Álvaro Ramos.

Álvaro Ramos. E.E.

Opinión

Mañana cuando seamos mayores

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Probablemente algunos de los mejores recuerdos de nuestra infancia tengan a nuestros abuelos como protagonistas. Aquellas personas que nos colmaban de cariño, nos consentían casi todo y siempre parecían guardar en algún cajón un dulce, una moneda o cualquier pequeño regalo.

Con ellos aprendimos muchas cosas sin saber siquiera que las estábamos aprendiendo. Y cuando un día faltan, por muchos años que tengamos, dejan un vacío extraño, una cierta sensación de orfandad.

Porque cuando los abuelos no están, además de un familiar, se marcha una parte de nuestra propia historia.

El pasado 1 de octubre se celebró el Día Internacional de las Personas de Edad bajo el lema: "La era de la longevidad".

Es obvio que vivimos más y eso debería ser uno de los grandes éxitos de nuestro tiempo. Sin embargo, el problema reside en qué hacemos con todos esos años que hemos conseguido ganar.

Desde hace un tiempo se habla mucho en los medios del edadismo, la discriminación por razón de edad. La OMS calcula que una de cada dos personas en el mundo mantiene actitudes edadistas hacia los mayores.

Y no hace falta acudir a situaciones extremas para reconocerlas. Aparecen cuando hablamos a una persona mayor como si fuera un niño, cuando decidimos por ella sin preguntarle, cuando nos impacientamos porque tarda demasiado en el cajero automático o cuando damos por hecho que no entenderá una aplicación móvil simplemente porque tiene una edad avanzada.

Nos hemos convertido en una sociedad hiperproductiva en la que todo debe hacerse deprisa, actualizarse, renovarse y resultar inmediatamente útil. Es el caso de la tecnología.

Un teléfono con cuatro años parece viejo, un programa informático, obsoleto, y cualquier aparato que deja de responder con rapidez acaba sustituido. Desgraciadamente, esta misma lógica se está aplicando a las personas.

Cuando alguien envejece, camina más despacio, necesita ayuda o ya no produce al ritmo que exige el sistema, parece que empieza a estorbar. Pero no podemos olvidar que una persona no es un aparato tecnológico.

En Sevilla, más de una quinta parte de los vecinos supera ya los 64 años. Basta mirar cualquier barrio para entender que nuestros mayores no constituyen un colectivo ajeno a la ciudad, sino una parte esencial de ella.

Están en los mercados, en las plazas, en las hermandades, en las asociaciones vecinales, recogiendo a los nietos del colegio o sentados a la puerta de casa viendo pasar una Sevilla que conocen bastante mejor que nosotros.

Muchos recuerdan calles que ya no existen, comercios desaparecidos, costumbres, palabras y formas de relacionarse que únicamente sobreviven porque todavía queda alguien capaz de contarlas.

Ese es precisamente uno de sus grandes valores: la memoria. Los mayores son transmisores de conocimiento y experiencia, pero también una especie de espejo retrovisor de la sociedad.

Cuando todo cambia demasiado deprisa, son quienes pueden recordarnos de dónde venimos. No se trata de idealizar el pasado ni de repetir aquello de que cualquier tiempo anterior fue mejor. Se trata de entender que una sociedad que desprecia la experiencia se condena a empezar siempre de cero.

Luego está la parte menos amable. La de quienes envejecen solos porque las familias, a veces sobrepasadas y otras sencillamente ausentes, empiezan a percibir al mayor como una carga porque necesita tiempo, atención y cuidados. Personas que pasan días enteros sin mantener una conversación con nadie.

No es casual que Sevilla haya puesto en marcha programas específicos contra la soledad no deseada. En una época en la que presumimos de estar permanentemente conectados, hay quienes darían cualquier cosa simplemente por tener con quien hablar un rato.

Tal vez convendría pensar en todo esto con algo de egoísmo. Porque, si tenemos suerte, también nosotros seremos mayores. También iremos más despacio, nos costará entender las nuevas tecnologías del momento y contaremos historias de tiempos pasados.

Entonces querremos que alguien nos escuche, nos pregunte y, sobre todo, nos tenga en cuenta. Que después de toda una vida nadie nos arrincone como un mueble viejo o un trasto inservible que ya solo ocupa espacio.

Respetar hoy a nuestros mayores es también una forma de enseñar a quienes vienen detrás cómo queremos que nos traten mañana.