Ahora o nunca”.

Una vez empezaste a actuar ¿Qué fue lo primero que hiciste?

Lo primero fue tomar conciencia de que no podía hacerlo sola y que necesitaba un cambio real desde dentro.

¿Empezaste terapia? ¿Cambiaste hábitos? ¿Te apoyaste en alguien?

Sí. Empecé terapia, inicié ejercicios de neuropsicología, técnicas EMDR y empecé a trabajar la calma mental. Me apoyé en personas clave y en el equipo médico.

¿Qué fue lo más duro del proceso?

Vivir con incertidumbre constante. Cada tres meses sentir que tu vida depende de una prueba.

¿Y qué fue lo que más te sorprendió de ti mismo?

Mi capacidad de resistencia, por ende, la capacidad de seguir sonriendo incluso cuando estaba devastada por dentro.

¿Hubo recaídas o momentos de retroceso?

Sí. Hubo momentos de bajón, de miedo, de agotamiento emocional. Pero aprendí a no rendirme.

Apoyos y entorno ¿Quién estuvo contigo de verdad en esa etapa?

El equipo médico, mi doctora, personas concretas que supieron acompañar sin invadir, y quienes supieron escuchar sin juzgar. Ellos/ Ellas sabrán cuando lean esta entrevista quién son y desde aquí, voy hacer una mención especial a cuatro personas María José ( +), madre de mi amigo del alma Marcos , mi Madrina Carmen que siempre sentí su cariño, Josefa amiga de la Familia , es una segunda madre para mí ,me tuvo presente en sus oraciones diarias , me escuchó desde el espejo de la distancia , y, María Dolores , amiga de la familia, que nunca me falto esa llamada.

¿Y quién no supo estar… aunque quizá no fuera mala intención?

Me habría gustado que algunas personas me preguntaran simplemente: “¿Cómo estás?”. Eché de menos a dos personas concretas que estuvieran más presentes, no solo recibiendo noticias, sino mostrando empatía, su actitud me hizo mucho daño. Sé que no lo han hecho malamente, pero en esta vida hay que ser valiente y coger el toro por los cuernos. Es el enfermo el que percibe ese “halo lastimador”.

Y a mi pequeña, hoy ya toda una mujer, me gusta llamarle así porque mi padre era la forma que tenía de presentarme. Para él siempre lo fui y es mi manera de tenerlo presente. El la adoraba, desde que nació fue su ojito derecho, y a día de hoy me llena de alegría que recuerde esos pasajes que calan tanto en la vida en un niño. La eche mucho de menos en todo este proceso, fue muy duro estar lejos de ella, debía continuar sus estudios y enfrentarse a la vida, es desde ese prisma el que yo sentí ese “vacío “, no quería que viviera esto de cerca, sé que lo pasó extremadamente mal. Una madre es capaz de entender el lenguaje del alma y el “susurro del silencio”. A día de hoy no quiere hablar de enfermedades, le duele, es su forma de protegerse. Me necesitaba mucho y no podía permanecer a su lado en situaciones clave, había momentos que apenas tenía fuerzas hasta para hablar, y eso me generó un “dolor silente” que solo yo era capaz de sentir.

Deseaba que su etapa universitaria le dejase huella como a mí, que la viviera feliz, y esa es la mejor renuncia que puede tener una madre, pensar en la felicidad de los suyos. El día que tenía resultados era la primera en llamar y he de confesar que a veces tardaba en coger el teléfono porque era incapaz de contener el llanto al escuchar su voz… son pasajes que con el tiempo aprendes a encajar, siempre la recibí con una sonrisa menos el tiempo que pasé encamada como consecuencia de la punción lumbar. Fue vital para ella el apoyo paterno, ver a sus padres caminando en una misma dirección y a sus dos familias, creo que es sumamente importante ahondar en el entorno, es algo vital, que también debe educarse para recibir un proceso así, donde hay que aprender a vivir con “incertidumbre”. Agradezco enormemente “el aliento” que su familia paterna le brindó. Yo no tengo hermanos por tanto el apoyarse en un entorno de convivencia con primos es vital. He tenido la inmensa fortuna de criarme así y desde luego considero que es muy enriquecedor forjar ese lazo “per se”.

Aprendí que yo no quería querer, ni quería que me quisieran. No quería que nadie hipotecase su vida por mí.

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Aprender a vivir diferente con el tiempo, ¿qué cosas aprendiste sobre tus emociones?

Aprendí que yo no quería querer, ni quería que me quisieran. No quería que nadie hipotecase su vida por mí. También aprendí que de todo se sale. Que querer es poder. Y como dice mi madre: “Si un problema puede plantearse puede resolverse”. La voluntad de querer salir, la actitud para afrontar lo que acontece es vital.

El doctor Villa, me dijo una frase que nunca olvidaré: “Viva. Y ahora vuele.” ¿Aprendiste a escucharte más?

Sí. Hoy sé lo que quiero y lo que no quiero. Y creo que muy poca gente puede decir eso con claridad. Entendí que “nada es tiempo perdido: todo es tiempo aprendido.” Quiero saber quién soy y hacia dónde quiero llegar.

¿Qué te ayudó más: terapia, deporte, rutina, hablar, medicación, espiritualidad…? Meditar. Viajar hacia mi interior. La perseverancia y la constancia.

