Luis Romero.
Hay noticias que nos convierten en piedra. Llegan en una consulta, entre una bata blanca y la pantalla de un ordenador, y en un minuto desordenan todo lo que creíamos seguro.
Un diagnóstico grave. El nuestro o el de alguien tan cercano que casi es nuestro: un padre, una hija, un amigo, el compañero de la mesa de al lado.
Este año han pasado por mi despacho varios casos así, y en todos la enfermedad venía acompañada del mismo consejo: operarse ya, con una intervención irreversible y secuelas para el resto de la vida. Lo que sigue no es medicina.
Es la mirada de un abogado sobre cómo decidir cuando lo que está en juego es uno mismo. Los griegos contaban que quien miraba a la Medusa se quedaba de piedra.
El diagnóstico tiene algo de Medusa. La primera reacción del ser humano ante una noticia que no esperaba es paralizarse, y en esa parálisis conformarse con lo primero que le dicen, porque lo primero que le dicen es también lo único que tiene.
Se firma el consentimiento con la mano temblando, se reserva fecha de quirófano y se vuelve a casa con la sensación de haber hecho algo. Es la solución más fácil. Y casi siempre es la peor.
Una de aquellas personas no se dejó convertir en piedra. Desde la primera consulta se negó a firmar. No reservó quirófano. Pidió su historia clínica y todas las imágenes, y se las llevó bajo el brazo de un especialista a otro, de un hospital público a una clínica privada, de una ciudad a otra.
No una segunda opinión: muchas. Al final, dos médicos del máximo prestigio le dijeron lo que ninguno de los primeros se había parado a considerar: que no hacía falta operar.
Y no se operó. Hoy conserva intacta su vida y ha aprendido, a un precio que nadie querría pagar, la vieja diferencia entre preocuparse y ocuparse.
En mi oficio ninguna sentencia es firme hasta que se agotan los recursos. El primer diagnóstico es eso: una sentencia de primera instancia. Merece respeto, pero no obediencia ciega.
El paciente tiene derecho a apelar, y la ley se lo reconoce con toda claridad: derecho a saber, derecho a decir que no, derecho a llevarse los papeles a casa y leerlos sin nadie mirando el reloj, derecho a que otro médico, y otro, y otro, estudien su caso.
Nuestros mayores lo sabían sin haber leído una ley. Al médico hay que hacerle caso, decían, pero no a uno: a muchos.
Séneca, que era cordobés, dejó escrito que sufrimos más en la imaginación que en la realidad. Preocuparse es exactamente eso: vivir por adelantado la desgracia, una y otra vez, sin mover un dedo para evitarla.
Ocuparse es lo contrario: convertir el miedo en pasos.
Una llamada, una cita, una pregunta incómoda. Viktor Frankl, que salió vivo de Auschwitz, enseñó que hay una libertad que nadie puede quitarnos: la de elegir cómo respondemos a lo que nos ocurre.
Nadie elige un diagnóstico. Pero sí elige qué hacer con él.
Fíjense, además, en cómo nos miran. Hay médicos que miran a los ojos y médicos que miran la pantalla. Los hay que escuchan y los hay que esperan a que terminemos para pasar al siguiente. Nuestra intuición, ese sexto sentido que la vida va afinando, rara vez se equivoca al distinguirlos.
Y a veces, sobre todo en la sanidad privada, nos lleva a una conclusión que cuesta escribir: que la prisa por operar no siempre responde al interés del enfermo, sino a otros intereses que se miden en quirófanos ocupados y objetivos cumplidos.
No lo digo solo yo. Lo dijeron, sin rodeos, varios de los médicos a los que acudió mi cliente.
Por eso mis consejos son los de un abogado, no los de un médico. No firme nada en la misma consulta en que se lo entregan. No reserve quirófano hasta estar convencido. Pida su historia y sus pruebas: son suyas, como lo es su cuerpo.
Consulte a cuantos haga falta, en la pública y en la privada. Y si alguien le mete prisa para una decisión irreversible, desconfíe: la prisa casi nunca es del paciente.
Quedarse de piedra ante una mala noticia es humano. Seguir siendo de piedra es una elección. El cuerpo es el único cliente que nos acompañará toda la vida, y merece que lo defendamos con la misma tenacidad con que defenderíamos a cualquier otro.
Ocúpese. La preocupación no cura nada; la ocupación, a veces, sí.