La inmediatez nos domina. Nos hemos acostumbrado a que las cosas sucedan rápido. Todo lo que vemos nos parece que sucedió así, de repente. No nos paramos a pensar en todo lo que hay detrás y que no nos han enseñado en muchos casos. Y aunque lo hayamos visto, se nos olvida. Solo vemos el resultado final.
El ritmo frenético ha calado profundamente en nuestras expectativas, y muchas veces esperamos que nuestras metas y cambios personales sigan el mismo camino. Sin embargo, hay una regla clara entre querer algo y tenerlo: el compromiso y el esfuerzo.
El deseo de obtener resultados rápidos ha moldeado nuestra percepción sobre el esfuerzo y el cambio. La expectativa de encontrar soluciones rápidas minimiza el tiempo que estamos dispuestos a dedicarles. Queremos aprender un idioma nuevo en semanas, perder peso en días o convertirnos en expertos en un tema en tres horas. Pero el cambio real requiere tiempo y esfuerzo sostenido. Y tienes que plantearte si estás dispuesto a dedicárselo.
La cultura del quiero
Estas últimas semanas varias personas me planteaban lo que les gustaría: cambiar de trabajo, lograr un objetivo… y lo que me resuena en la cabeza es qué están haciendo para lograrlo. El “Es que yo quiero…” pocas veces es un “estoy haciendo… porque quiero…”.
Estaba dándole vueltas a este tema cuando recibí una newsletter que también hablaba sobre esto: “¿Has podido mirar algo de lo que te mandé?”, “No, la verdad es que entre unas cosas y otras no le he dedicado tiempo, pero lo tengo ahí pendiente”.
Cuando vemos a alguien logrando algo, no tenemos en cuenta todo su camino para perseguirlo. Por eso, cuando nos brindan las posibilidades para encaminarnos a nuestro reto, vemos el esfuerzo que conlleva y muchas veces procrastinamos empezar.
Un ejemplo que todos conocemos son los propósitos de año nuevo. Según la encuesta “Propósitos 2025” un 76% de españoles tenía la intención de incorporar algunos ajustes en su rutina diaria para mejorar su calidad de vida. “Un 50% de los españoles necesita del apoyo de su entorno, mientras que apenas el 20% considera que tiene la motivación suficiente”, refiere la misma encuesta.
Es fácil decir que queremos algo. Pero no es tan fácil estar dispuesto a trabajar para conseguirlo. Muchas veces aceptamos un consejo o una recomendación, pero este no se traduce en acción hasta que nos ponemos en marcha, reflejando nuestro verdadero compromiso. Comprometerse implica más que palabras. Significa priorizar, dedicar tiempo, esfuerzo, energía y recursos a aquello que queremos lograr. También significa enfrentarse a la incomodidad y superar los obstáculos que inevitablemente surgirán. Si no estamos dispuestos a hacer esto, entonces el deseo se queda en un “quiero vacío” que no se va a materializar.
Factores externos
Por supuesto que también existen agentes externos que pueden frustrar nuestro objetivo. Son factores que se escapan de nuestra propia gestión y que en ocasiones impiden que se materialice el cambio o se consiga el objetivo. También esta sociedad de la inmediatez a veces premia antes aquellos que han mostrado el interés, más que el que se ha estado preparando para el momento adecuado, a pesar de estar en el lugar indicado.
Aunque nos hayamos acostumbrado a esperar resultados rápidos y soluciones fáciles, soy de las que apuesta por el compromiso, el esfuerzo y el tiempo, más allá de la intención. Volviendo a la lista de propósitos, según un estudio publicado en el 'Journal of Clinical Psychology' "sólo un 46% la mantiene durante al menos seis meses, mientras que únicamente un 8% llega a mantenerla durante el año”. Cierto es que también tenemos que aprender a valorar nuestra energía, siendo conscientes que dónde pongamos nuestro esfuerzo será donde seguramente logremos avanzar, si el contexto nos acompaña. El cambio no es rápido ni fácil, pero quiero pensar que para quienes están dispuestos a intentarlo, merece la pena el esfuerzo.