Me levanto todos los días a las seis de la mañana. Medito. Escribo. Camino. Reflexiono. Me dedico tiempo. Y eso me ha salvado.

¿Qué te funciona hoy cuando notas que algo empieza a removerse otra vez?

El silencio, caminar, respirar y volver a mí. No huyo: me escucho.

La Lydia de hoy Si comparas tu vida antes y ahora… ¿qué ha cambiado más?

Mi forma de “mirar “la vida. Antes corría, ahora siento.

¿Qué cosas valoras hoy que antes no valorabas?

Valoro lo realmente importante: decir “te quiero”, abrazar, sentir, conectar. Me encanta el lenguaje de la conexión: mirar a una persona y saber lo que hay detrás de sus ojos, la profundidad de su mirada.

¿Hay algo que hoy te hace sentir orgulloso?

Sí. Haber sobrevivido. Haber seguido adelante. Y haberme reconstruido sin perder mi esencia.

¿Qué significa para ti salud mental?

Autoconocimiento, sin duda. Es equilibrio entre la mente y el cuerpo. Es entenderte, cuidarte y respetarte.

Hoy en día, ¿qué haces para cuidarte?

Sonreír, darle a cada cosa la importancia que tiene y distinguir lo urgente de lo importante. Sobre todo, interactuar conmigo misma: Estar en silencio, observar y escuchar mi intuición.

¿Qué cosas ya no negocias contigo mismo?

La inquietud. Cuando algo me provoca inquietud, ahora no lo ignoro. Antes lo evitaba porque no quería caminar por senderos difíciles. Hoy ya no me da pánico descubrir el porqué. No le tengo miedo a la muerte.

¿Cómo te hablas a ti mismo hoy cuando tienes un mal día?

No me permito tener un mal día. He tenido demasiados. Si noto que algo me pesa, me detengo, salgo a caminar. No quiero negatividad en mi vida, quiero “aliento” y “futuro.” Un mal día lo asocio al sufrimiento y eso no se lo permito a mi mente. Me gusta la positividad, además, tengo un don: me gusta ayudar a los demás, reconforta y ayuda a mi SER .

Cuando el tumor se estancó acudí a la Catedral de Santiago y abracé al Apóstol con una fuerza inmensa para dar las gracias. Soy católica practicante, con una fe a mi manera, pero firme. Me siento afortunada de poder contarlo, porque otras personas no han tenido esa oportunidad. Tengo una foto preciosa con mi turbante. Es un pasaje de lo vivido.

Si pudieras hablar con tu “yo” de esa etapa, ¿qué le dirías?

Le diría: “Aguanta. No te rindas. Todo esto te está construyendo. Vas a volver a sentir.” Le recordaría que hay que valorar cada segundo, cada minuto de la vida, aprender a distinguir lo urgente de lo verdaderamente importante. Porque sin salud, no somos nada. Le diría que valore lo que tiene, lo que es… y que, a pesar del dolor, todo esto tendrá un sentido. Y sobre todo le diría: gracias, gracias por haberme ayudado a construir una Lydia más fuerte, más resiliente. Gracias, porque hoy soy lo que soy: una persona llena de sueños, de ilusión, de paz interior… y de una calma mental que antes no conocía.

¿Qué te habría gustado que alguien te dijera en ese momento?

Simplemente: “¿Cómo estás?” Y también me habría gustado que aceptaran mi enfermedad. Sé que no es fácil, pero quien más sufre es el enfermo. Yo he sufrido muchísimo, física y mentalmente. Imagínate vivir cada tres meses sin saber si vas a seguir viviendo… o si vas a morir. Pero incluso de ahí me llevé un regalo: aprendí a llamar a las cosas por su nombre. Y descubrí todavía más mi necesidad de ayudar a los demás.

¿Qué consejo le darías a una persona que está pasando por algo parecido, pero todavía no se atreve a pedir ayuda?

Que se quede con lo más importante: la vida. Que pida ayuda. Que no se rinda. Porque incluso en la oscuridad… siempre hay luz, simplemente hay que buscarla.

Y para cerrar… si alguien que nos está leyendo está roto por dentro hoy, ¿qué te gustaría decirle?

Solo una cosa: mientras hay vida, hay esperanza. Que mantenga la ilusión por vivir, los sueños y que nunca pierda la sonrisa. Que aprenda a valorar cada minuto, diciendo más “te quiero” y dando más abrazos, porque eso sana… y te llena de una energía única. También es importante recordar algo: si uno no tiene la voluntad de mejorar, nadie puede hacerlo por uno. Aprendes a distinguir a las personas que te rodean. Eso conlleva dejar a muchas en el camino y descubrir a otras que se quedan o aparecen. Porque a veces, los enfermos nos volvemos más vulnerables, y nos convertimos en “egoístas” de nuestro propio destino por miedo. En nuestro interior sabemos perfectamente quiénes somos… y quiénes nunca han soltado nuestra mano. Debemos por tanto tener gratitud; mientras hay vida siempre habrá la esperanza de un mañana “En medio del invierno descubrí por fin que había en mí un verano invencible “, esa soy yo, Lydia Rivera. Gracias Mamá, Gracias Candea, os quiero