El 21 de febrero el Coliseum de A Coruña volverá a encenderse para recibir a Amaral en una parada exclusiva en Galicia de su Dolce Vita Tour. Será la sexta vez que Eva Amaral y Juan Aguirre pisen este escenario, pero hay algo que sigue intacto: esa sensación de que sus conciertos son un lugar al que regresar.
Porque Amaral es una alianza. Eva no es sin Juan. Juan no es sin Eva. Juntos han construido una banda sonora que nos ha acompañado en amores que empiezan, en despedidas que duelen y en veranos que parecían eternos. Cómo hablar, Sin ti no soy nada, Días de verano, El universo sobre mí o Moriría por vos no son solo éxitos, también son recuerdos compartidos con nuestros seres queridos. Y cuando suena Marta, Sebas, Guille y los demás, todos volvemos a ser esa pandilla que canta a pleno pulmón como si el tiempo no pasara.
En la víspera de su regreso a A Coruña, hablamos con Eva Amaral sobre la complicidad que sostiene el proyecto, el peso de los himnos y en esa manera de convertir lo íntimo en algo colectivo.
Sexta vez en el Coliseum… ¿Qué recuerdos te vienen de las anteriores visitas a A Coruña?
Las visitas a A Coruña siempre son especiales para nosotros. Es una ciudad a la que le tenemos muchísimo cariño porque tenemos mucha gente allí, muchos amigos de Galicia y de A Coruña que vienen a vernos cada vez que tocamos. Siempre es una oportunidad para reencontrarnos con ellos, compartir momentos y sentir ese apoyo tan cercano que nos dan desde el escenario.
¿Qué tiene A Coruña que os hace volver? ¿Sientes que el público gallego os escucha diferente?
Galicia siempre ha sido una tierra especialmente musical, un territorio donde la música forma parte de la vida cotidiana en todas sus expresiones y estilos. Es algo muy arraigado en la cultura gallega.
Desde fuera, y lo digo con toda la humildad, es un lugar donde siempre se nos ha tratado especialmente bien. La gente está muy abierta a escuchar nuevas propuestas y eso se siente mucho desde el escenario.
Es un auténtico gusto tocar para un público tan melómano, tan atento y tan respetuoso con la música.
"Galicia siempre ha sido una tierra especialmente musical, un territorio donde la música forma parte de la vida cotidiana"
Dolce Vita suena a celebración, pero también a resistencia. ¿Qué significa realmente para vosotros ese concepto?
Para nosotros, Dolce Vita es una forma de hablar de un pequeño paraíso. Una especie de burbuja en la que, por un momento, puedes reconstruir tu vida y replantearte lo que crees sobre ella.
No se trata de negar que puedan venir tiempos oscuros o malas rachas. Al contrario: sabemos que la vida siempre trae alguna bofetada que te devuelve a la realidad. Pero lo que hemos vivido dentro de esa burbuja -los momentos de felicidad, de plenitud- nadie nos lo puede arrebatar.
Quizá duren poco, quizá la vida los sacuda rápidamente, pero quedan dentro de ti. Y eso, de alguna forma, también es resistencia.
¿Este disco nace desde la luz o desde la necesidad?
Creo que nace de las dos cosas: de la luz y de la necesidad. A veces estás en un momento luminoso, pero de repente ocurre algo que te lo arrebata, y ahí aparece la necesidad de entender, de reconstruir, de expresarte.
Diría que el impulso inicial nace desde la luz, pero la conciencia de que esa luz puede apagarse en cualquier momento es lo que le da profundidad al disco. Esa tensión entre ambas cosas es, en el fondo, lo que lo sostiene.
Amaral en la portada de “Dolce Vita”, un disco que reivindica la belleza y la euforia de estar vivos como forma de resistencia
¿Qué diferencia a esta gira de las anteriores en lo musical y en lo emocional?
Hay elementos que siguen formando parte de nuestro universo musical y visual, cosas que ya son identidad del proyecto. Pero esta gira, más que ninguna otra, está siendo una exaltación de la alegría de vivir, de esa dolce vita entendida casi como una forma de resistencia.
Es una defensa de la belleza por encima de la crueldad y de la muerte. Una reivindicación de la naturaleza y de nuestro entorno, que para nosotros es un ancla en el día a día. Nos agarramos a eso como algo esencial, como algo que merece ser protegido.
Muchas veces rompemos ese equilibrio natural sin darnos cuenta de que somos parte de él, y que si lo destruimos, nos llevamos también por delante a nosotros mismos. Esta gira tiene mucho de esa conciencia, pero también de celebración: celebrar lo que aún está vivo y lo que todavía podemos cuidar.
¿Hay alguna canción nueva que os esté removiendo especialmente en directo?
La verdad es que todas las canciones de este disco contienen detalles muy personales. Cuando salió, fue como poner a la luz sentimientos muy íntimos: esa necesidad de sentirte fuerte, pero al mismo tiempo reconocer tu fragilidad y comprender que ya no tienes por qué esconderla.
