Me asomo al balcón de casa tras una agotadora jornada de trabajo delante del ordenador, ese aparato que parece obligarnos cada vez más a mirar la vida a través de una pantalla.

Saturado de correos, correcciones y preparativos de clase, decido tomar un respiro y salir de esa oficina improvisada en el hogar para que la brisa de la primavera inunde mis pulmones de aire nuevo.

La tarde se va muriendo lentamente en el cielo sevillano, que se desangra a borbotones entre naranjas y malvas, mientras el sol parece terminar de fichar sus últimas horas de trabajo del día.

Con las últimas luces observo el caprichoso revoloteo de los vencejos que, una primavera más, se acercan a Sevilla. Vuelan sobre los tejados con una velocidad asombrosa, cortan el aire, trazan curvas imposibles y deshacen en apenas un segundo la figura que acababan de dibujar.

Son apenas unas sombras nerviosas contra el crepúsculo. Contemplo hipnotizado su vuelo, que parece expresar una alegría difícil de explicar, como si la ciudad entera se convirtiera en el escenario de un juego cuyas reglas solo conocen ellos. Admiro su libertad. La forma en la que, sin ataduras, planean de un sitio a otro.

Cautivado por el caprichoso vuelo de los vencejos, pienso en quienes nos encontramos bajo su grácil revoloteo, en los que habitamos la ciudad envueltos a diario en un tráfago de prisas, en una interminable lista de correos electrónicos por abrir o en el constante soniquete de las notificaciones del móvil, que nos avasallan sin descanso.

Pienso en el tráfico que saca lo peor de nosotros, en las presiones del trabajo, en entregar para ayer lo que es para mañana. En definitiva, en esa rutina cada vez más exigente que parece ir cercando nuestra libertad y nuestras vidas.

Y, mientras, ellos parecen entregados a una libertad sin reglas. Vuelan para permanecer en el aire, sin necesidad de huir de nada ni de buscar ningún destino concreto. Simplemente vuelan.

Nunca repiten el mismo trazo. Sobrevuelan las mismas calles y plazas, las mismas espadañas y azoteas, pero cada tarde escriben una coreografía distinta, como si les bastara con dominar el aire que los sostiene para convertir lo conocido en ese voluble albedrío. Quizá ahí está la lección más sabia que aprendí aquella tarde, que a veces la libertad consiste en encontrar un hueco de cielo propio sobre nuestra vida para poder ser nosotros en plenitud.

Volar con la música que nos emociona, con la lectura del libro que nos cautiva, con el paseo a ninguna parte, con el tiempo compartido junto a aquellos que queremos o, simplemente, con no hacer nada más que existir.

En definitiva, cambiar la mirada sobre lo que tenemos delante y no dejarnos aplastar por la rutina. Conservar todavía una zona interior donde nadie mande del todo. Una pequeña región del alma en la que uno pueda seguir volando sin pedir permiso.

Los vencejos continúan dibujando su danza sobre los tejados hasta confundirse con las últimas sombras de la tarde. Yo los miro en silencio, con cierta envidia, pero también con la gratitud de quien descubre en su vuelo una verdad profunda.

La libertad quizá consista en encontrar algo hermoso que nos suspenda por un momento sobre el peso de los días. Bajo el cielo encendido de Sevilla, mientras su revoloteo se pierde poco a poco en la penumbra, comprendo que también nosotros necesitamos conservar, aunque sea en secreto, una pequeña forma de vuelo.