Aparentemente es un estuche de madera de gran porte, pero basta con desplegarlo para comprobar que aquello no es lo que parece. Las capillas u hornacinas domiciliarias, visitadoras o, como las ha bautizado el protagonista de nuestra siguiente historia, portátiles, conforman una tradición católica que se remonta al siglo XV y que todavía se mantiene en decenas de lugares de España, donde la devoción por sus imágenes trasciende lo religioso.

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En su interior albergan representaciones de alguna advocación mariana o de santos verenados en la zona y su custodia es rotatoria. Es decir, va itinerando entre los domicilios de los vecinos. En este punto puede que se estén preguntando qué hacemos en La Jungla hablando de iconografía religiosa cuando lo nuestro son las redes sociales y los virales, pero es que precisamente, contra todo pronóstico, el uso de estas capillas misteriosas se han popularizado en Twitter.

El culpable es un tuitero al que le vino a la memoria un recuerdo infantil y quiso indagar. "Solo quiero saber si alguien más ha conocido esto", decía Chema en un tuit que se ha compartido miles de veces en la red social obteniendo otras tantas respuestas afirmativas. Él, que ahora tiene 41 años y vive en Madrid, recuerda la costumbre de rotar a María Auxiliadora por el edificio de viviendas donde residía en el barrio de Garrido, en la ciudad de Salamanca, el mismo en el que siguen viviendo sus padres.

Al otro lado de los mensajes privados de Twitter explica primeramente a EL ESPAÑOL que la mujer que aparece en las fotos de su tuit es una desconocida que encontró en Google, pero nos envía varias imágenes de una capilla que actualmente sigue rotando por el que fue el barrio salmantino de su infancia. No recuerda cómo se inició la tradición, pero si tiene la certeza de que "viene de mucho tiempo atrás" y está relacionado con el colegio de los Salesianos que está próximo.

En efecto, dentro del organigrama del Colegio María Auxiliadora existe una asociación con el mismo nombre que, entre otros cultos religiosos, organiza la rotación de las famosas capillas. De hecho, según el Boletín Salesiano, son unas 100 mujeres las que reparten la friolera de 150 hornacinas a numerosas familias de Salamanca. "Había unas señoras encargadas de velar por la rotación, el nexo entre iglesia y edificios, que tenían la llave para sacar el dinero", apunta el tuitero.

Y es que esto no solamente se trataba de tener en custodia y rezarle a una imagen en tu casa, sino también de contribuir económicamente. Recuerda Chema, irónico, que "era costumbre echar un par de monedas, aquello no pesaba mucho y no sonaba mucho al agitarlo", y admite que desconoce si las cantidades iban para alguna actividad en concreto porque las administraba la parroquia de María Auxiliadora.

Fotomontaje con las imágenes de la capilla que sigue rotando por el barrio.

Haciendo memoria se acordó de "la movida que tuvimos cuando desaparecieron las monedas" y le echaron la culpa al nieto de la vecina del octavo. La curiosidad hace que le preguntemos qué pasó: "Un edificio de un barrio obrero a finales de los ochenta, principios de los noventa, lleno de niños. Aquel chico vivía con su abuela y era el más gamberro del bloque con diferencia. La misma semana que desapareció el dinero de la capilla el quiosquero de enfrente se hinchó a venderle cigarillos sueltos", rememora.

La (no) socialización vecinal

La verdad es que la venta de cigarrillos sueltos a niños en los kioscos no es lo único que ha cambiado desde aquella época. Le planteamos a Chema si hoy en día vendría bien algo así para que los vecindarios se conozcan y su respuesta no puede ser más elocuente: "No tenemos tiempo para ver a nuestros hijos y a nuestras parejas como para poder conocer a la gente que vive pared con pared. Antes ya nos cruzábamos con otros niños desde por la mañana cuando íbamos al colegio y ahora, los pobres, van directos al coche y salen por la puerta del garaje".

"Nos vendría bien si dispusiésemos de tiempo para hacerlo", añade, reflexionando que "de poco sirve que nos pasemos entre los vecinos una capilla de María Auxiliadora o un Pokémon para reforzar las relaciones de vecindad porque para que éstas se den es necesario que los vecinos dispongan de un tiempo que nos han quitado". Cree que, al menos en las ciudades, es difícil porque las jornadas laborales imposibilitan incluso el tiempo de calidad compartido entre las propias familias.

Con todo, y dejando claro que él se considera ateo, "lo recuerdo como algo bonito". Echa la vista atrás para apuntar lo distinta que era la vida entonces: "En Navidad pasabas a casa de los vecinos. Si te faltaba aceite, patatas, sal o un huevo tu madre te mandaba con un vaso al vecino. Si mi madre o mi padre no llegaban a tiempo a recogerme al colegio venía un vecino y me quedaba en su casa jugando. Era mucho más sencillo conciliar por aquel entonces gracias a unas redes vecinales que hoy en día se han perdido".

Por último, le pedimos a Chema que imagine algo que hoy en día se pudiera rotar como las capillas de su infancia y lo tiene claro: "Probablemente de esa falta de tiempo fructifiquen las relaciones vecinales futuras porque a alguien tenemos que recurrir para que nos recoja los pedidos de Amazon cuando no estamos en casa y, si lo dejan en casa del vecino, motivo es para charlar un rato cuando te pases a recogerlo. A lo mejor las Marías Auxiliadoras de hoy en día son los pedidos de Amazon, quién sabe".