En los últimos años hemos experimentado registros espectaculares en el tráfico de pasajeros en el puerto de A Coruña. Un crecimiento que ha venido acompañado de un importante esfuerzo por parte de todas las empresas y administraciones intervinientes, bajo la batuta de la Autoridad Portuaria de A Coruña. Crecer no siempre es fácil, y lleva aparejado también el tener que afrontar retos y dificultades logísticas y operativas, con escalas múltiples que requieren de un especial mimo y cuidado en su planificación.

No os quiero aburrir con muchos datos y cifras, pero simplemente para poneros en contexto, en 2015, hace ya diez años, el puerto de A Coruña recibía aproximadamente unos 150.000 pasajeros. Este año superaremos los 450.000. No está mal. Y, a todo ello, hay que sumar los tripulantes, que también cuentan.

Todos estos datos, más allá de las cifras, llevan aparejado también un importante impacto económico en la ciudad. Cada escala nos deja muchos turistas que bajan del barco, visitan nuestra ciudad y son grandes prescriptores del destino. Muchos vuelven después con sus familias. Algunos dicen que es “la mejor ciudad de todo el crucero”. No me sorprende. A Coruña siempre se ha caracterizado por ser “la ciudad donde nadie es forastero”.

Me gusta conocer no sólo la percepción de las navieras, de la tripulación y de los operadores que están en el puerto, sino también sentir cómo se viven estas escalas desde el punto de vista “ciudadano”. Hablar con el comercio y preguntarles cómo van. Me ha gustado saber, por ejemplo, que algunas tiendas de deportes venden polares en verano, porque en Argentina es invierno y han tenido muchos pasajeros de esa nacionalidad en esa escala. O que las droguerías están repletas de gente hablando en inglés. Incluso los dependientes comentando entre ellos sobre vocabulario específico y terminología inglesa. Bares y terrazas llenas de turistas en sandalias con calcetines, bebiendo Estrella Galicia. Y también, algún que otro pasajero con un alto poder adquisitivo que deja una cuenta con varios “ceros” en una joyería. Eso es lo que hace que cada escala cuente, que genere un impacto real.

Como decía, una escala no implica sólo a la Autoridad Portuaria, sino a un entramado complejo de empresas y administraciones muy diversas, con competencias en la materia: seguridad y protección (Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado), Capitanía Marítima, servicios portuarios (practicaje, remolque y amarre), suministros y provisiones de los buques, empresas de consignación, autobuses para las excursiones, y también buses lanzadera en caso de algunas escalas múltiples, guías turísticos en distintos idiomas para acompañar a los pasajeros, y un largo etcétera. Todo ello genera un impacto muy importante en el destino: hostelería, comercio, museos,...

Según datos de CLIA, la asociación que engloba a las principales navieras de cruceros a nivel internacional, el gasto medio por crucerista en tránsito y día es de unos 100 euros. No hace falta ser muy inteligente para multiplicar esa cifra por el número de cruceristas y hacernos una idea del impacto real que los cruceros tienen en su escala en nuestra ciudad. ¡Cuidémoslos!