Luis Romero.

Luis Romero. E.E.

Opinión En defensa propia

El hombre que no quería jamón a palo seco

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Escribo esta columna sentado en Las Teresas, uno de mis bares favoritos desde hace más de cuarenta años. Cuando estudiaba Derecho, venía por las noches a escuchar a la tuna en alguna de estas esquinas del barrio de Santa Cruz. Hoy vengo a desayunar después de mis caminatas matutinas, y a veces también a comer o a cenar. ¿Para qué buscar otro sitio si ya tienes uno que te gusta? La fidelidad en la hostelería sevillana sigue siendo una virtud.

Estoy sentado con mi mujer. Por la reja de la ventana veo a una pareja que mira la calle con una cerveza en la mano, y a un cliente con una camiseta que lleva el número 22 y el nombre de J. Navas. Dentro están los cuadros, los espejos, el reloj antiguo y las botellas que ya nadie abre. Sobre todo están los jamones, que en Las Teresas cuelgan del techo sin ninguna restricción. Detrás de la barra trabaja uno de los camareros veteranos, alto y delgado, de esos que te sirven sin preguntar porque ya saben lo que quieres. Y en medio está Yunes, el encargado.

Un señor se planta en la puerta y no deja entrar a nadie. Yunes le llama la atención con educación. El señor no se mueve. Le avisan de que llamarán a la policía y sigue sin moverse. Algunos clientes, asustados, salen por otra de las tres puertas del bar, que para eso las hay. Al final el hombre explica su postura: no ha pedido nada, pero no piensa irse hasta que le garanticen que le van a invitar.

Yunes le responde con lógica: si le invita a él, tendría que invitar a todo el mundo. El señor saca entonces su argumento principal. Lleva más de un día sin comer y su situación económica es muy mala. Yunes, que es buena persona, se ablanda y le ofrece un bocadillo.

—Mejor dos —contesta el señor—. Y de jamón del bueno, del que está colgando.

Le ofrecen uno de chorizo y otro de queso. Él lo rechaza con dignidad. Dice que ha elegido este bar precisamente por el jamón. Yunes le explica que, si se corre la voz, aparecerán en la puerta todos los que lleven cuarenta y ocho horas sin comer. El señor insiste en que le hace mucha ilusión, pide hablar con el dueño, y el dueño no está. Al final, por puro agotamiento, Yunes cede: uno de queso y otro de jamón, con la condición de que no se lo cuente a nadie. Hay acuerdos de la Unión Europea que se han negociado con menos firmeza.

Pero el señor no se quita de la puerta. Ahora quiere una botella de vino, y concretamente de Marqués de Cáceres, "el mejor tinto extremeño". Yunes no puede aguantar la risa y le aclara que es de La Rioja. El señor contesta que le da igual que sea riojano o extremeño, y añade un argumento técnico difícil de rebatir: son dos bocadillos y no se los va a tomar a palo seco. Le dicen que alcohol no, que como mucho le darán agua. Entonces propone que le vendan la botella a precio de coste. "¿No decía usted que no tenía dinero?".

Llegan los bocadillos y el señor pregunta si puede tomárselos en una mesa de la terraza. Le dicen que no, que ahí no se sirven bocadillos. Él insiste en que está muy cansado, y le indican el umbral de enfrente. Todavía le queda una última petición: después querría un café y uno de esos piononos de Santa Fe que tienen tan buena pinta. Yunes, con una paciencia que no es de este mundo, le avisa de que, si no se va, se queda sin bocadillos y llaman a la Policía Local. Por fin el señor se rinde, coge lo suyo y se sienta en el umbral a comer como un rey.

Fue entonces cuando lo miré bien. La barba no parecía suya, el bigote tampoco, y llevaba la gorra muy calada. Esa cara me sonaba, y me sonaba del bar de la competencia que hay aquí al lado. Se lo comenté a Yunes y me dijo que a él también le sonaba, y que no era la primera vez que alguien con pinta de ir disfrazado montaba un escándalo en la puerta.

No sé si estamos ante un pobre hambriento o ante una nueva forma de espionaje comercial. Si es lo segundo, el espía se ha llevado jamón, queso y agua, y la competencia ya sabe que en Las Teresas, aunque te pongas pesado, acaban teniendo buen corazón. En treinta y cinco años de ejercicio he defendido a muchos acusados, pero nunca a nadie tan convencido de sus derechos como este señor. Si algún día lo detienen por desórdenes públicos, que me llame. Eso sí, los honorarios se los cobraré en Marqués de Cáceres, que es extremeño.