Las salas de música en directo de A Coruña atraviesan uno de los momentos más delicados de los últimos años. El crecimiento de los grandes conciertos y festivales, el cambio en los hábitos de consumo cultural y una oferta cada vez más fragmentada obligan a estos espacios a reinventarse para seguir vivos.
Lejos de competir con los macroeventos, las salas juegan otra liga: la de la proximidad, la experimentación y el trato directo entre artistas y público.
En Galicia existen 37 salas activas asociadas a Clubtura, la red estatal de espacios de música en directo, a las que se suman alrededor de una decena que no forman parte de la asociación. En A Coruña conviven proyectos históricos con otros más recientes, todos ellos con un denominador común: sobrevivir concierto a concierto en un escenario cada vez más exigente.
"Nuestra programación supera los 170 eventos al año"
"Estamos en un momento complicado. Ha cambiado el tipo de público y también la demanda de actuaciones", explica desde el sector, que apunta a una transformación profunda de los gustos musicales.
"Los gustos han cambiado y muchas salas hemos tenido que reenfocar la programación", añaden. La respuesta pasa por otros formatos, por diversificar propuestas y por entender que el público ya no se comporta como hace una década.
La épica de mantener una sala abierta
Pocas salas simbolizan mejor esa resistencia que Mardi Gras, un espacio clave en la escena coruñesa desde hace más de dos décadas. Su responsable, Tomás Legido, no edulcora la realidad cuando se le pregunta cómo se sobrevive hoy siendo sala de conciertos.
"Es una tarea casi épica", afirma. En su caso, la clave está en la confianza y la fidelidad del público. "El factor principal es que la gente confíe en nosotros mes tras mes, concierto tras concierto".
"Los gustos han cambiado y muchas salas hemos tenido que reenfocar la programación"
A esa base se suman apoyos como el patrocinio de Estrella Galicia, pequeñas colaboraciones con locales como Sham Rock o Garaxe 59, y el trabajo de la República Musical Mardi Gras, una asociación de socios que organiza actividades en la sala y en otros espacios de la ciudad, algunas con subvención del área de Cultura del Ayuntamiento de A Coruña.
"Hay que trabajar muchísimo y confiar en que, dentro de una oferta cultural enorme, una parte del público que valora los eventos en directo nos elija", señala Legido, que anima a asociarse como una forma directa de apoyar la música local y mantener vivo el proyecto.
Lejos de acomodarse, el Mardi Gras ha hecho de la diferenciación una de sus señas de identidad. "Nuestra programación supera los 170 eventos al año", explica su responsable. Aunque el rock en todas sus variantes sigue siendo el eje principal, la diversidad es una constante.
Te devuelven el dinero de la entrada si no te convence
Una de las iniciativas más llamativas del local resume bien su filosofía: "Si vienes a un concierto, compras la entrada en la puerta y lo que ves no te convence, te devolvemos el dinero íntegro si te marchas antes de que suene la cuarta canción". Tres temas como periodo de prueba para invitar al público a arriesgar. "Hacemos un esfuerzo enorme por traer bandas fabulosas pero desconocidas de todo el planeta", añade Legido, citando a grupos internacionales que pasan por A Coruña como parte de esa apuesta por el descubrimiento.
"Sabemos que no es fácil salir de casa sin saber si te vas a encontrar a alguien conocido, pero se arriesgan"
Tras 26 años de trayectoria, el Mardi Gras recibe cientos de propuestas cada año. La selección es un proceso complejo en el que entran en juego muchos factores.
"Las bandas consideran la sala como su casa durante unas horas, lejos de su hogar real, y eso tiene muchísimo valor", explica Legido, que destaca que la palabra “mítica” aparece con frecuencia en el libro de firmas del local.
"Hay que montar un enorme puzle", resume. La calidad artística es importante, aunque subjetiva, pero también pesan cuestiones prácticas. "Muchas propuestas se quedan fuera porque solo pueden tocar en viernes o sábado, y esos días están muy cotizados".
Curiosamente, uno de sus días preferidos para programar conciertos es el miércoles. "A mitad de semana cargamos las pilas para seguir con nuestros trabajos diarios", apunta.
Públicos diversos y menos previsibles
Uno de los grandes retos actuales es el cambio en el público. "Depende muchísimo del artista que programemos", señala Legido. En el Mardi Gras conviven conciertos con un público mayoritario de entre 40 y 55 años con otros en los que la media ronda los 25, además de presentaciones de discos locales que atraen a familias enteras.
"Las bandas consideran la sala como su casa durante unas horas, lejos de su hogar real, y eso tiene muchísimo valor""
Hay un detalle que el responsable de la sala valora especialmente: "Mucha gente viene sola". "Sabemos que no es fácil salir de casa sin saber si te vas a encontrar a alguien conocido, pero se arriesgan", explica. Por eso cuidan el trato cercano. "Intentamos saludar, que sepan que los valoramos". La idea es clara: "Que nadie se sienta extraño al entrar en un espacio donde se viven felicidades colectivas varias veces cada semana".
Nuevas salas, mismos problemas
Ese mismo espíritu se percibe en La Disfrutona, una sala más joven que ha logrado hacerse un hueco gracias a una programación abierta y sin etiquetas. Su responsable, Iago de la Campa, reconoce que el contexto no es fácil. "Para sobrevivir es complicado", afirma. La estrategia pasa por no cerrarse a ningún estilo y por colaborar con la gente que funciona bien con nosotros.
"Tenemos conciertos donde la media de edad es 50, otros 20, otros 30… depende mucho del grupo que toque"
En su escenario conviven propuestas locales y nacionales, desde grupos experimentales hasta hardcore, metal o indie. "Intentamos no cerrarnos a ningún género", explica de la Campa, convencido de que la diversidad es una fortaleza y no un problema.
La selección de bandas en La Disfrutona responde a criterios sencillos pero firmes. "Los grupos nos mandan vídeos tocando o el dossier", señala su responsable. "Así vemos que hay un mínimo de nivel y que pueden atraer al público". No se trata solo de calidad musical, sino de entender si la propuesta encaja en la dinámica de la sala.
"Intentamos no cerrarnos a ningún género"
El resultado es un público muy variado. "Tenemos conciertos donde la media de edad es 50, otros 20, otros 30… depende mucho del grupo que toque", explica de la Campa. La consigna es clara: "Nosotros no nos cerramos a nadie".
El valor de lo pequeño
El auge de los festivales y de los grandes conciertos ha cambiado el mapa musical, pero las salas reivindican otro tipo de experiencia. No compiten en cifras ni en espectacularidad, sino en cercanía, riesgo artístico y contacto directo. Para muchos músicos siguen siendo el primer paso; para muchos espectadores, el lugar donde la música se vive sin filtros.
A pesar de las dificultades económicas, los cambios de público y la burocracia que a veces frena colaboraciones institucionales, las salas de A Coruña mantienen una idea clara: son imprescindibles para la salud cultural de la ciudad. Espacios donde se prueba, se falla, se descubre y se crea comunidad.
