En la mitología griega, el rey Minos de Creta impuso a la ciudad de Atenas un terrible castigo tras ganar la guerra: el envío anual de siete jóvenes y siete doncellas para ser devorados por el Minotauro en el laberinto. Aquel sacrificio ritual sumía a la ciudad en una gran desesperación al ver partir los barcos de velas negras hacia Cnosos. Sabían que sus hijos servirían únicamente para saciar el hambre insaciable de una bestia antinatural oculta en las entrañas de la tierra. Una sangrienta condena que solo terminó cuando el héroe Teseo decidió que la dignidad de su pueblo valía más que el miedo al monstruo. Siglos más tarde y mucho más cerca de nosotros, la historia pareció repetirse con una crueldad renovada bajo el reinado de un monarca cristiano quien, cegado por la ambición de poder, aceptó convertir a las mujeres de su reino en moneda de cambio para satisfacer al invasor islámico. Pero al igual que ocurrió en el mito clásico, hubo quienes se negaron a agachar la cabeza ante la infamia, protagonizando una improvisada revuelta que cambiaría para siempre el destino de la Reconquista y daría origen a uno de los linajes más ilustres de Galicia. Esta es la historia del lugar donde el Tributo de las Cien Doncellas comenzó a morir y del nacimiento de los Figueroa: la Torre de Peito Bordel.
Tributo al minotauro. https://es.wikipedia.org
En el siglo VIII, la supervivencia de los pequeños reinos cristianos del norte de la península ibérica pendía de un finísimo hilo frente al poderío militar y cultural del Emirato de Córdoba. En este contexto de debilidad extrema, ascendió al trono asturiano el rey Mauregato, un siniestro personaje cuya legitimidad ha sido cuestionada por todas las crónicas posteriores, que no dudaron en calificarlo con el apodo de "El Usurpador".
Mauregato, hijo bastardo de Alfonso I, sabía que no contaba con el apoyo de la nobleza local ni con el favor de la Iglesia, así que decidió buscar aliados fuera de sus fronteras, pactando con el enemigo musulmán para asegurarse una protección militar que le permitiera mantenerse en el poder a cualquier precio.
Rey Mauregato de Asturias. https://es.wikipedia.org
El Emir de Córdoba, consciente de la desesperación del rey cristiano, exigió un pago que iba más allá del oro o las tierras, demandando un tributo humano que humillara a los infieles en lo más profundo de su orgullo.
Así nació el infame "Tributo de las Cien Doncellas", un acuerdo por el cual el reino asturiano se comprometía a entregar anualmente a cincuenta mujeres de sangre noble y cincuenta plebeyas para nutrir los harenes del sur, condenando a las hijas de Galicia, Asturias y León a una vida de esclavitud lejos de sus hogares.
Galicia, como territorio fundamental y poblado del reino, se convirtió en uno de los principales graneros de este impuesto de carne, sufriendo cada año la visita de los recaudadores reales y las escoltas moras que recorrían las aldeas seleccionando a las jóvenes más bellas y sanas para aquel viaje sin retorno.
Emirato de Córdoba a principios del siglo IX. https://es.wikipedia.org
La leyenda sitúa en el municipio coruñés de Abegondo, concretamente en la parroquia de Sarandóns, uno de los puntos negros de esta geografía del terror: la Torre de Peito Bordel.
Aquel edificio fortificado, del que hoy apenas quedan unos vestigios devorados por la maleza y el olvido, funcionaba como una cárcel de tránsito, un centro logístico de la infamia donde se concentraba a las muchachas secuestradas en las comarcas de As Mariñas y Betanzos.
Restos de la Torre de Peito Bordel. Iván Fernández Amil
La ubicación de la torre no era casual, pues se encontraba estratégicamente situada cerca de las vías de comunicación que llevaban hacia la ría de Betanzos, donde los barcos esperaban para cargar su mercancía humana y poner rumbo al sur bordeando la costa atlántica hasta llegar a Al-Ándalus.
Es difícil no conmoverse con el dolor desgarrador de las familias campesinas y de los hidalgos locales que veían como sus hijas, hermanas y prometidas eran arrastradas por la fuerza hacia los muros de esa torre. Sabían que una vez que cruzaban su puerta, dejaban de ser personas con nombre y apellidos para convertirse en simple "peito" (tributo).
Puerta de entrada al pazo anexo a las ruinas de la Torre. Iván Fernández Amil
Durante años, el miedo a las represalias del rey Mauregato y el terror que inspiraban las cimitarras de la guardia mora mantuvieron a la población sumisa, pero la paciencia de los gallegos tiene un límite, y este se rompió definitivamente el día que los soldados sarracenos cometieron el error de intentar llevarse a las hermanas de cinco jóvenes hidalgos de la zona de Figueroa.
Restos de la Torre de Peito Bordel. Iván Fernández Amil
La identidad exacta de estos héroes no está clara, pero la tradición asegura que eran cinco hermanos que, al enterarse de que sus seres queridos estaban presos en la Torre de Bordel esperando el embarque inminente, decidieron que era preferible morir luchando con honor que vivir avergonzados.
No tenían tiempo para reunir un ejército ni para enviar mensajeros a otros nobles pidiendo ayuda, ya que las mareas de la ría marcaban el tiempo de salida de los barcos, así que tuvieron que actuar con la urgencia desesperada de quien no tiene nada que perder.
Restos de la Torre de Peito Bordel. Iván Fernández Amil
Al llegar a las inmediaciones de la torre y evaluar las defensas, se dieron cuenta de que estaban en clara inferioridad numérica y de armamento, pues los guardianes moros disponían de aceros templados y armaduras, mientras que ellos apenas contaban con sus ropas de viaje y sus dagas.
