Álvaro Ramos.

Álvaro Ramos. E.E.

Opinión ANDAR Y CONTAR

Polos opuestos

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Hoy es 12 de octubre. Día de la Hispanidad para muchos, Fiesta Nacional de España en su denominación oficial. Habrá quien haya aprovechado este puente del Pilar para hacer una escapada, quien prefiera quedarse tranquilamente en casa descansando y quien no se pierda el tradicional desfile militar. Pero cuesta pensar en esta fecha, que pretende representar algo compartido, sin reparar en el momento político y social que atraviesa nuestro país.

Resulta incluso curioso releer la ley que, en 1987, fijó el 12 de octubre como Fiesta Nacional. En su exposición de motivos aparecen dos expresiones que, casi cuarenta años después, nos parecen una auténtica entelequia como son la «convivencia política» y «pluralidad cultural».

De niños escuchábamos aquello de que «los que se pelean se desean». Era uno de esos chascarrillos de patio de colegio con los que se intentaba explicar que detrás de una riña podía esconderse cierta atracción. Salvando las distancias, algo parecido sucede hoy en nuestra política. Los partidos que se presentan como polos opuestos y construyen buena parte de su discurso desde la confrontación terminan necesitándose el uno al otro. El adversario sirve para movilizar al electorado, para reafirmarse ante los propios y, demasiadas veces, para explicar lo que uno es simplemente por oposición a lo que es el otro.

Evidentemente, no todos actúan igual ni con la misma intensidad. Pero la política española sí parece haberse acostumbrado a un clima de enfrentamiento permanente en el que cada asunto termina convertido en una batalla entre bloques.

La ciencia política habla desde hace años de «polarización afectiva». Ya no se trata únicamente de discrepar sobre los impuestos, la vivienda, la educación o la política territorial, sino de trasladar esa discrepancia al terreno de los sentimientos. El contrario deja de ser alguien que piensa distinto y pasa a convertirse en alguien al que se mira con desconfianza y hostilidad. En definitiva, un enemigo al que batir.

La emoción, por supuesto, forma parte de la política. Siempre lo ha hecho. El peligro surge cuando sustituye a la razón y el debate público empieza a organizarse alrededor de los sentimientos más viscerales. Entonces dejamos de valorar las medidas por su utilidad y los argumentos por su solidez, y empezamos a juzgarlos en función de quién los defiende.

Entonces, ese clima de crispación termina abandonando los parlamentos para pasar a la calle, a las conversaciones corrientes y, sobre todo, a las redes sociales. Nos vamos acostumbrando a hablar del que piensa distinto como si perteneciera a otra especie. Todo son etiquetas, acusaciones y descalificaciones de lo más voraces. Tender una mano se interpreta como una debilidad y reconocer algo positivo en el adversario, como una traición a los principios.

Por desgracia, nuestro país conoce bien la vieja imagen de las dos Españas. Nuestra historia debería bastar para no frivolizar con la tentación de convertir cualquier diferencia en una frontera irreconciliable. Pues una democracia fuerte no exige tanto la unanimidad como aceptar que quien está enfrente también forma parte de la misma nación.

Por eso, este 12 de octubre es una buena ocasión para recordarlo. Una Fiesta Nacional no debería servir para decirnos que todos debemos pensar lo mismo, sino justamente lo contrario, que podemos sentirnos parte de un proyecto común desde nuestras diferencias. Una sociedad unida no es aquella en la que desaparece la discrepancia, es aquella capaz de convivir con ella sin convertir al otro en enemigo.

Dicen que los polos opuestos se atraen. En España, desde luego, parecen necesitarse. La cuestión es si vamos a seguir utilizándonos unos a otros para enfrentarnos o si, alguna vez, seremos capaces de acercarnos para entendernos.