Mostrar todo eso en el escenario te hace sentir vulnerable, claro. Pero está siendo muy bonito desprenderse de ese miedo y presentarnos tal y como somos. Hay algo muy liberador en eso.
Y dentro del concierto hay un momento especialmente emotivo: el homenaje a Víctor Jara. Proyectamos imágenes suyas cantando Te recuerdo Amanda con su guitarra, y el tiempo parece detenerse. El público lo vive con una intensidad muy especial, y nosotros también. De alguna manera, esa voz y ese mensaje vuelven a estar presentes, y se crea una conexión muy profunda en la sala.
"Mostrar detalles muy personales en el escenario te hae sentir vulnerable, pero está siendo muy bonito desprenderse de ese miedo"
¿Cómo se construye un show “de gran formato” después de más de dos décadas sin repetirse?
Hay canciones que se repiten, pero ya no son las mismas. No suenan igual que cuando nacieron, porque han crecido sin que casi nos diéramos cuenta. Han evolucionado noche a noche sobre el escenario, con pequeños cambios imperceptibles que las han ido transformando. Si hoy las volviéramos a grabar, seguramente serían otras canciones.
Un show de gran formato se construye pensando en la coherencia. En qué quieres contar durante esas dos horas de concierto y cómo hilas ese relato. En este caso, teníamos el reto de tocar las quince canciones del nuevo disco e intercalarlas con temas anteriores sin que hubiera una ruptura.
Afortunadamente, creo que lo hemos conseguido. No hay una separación clara entre lo nuevo y lo antiguo; todo forma parte del mismo mensaje. Un mensaje de exaltación de la vida, pero también de aceptación de nuestra vulnerabilidad ante aquello que muchas veces se escapa de nuestro control.
Más de veinte años de carrera… ¿qué ha cambiado en Amaral y qué permanece intacto?
Lo que ha cambiado quizá se percibe más desde fuera que desde dentro. Nosotros, en esencia, nos sentimos los mismos. Cuando pasan los años pero haces tantas cosas y a tanta velocidad, todo parece que fue ayer. Y tú te sigues sintiendo muy parecido a quien eras entonces.
Es verdad que algo de la ingenuidad del principio se ha perdido -aunque quizá no tanta como nos gustaría-, pero también hemos ganado tranquilidad y seguridad. Ahora nos tomamos la música muy en serio, pero entendiendo que es algo que está para disfrutarse.
Hemos aprendido a no sufrir cuando las cosas no salen a la primera, sino a disfrutar del proceso, a entender que trabajar hacia un objetivo también forma parte del camino. Y sobre todo, que cuando dejas de disfrutar lo que haces, es que algo no va bien.
Quizá al principio éramos muy exigentes con nosotros mismos y no teníamos la paciencia suficiente para aceptar que algunas cosas necesitan tiempo. Eso sí ha cambiado. Pero la esencia, las ganas y la emoción de subirnos a un escenario… esas siguen intactas.
Eva Amaral y Juan Aguirre en una imagen promocional
¿Sentís presión por estar a la altura de vuestros propios himnos? ¿Os pesa la etiqueta de “himno generacional”?
La verdad es que no somos muy conscientes de tener esa etiqueta, así que no vivimos con esa presión.
Para mí, más que una carga, es algo bonito. Que venga gente muy joven a los conciertos y cante canciones que escribimos hace veinte años es un regalo enorme. Es emocionante ver cómo esas canciones siguen vivas y, además, cómo traen de la mano a las nuevas.
No lo vivimos como presión. Al contrario: es una maravilla. Es casi magia ver cómo la música sigue encontrando su lugar en distintas generaciones.
¿Cuál dirías que es la canción favorita del público? ¿Y la vuestra?
La verdad es que no tengo ni idea de cuál puede ser la favorita del público. Muchas veces vemos en redes que nuestros seguidores se hacen esa misma pregunta entre ellos y organizan encuestas… y sale absolutamente de todo. Desde canciones muy conocidas hasta temas casi ocultos de los primeros discos. Está todo muy repartido, así que es imposible señalar una sola.
En cuanto a la nuestra, ahora mismo -aunque seguro que Juan tendría otra distinta- una de mis favoritas es La suerte. Tiene un mensaje muy luminoso, incluso hablando de la vulnerabilidad. Me gusta porque combina esa fragilidad con una sensación de esperanza, y eso conecta mucho con el momento en el que estamos.
¿Qué tiene que tener una canción para sentir que es “Amaral”?
Curiosamente, hemos pasado buena parte de nuestra carrera intentando huir de nosotros mismos. Siempre buscamos no repetirnos, hacer algo diferente a lo anterior, explorar otros caminos.
Y, sin embargo, muchas veces cuando pensábamos que estábamos yendo muy lejos de lo que habíamos hecho, alguien venía al estudio, escuchaba una maqueta muy inicial y decía: "Suena más Amaral que nunca". Como si eso fuera algo muy bueno.
Así que no sabemos exactamente qué es lo que hace que una canción suene a nosotros. Supongo que, igual que cada voz en el mundo tiene sus matices y su personalidad, la mía tiene los suyos. Y la manera de tocar la guitarra de Juan es tremendamente personal y reconocible. Él ha marcado en gran parte el carácter y el sonido de la banda.
