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Entrar por la puerta del mesón O Chicote, situado en la calle Ramón y Cajal, a tan solo unos metros de distancia del puerto, es un viaje a una época en la que todavía era frecuente encontrar comida tradicional a buenos precios. Poco ha cambiado en los 17 años que este local lleva abierto, con una carta a base de raciones con precios de entre 9 y 12 euros y la especialidad en los pescaditos fritos.

Mercedes Sánchez es la dueña de este negocio familiar, donde tres generaciones trabajan codo con codo. Las recetas de la abuela forman ahora parte de su menú, que incluye parrochas, xurelos, caldo, raxo o croquetas, todo ello elaborado en la cocina que se ve desde la propia barra y que recuerda a la de cualquier casa.

"Tenemos una carta pequeña con tres o cuatro cosas que procuramos mantener siempre", comenta, lamentando que "la hostelería está cambiando. Siempre es difícil trabajar en esto y estamos perdiendo el idioma y la cocina también".

Entre sus propuestas, el salpicón o la tortilla de camarones son algunos de los favoritos. Sobre el primero de ellos, su hijo Xosé subraya que "no es por presumir, pero es el mejor salpicón calidad-precio de la ciudad".

"Todo sube —reconoce sobre el aumento de costes en las dos décadas que llevan abiertos— pero no podemos subir el precio en proporción a lo que nos cuesta porque nos quedamos sin clientes".

La clientela habitual consiste en jubilados de la zona que son ya una extensión de la propia familia, tal y como reconocen madre e hijo al tiempo que se despiden de los últimos comensales del mediodía.

También hay alguna celebridad local. Como sede de la peña deportivista de La Fuente de Cuatro Caminos, sus paredes están decoradas con fotos como la de Arturo López López, o con una de José Luis Huelves, exportero del HC Liceo y quien donó el stick de hockey que se puede ver colgado en la pared.

Encima de la barra, dibujos a tiza de productos del mar bajo imágenes del puerto o de A Coruña remarcan el carácter marítimo de su cocina.

Delante y detrás de la barra, la familia y un par de empleados continúan trabajando día a día. "Estuvimos a punto de cerrar la familia, no el negocio", bromea Xosé sobre la conciliación, en un restaurante que define como "un local de hostelería clásica, de los que ya no quedan".