No muchas personas conocen el nombre de Jonathan Larson. Menos en nuestro país, donde todos los musicales que llegan son éxitos masivos de Broadway basados en fórmulas probadas y repetidas. Sin embargo, el neoyorquino fue uno de los grandes renovadores del género gracias a unas obras que rompían con todo lo establecido, tanto musical como temáticamente. El autor habló del VIH en EEUU, de la gentrificación, del triunfo del capitalismo, de la muerte de la bohemia… todo con composiciones que mezclaban estilos musicales que normalmente iban por separado.

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La historia de Larson, además, tiene todos los ingredientes para un biopic de esos que tanto gustan a Hollywood. El compositor murió sin llegar a ver el éxito de sus musicales, y justo antes de estrenar el trabajo que definiría su legado, Rentganador del Pulitzer y el Tony. Rent es la obra capital de Larson, y fue precisamente el fracaso de su adaptación al cine en 2005 lo que frenó lo que podía haber sido una reivindicación cinematográfica de la vida y obra de este genio.

Ha tenido que llegar otro renovador del musical, Lin-Manuel Miranda, para traer la obra más biográfica de Jonathan Larson al cine. El creador del revolucionario Hamilton se alía con Netflix para adaptar Tick, tick… boom! -que se estrena en cines seleccionados este viernes y en la plataforma el próximo 19 de noviembre-, la obra semi autobiográfica de Larson en la que él mismo se coloca en el centro de la trama para contar la ansiedad de un joven que creía que podría vivir de su arte, de hacer cosas diferentes, mientras la vida no para de darle con la puerta en las narices. Por supuesto, como en toda la obra de Larson, el Nueva York de los 90, con el VIH, el reverso del sueño americano y la pérdida de la inocencia, son los temas latentes en esta historia.

Es, precisamente, riesgo y punch lo que se echa de menos en la adaptación de Miranda, demasiado convencional y a medio gas durante su primera mitad. Algo que también viene provocado por unas canciones que nunca terminan de despegar, mientras que en Rent todo eran himnos inmediatos, uno parece estar viendo aquí algún descarte de la obra maestra de Larson. Tiene Tick, tick… boom! muchos elementos en común con aquella obra, y puede que sea la comparación lo que le perjudica. Aquí no hay un La vie boheme, ni un Out tonight o un Seasons of love. Y eso se nota.

Eso sí, la adaptación de Tick, tick… boom!, aunque desigual, tiene algo que hace que uno no pueda apartar los ojos de ella, y es la interpretación de un Andrew Garfield inmenso como Jonathan Larson. Garfield aporta su cuerpo frágil para construir es masculinidad líquida y bohemia del autor, y lo dota de profundidad y sentimiento entre canción y canción. Consigue crear un personaje complejo, que a ratos es odiable, a ratos abrazable y siempre lleno de una contradicción que realiza sin subrayados. Una interpretación que pide a gritos, como poco, una nominación al Oscar. Es una fuerza de la naturaleza que va creciendo hasta una última media hora colosal y tremendamente conmovedora.

Por desgracia todo queda en un segundo plano. Garfield se come la película y hay poco espacio para el resto. Vanessa Hudgens canta como los ángeles y tiene un número junto al protagonista que a muchos les recordará al We both reached for the gun de Chicago, aunque con menos inventiva visual. Miranda juega la carta de la austeridad casi todo el metraje, con Garfield/Larson cantando con un piano frente a un público casi todos los temas. Por eso los arrebatos visuales acaban quedando como impostados en vez de como una decisión estética natural y lógica.

Pese a sus defectos, es de agradecer que Lin-Manuel Miranda haya optado por reivindicar a Larson, y de alguna forma también a Garfield, un gran actor siempre infravalorado -su increíble trabajo en La red social fue injustamente olvidada en los Oscar- que aquí consigue su mejor interpretación, una de esas dispuestas a conquistar premios en una temporada que ya da su pistoletazo de salida.

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