Quizá no se trata de algo que busquemos conscientemente. Tal vez simplemente somos nosotros cuando dejamos de intentar no serlo.
Si miras atrás, ¿qué le dirías a la Eva que empezaba con Juan?
Le diría que no fuera tan exigente consigo misma. Aunque, pensándolo bien, quizá esa exigencia también fue lo que me hizo avanzar. Pero sí le diría que intentara disfrutar un poco más del camino.
También le animaría a confiar más en lo que hacía. A veces me habría gustado tener un poco más de esa seguridad casi ingenua, esa sensación de que lo estás haciendo mejor de lo que crees. Esa confianza habría sido un buen aliado.
Pero, en realidad, no sé si le diría demasiado. Las cosas han ido tan bien que casi da miedo cambiar algo del pasado, no vaya a ser que se altere todo lo demás. Como en Regreso al Futuro, que cambias una mínima cosa y quizás teniendo información esto no hubiera salido tan bien.
Y quizá, tal y como ha sido el camino, era exactamente como tenía que ser.
"La manera de tocar la guitarra de Juan es tremendamente personal y reconocible. Él ha marcado en gran parte el carácter y el sonido de la banda"
¿Y en qué momento vital estáis ahora mismo? ¿Os sentís más libres que hace diez años?
Creo que siempre nos hemos sentido libres, o al menos siempre lo hemos buscado. La libertad ha sido una bandera muy importante para nosotros desde el principio.
De hecho, dedicarnos a la música fue, en gran parte, una forma de perseguir esa libertad. No queríamos un trabajo en el que alguien nos dijera constantemente lo que teníamos que hacer. Antes de que la música nos lo diera todo, tuvimos otros trabajos para sobrevivir, claro. Pero siempre mirábamos la música como un territorio propio, un espacio donde poder ser nosotros mismos sin límites.
Más que sentirnos más libres que hace diez años, creo que seguimos defendiendo esa misma idea. La libertad no es algo que se alcanza y ya está; es algo que se cuida y se reafirma constantemente. Y en ese sentido, seguimos en el mismo camino.
¿Hay algo que aún os dé miedo al subiros a un escenario?
Impresiona mucho ver a la gente cantando nuestras canciones. Eso nunca deja de impactar. Juan, por ejemplo, creo que lo vive con más calma. Pero yo, en concreto, me sigo poniendo muy nerviosa justo antes de salir al escenario.
Da igual que haya diez mil personas o cuatro en una sala pequeña a la que nos ha invitado un amigo. Siempre me pasa. Es algo que todavía estoy aprendiendo a gestionar, sobre todo para bajar la velocidad a la que late el corazón, porque esos primeros compases a veces se resienten un poco por la adrenalina.
Sé que esos nervios están ahí y forman parte de mí, pero intento trabajarlo: hago ejercicios de respiración, algo de yoga antes de salir y me repito muchas veces que todo va a salir bien.
Y, al final, en cuanto suenan las primeras notas y conectas con el público, el miedo se transforma en otra cosa. En energía.
¿Cómo te gustaría que recordaran esta etapa dentro de 10 o 20 años?
Me gustaría que estas canciones hubieran acompañado a alguien. Que hayan estado ahí en algún momento importante de su vida. Y eso, aunque parezca sencillo, no es poco.
Cuando escribes sobre cosas tan personales, en el fondo estás compartiendo algo muy importante para ti. Estás intentando tender un puente hacia otras personas que quizá estén sintiendo lo mismo o que puedan verse reflejadas en esas vivencias.
Si dentro de diez o veinte años alguien recuerda esta etapa porque una de estas canciones le ayudó, le sostuvo o simplemente le hizo sentirse menos solo, entonces habrá valido la pena.
"Sigo poniéndome muy nerviosa justo antes de salir al escenario, es algo que todavía estoy aprendiendo a gestionar"
Si el concierto del 21 de febrero tuviera que resumirse en una sola emoción, ¿cuál sería?
Es difícil resumir algo tan complejo en una sola emoción. Pero, en el fondo, todo gira en torno a lo que queríamos contar: el éxtasis de la felicidad, la dulzura de estar vivos pese a todo.
Si tuviera que elegir una palabra, sería euforia. Una euforia luminosa, consciente, casi como una celebración que también es resistencia.
¿Qué queda por conquistar después de todo lo vivido?
La verdad es que ya no pienso en términos de batallas. No se trata de conquistar nada. Lo que queda por delante es seguir haciendo las mejores canciones que podamos. Y cuando digo “mejores”, no hablo de números ni de éxitos, sino de canciones que sigan diciendo algo a la gente y que a mí me hagan sentir que estoy creando algo honesto y bello.
Me interesa seguir transformando sentimientos -a veces incluso los más oscuros o negativos- en algo que tenga luz, en algo que pueda compartirse.
Si conseguimos eso, y además somos felices haciendo música, creo que no hace falta conquistar nada más.