Restos de la Torre de Peito Bordel. Iván Fernández Amil
Fue entonces cuando vieron que el paisaje que rodeaba la fortificación estaba flanqueado por numerosas higueras silvestres (figueiras), árboles de madera dura y nudosa que crecían salvajes en la zona. En un acto de valentía que rozaba la locura, los cinco hermanos arrancaron grandes ramas de estos árboles y las tallaron apresuradamente para convertirlas en garrotes improvisados, unas armas toscas que se convirtieron en mortales en las manos de estos hombres movidos por la furia.
Interior de las ruinas de la Torre de Peito Bordel. Iván Fernández Amil
La escena del asalto debió de ser tan surrealista como heroica. Cinco hombres saliendo de la espesura armados solo con palos de madera verde, lanzándose contra una guarnición militar entrenada que, sorprendida por la audacia del ataque, tardó unos segundos vitales en reaccionar.
Parte trasera de la Torre de Peito Bordel. Iván Fernández Amil
Los golpes de las ramas de higuera contra los cascos y los escudos de los invasores acabaron rompiendo huesos y desarmando a los soldados que no esperaban encontrar tal resistencia en una población que consideraban sometida y acobardada por años de expolio.
Por eso, contra todo pronóstico, la emboscada surtió efecto, y la ferocidad de los hermanos logró romper la línea defensiva, permitiéndoles acceder al interior de la torre donde se encontraban las doncellas aterrorizadas, liberándolas antes de que pudieran ser embarcadas.
Restos de la Torre de Peito Bordel. Iván Fernández Amil
Esta gesta, que la tradición ha magnificado y adornado con el paso de los siglos, fue mucho más que un simple altercado fronterizo y se convirtió en el catalizador de un cambio de mentalidad que llevaría, años más tarde, a la negativa oficial del rey Ramiro I a seguir pagando el tributo y a la mítica batalla de Clavijo.
Batalla de Clavijo. https://es.wikipedia.org
Pero la consecuencia más tangible y duradera de aquel día de sangre y ramas rotas fue el nacimiento de uno de los linajes nobiliarios más importantes de la historia de Galicia: la casa de los Figueroa.
Para honrar su victoria y dejar constancia de cómo lograron vencer al enemigo, los hermanos tomaron el apellido Figueroa, derivado de las higueras que usaron como armas, y diseñaron un escudo de armas que es una crónica gráfica de la batalla, con un fondo dorado y cinco hojas de higuera de color verde dispuestas en forma de aspa
Escudo de armas en el pazo anexo a la Torre. Iván Fernández Amil
Este blasón se puede ver todavía hoy esculpido en la piedra de numerosos pazos y casas solariegas repartidas por toda la geografía gallega, desde Abegondo hasta las Rías Baixas, como un testimonio de que la nobleza de esta familia no nació de un decreto real, sino del coraje demostrado en el campo de batalla.
La Torre de Peito Bordel, escenario de estos hechos, corrió peor suerte que el apellido de sus conquistadores, pues con el paso de los siglos fue perdiendo su función militar y defensiva, cayendo en un abandono progresivo que la llevó a la ruina casi total en la que se encuentra en la actualidad.
Restos de la Torre de Peito Bordel. Iván Fernández Amil
Durante generaciones, los vecinos de Sarandóns han mirado aquellas piedras con una mezcla de respeto supersticioso y miedo, recordando las historias que sus abuelos les contaban al calor de la “lareira” sobre las doncellas que lloraban allí antes de partir para siempre.
Hoy, si te acercas al lugar de Bordel encontrará que los restos de aquella época han sido absorbidos por el tiempo y la vegetación, pero la memoria del Tributo de las Cien Doncellas sigue viva en la heráldica, el folclore y en las fiestas populares que se celebran en distintos puntos de la península, como la de las Cantaderas en León o la Romería del Paso del Fuego, aunque pocas tienen una referencia física tan clara como la torre coruñesa.
Las Cantaderas de León. https://es.wikipedia.org
Algunos historiadores modernos, escépticos con las leyendas fundacionales, tienden a ver en este relato una invención posterior creada para justificar la nobleza de los Figueroa o para dotar de épica a la resistencia cristiana, similar a lo que ocurre con la aparición de Santiago Matamoros, pero negar la base histórica de la leyenda sería ignorar la realidad documentada de los tributos que los reinos cristianos pagaron a Al-Ándalus durante los siglos de hegemonía islámica. Además, la existencia física de la torre sugiere que algo importante ocurrió realmente entre esos muros.
Restos de la Torre de Peito Bordel. Iván Fernández Amil
Hoy, en Peito Bordel ya no quedan higueras milenarias en el borde del camino, ni hay ya torre a la que mirar (excepto sus ruinas), pero todavía nos queda una historia que merece ser contada una y otra vez como una lección de dignidad y resistencia de unos héroes que no vestían brillante armadura, sino palos de higuera.
Restos de la Torre de Peito Bordel. Iván Fernández Amil
Iván Fernández Amil escribe cada semana Historias de la Historia en Quincemil. Consigue sus libros en https://www.ivanfernandezamil.com/libros
Referencias:
es.wikipedia.org
elespanol.com/quincemil
patrimoniogalego.net
galiciapuebloapueblo.blogspot.com
lavozdegalicia.es
elcorreogallego.es
consellodacultura.gal
xenealoxia.org
culturagalega.gal
turismo.gal
historiadegalicia.gal
castillosdeespaña.es
