Mientras buena parte de los consumidores encuentran mangos, aguacates o papayas perfectamente colocados en los estantes de los supermercados, pocos conocen la realidad que se esconde detrás de cada pieza de fruta.
Antonio Guerrero, agricultor de la Costa Tropical de Granada y responsable del proyecto Finca Alpinero, asegura que el trabajo en el campo exige un sacrificio que rara vez se ve desde fuera.
"En 18 años he tenido cinco días libres", resume con contundencia. Una frase que refleja la intensidad de una profesión marcada por las jornadas interminables, la incertidumbre climática y una presión constante que, según explica, apenas recibe reconocimiento social.
Antonio cultiva principalmente mango y aguacate en una finca situada en la zona de Almuñécar.
El nombre de su proyecto, Finca Alpinero, es un homenaje a su abuelo, conocido como 'El Pinero', cuya memoria sigue muy presente en su forma de entender la agricultura. Sin embargo, su trayectoria no comenzó directamente entre árboles tropicales.
Antes trabajó en almacenes de fruta, subastas agrícolas e incluso gestionó una frutería propia. Fue entonces cuando descubrió el potencial del mango y decidió comprar tierras para desarrollar su propio proyecto.
Lo hizo, como él mismo reconoce, sin apenas experiencia previa. "Llevo 19 años de agricultor sin tener ni idea", afirma con humildad. Desde entonces ha aprendido a base de trabajo y esfuerzo diario.
Su rutina refleja la complejidad de un modelo de negocio que va mucho más allá de cultivar fruta. Antonio combina la gestión de la finca con la venta directa al consumidor.
Cada jornada comienza de madrugada y se reparte entre mercados, pedidos, envíos y labores agrícolas.
"Me levanto a las 5:30, voy a vender lo que no he vendido, compro fruta, la llevo a la frutería, preparo los paquetes y cuando termino me voy a la finca", relata. Y añade una realidad que no admite pausas: "Llueva o no llueva, mañana tengo que volver".
Paradójicamente, el lugar donde encuentra paz es también donde nacen muchas de sus preocupaciones.
"Yo entro a la finca y aquello es como si entrara al paraíso", explica. Sin embargo, la tranquilidad desaparece cuando piensa en los pedidos, las cuentas o los costes de producción. "Yo vivo estresado al máximo", reconoce.
Una parte importante de esa presión tiene que ver con los elevados gastos que soporta. Utiliza abonos ecológicos para ofrecer una fruta libre de productos químicos y ha apostado por la venta online para evitar intermediarios.
No obstante, asegura que el esfuerzo económico y personal no siempre se ve recompensado. "Eso me llena, pero no me paga lo que voy sufriendo para mantener mi finca", lamenta.
A ello se suma la crisis hídrica que afecta a la Costa Tropical. Antonio denuncia que existen infraestructuras pendientes desde hace más de dos décadas y que muchos agricultores se ven obligados a regar con agua de pozo altamente salinizada, lo que perjudica a los cultivos.
Tampoco oculta su frustración con la burocracia ni con un mercado que, a su juicio, perjudica al productor nacional frente a las importaciones extranjeras. Todo ello genera una carga mental constante.
"Son horas de sueño que te quitan. Cuando te acuestas sigues pensando en mañana, en lo que puede pasar, en lo que falta por hacer", explica.
Pese a las dificultades, Antonio no ha perdido la pasión por el campo. Sigue defendiendo el trabajo agrícola como una forma de vida basada en el esfuerzo, la independencia y el orgullo de producir alimentos.
Y aunque reconoce el desgaste acumulado tras casi dos décadas sin descanso, mantiene intacta la convicción que le llevó a emprender esta aventura: trabajar la tierra y vivir de aquello en lo que cree.
