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La historia de la humanidad está franqueada por una contradicción constante: el deseo de creer y el miedo a lo que otros creen. Desde que existen los dioses, existen también los perseguidores. En la Roma imperial, los cristianos morían por negarse a adorar al emperador, en la Europa medieval, los judíos fueron expulsados, los herejes quemados y los musulmanes forzados a convertirse. En Oriente, el budismo fue prohibido durante siglos en China, y en la India, los conflictos religiosos marcaron fronteras durante milenios. A lo largo de los siglos, la fe, cualquiera que sea, ha sido refugio y condena, motivo de esperanza y de guerra. Las religiones, que deberían haber servido para unir, se convirtieron muchas veces en pretexto para dividir. En el siglo XIX, ese antiguo drama se repitió en Asia. En Vietnam, Corea y Japón, miles de hombres y mujeres fueron ejecutados simplemente por practicar una creencia diferente. Entre ellos, un gallego nacido en una aldea de Lugo, que había partido al otro extremo del mundo movido por su fe, y que acabó encontrando allí su trágico destino. Su historia es la de un hombre que descubrió hasta dónde puede llegar la convicción cuando el precio de creer es la propia vida: José María Díaz Sanjurjo, el único santo gallego de la historia.

Decapitación de Juan el Bautista de Julius Schnorr von Carolsfeld, 1860. https://es.wikipedia.org

José María Díaz Sanjurjo nació el 25 de octubre de 1818 en Santa Eulalia de Suegos, una pequeña parroquia del municipio de Pol, en la provincia de Lugo. Ingresó con solo diez años en el seminario de Lugo y completó sus estudios de Teología en Santiago de Compostela, donde comenzó a sentir la llamada de la vida misionera.

En 1842 entró en la Orden de Predicadores, los dominicos. Dos años después fue ordenado sacerdote en Cádiz y embarcó hacia Manila, punto de partida de todas las misiones españolas en Asia. Desde allí fue destinado a Tonkin, en el norte de Vietnam, un territorio hostil donde los misioneros vivían en la clandestinidad.

Mapa de divisiones del Vietnam colonial. https://es.wikipedia.org

Aquel joven lucense de apenas veintiséis años partió sabiendo que probablemente no regresaría jamás, pero su decisión, en lugar de impulsarlo a la huida, lo ancló a un propósito.

A mediados del siglo XIX, el imperio vietnamita veía el cristianismo como una amenaza directa. Las conversiones eran castigadas con la muerte y los sacerdotes eran perseguidos sin descanso. Díaz Sanjurjo adoptó el nombre vietnamita Đức Thầy An, aprendió la lengua local y comenzó a recorrer aldeas perdidas entre los arrozales, celebrando misa en casas de bambú y enseñando en la oscuridad.

Su labor pastoral fue muy intensa, fundando comunidades, formando catequistas y manteniendo viva la fe de miles de fieles en medio de la represión.

Batalla del río Tonkin. https://es.wikipedia.org

En 1848 fue nombrado obispo titular de Platea y vicario apostólico de Tonkin Central, uno de los cargos más peligrosos de la Iglesia en aquella época, que debía llevar a cabo de manera clandestina, ya que debía moverse de noche, disfrazarse, cambiar de nombre y confiar su vida a campesinos que lo ocultaban bajo riesgo de muerte.

A pesar de todo, en sus cartas, escritas con una serenidad desconcertante, apenas mencionaba el miedo. Decía que “El sufrimiento es la lengua que Dios habla a los hombres cuando ya no queremos escuchar.”

Emperador Tự Đứ. https://es.wikipedia.org

En 1857, durante una nueva oleada de persecuciones decretadas por el emperador Tự Đức, Díaz Sanjurjo fue traicionado, capturado y conducido a Nam Định, donde permaneció varios meses prisionero. Le ofrecieron salvar su vida si renunciaba a su fe, pero lo rechazó.

El 20 de julio de 1857 fue decapitado públicamente. Su cabeza fue expuesta en una cesta a la entrada de la ciudad y su cuerpo fue arrojado al río. Tenía 38 años.

Su muerte fue parte de una represión que se saldó con miles de ejecuciones y que conmocionó a la Iglesia asiática. Años más tarde, los historiadores señalarían que aquella oleada de mártires fue el detonante moral que justificó la intervención francesa en Indochina y que fue el preludio de la colonización.

Ejecución del misionero francés Augustin Schoeffler. https://es.wikipedia.org

La noticia de su muerte tardó meses en llegar a Galicia. En su aldea natal de Suegos, los vecinos apenas entendían qué había ocurrido en un país del que nadie había oído hablar, pero los dominicos conservaron su memoria lo mejor que pudieron.

Por eso, en 1951, el papa Pío XII lo declaró beato, y en 1988, el papa Juan Pablo II lo canonizó junto a otros 116 mártires de Vietnam. Desde entonces, Díaz Sanjurjo es recordado como el único santo gallego plenamente reconocido por la Iglesia católica, cuya fiesta litúrgica se celebra el 20 de julio.

Pio XII. https://es.wikipedia.org

En Pol hay una placa con su nombre y una escultura blanca que representa su serenidad final, porque a diferencia de otros santos, no hay reliquias, templos fastuosos ni milagros documentados. Su santidad no se basaba en prodigios, sino en la coherencia.

El siglo XIX fue el de la gran diáspora gallega. Mientras miles de compatriotas partían hacia América en busca de fortuna, otros lo hacían por fe. Las órdenes religiosas enviaban cada año a jóvenes hacia Filipinas, China o Hispanoamérica. Díaz Sanjurjo formaba parte de esa otra emigración gallega, la espiritual.

Más allá de la devoción, su figura posee un enorme valor histórico, porque representa la presencia gallega en las grandes rutas misioneras del siglo XIX y refleja cómo la espiritualidad se entrelazaba con los movimientos geopolíticos del momento.

Monumento a la emigración gallega. https://es.wikipedia.org

En 2018, con motivo del bicentenario de su nacimiento, el papa Francisco envió un mensaje a la diócesis de Lugo destacando que “la semilla del Evangelio plantada por Díaz Sanjurjo sigue dando fruto entre los pueblos de Asia”. En Vietnam, aún existen comunidades que conservan su nombre en parroquias que lo veneran como Đức Cha An, “el Padre An”. En Galicia, su memoria ha sido más discreta, pero se le recuerda cada 20 de julio en una sencilla misa oficiada en su honor.

Aunque José María Díaz Sanjurjo es reconocido como el único santo gallego canonizado oficialmente por la Iglesia, Galicia conserva una larga tradición de figuras veneradas como santas.

José María Díaz Sanjurjo. https://www.diocesisdelugo.org

San Froilán, patrón de Lugo y León, nació probablemente en tierras lucenses en el siglo IX. Su culto fue reconocido por Roma, pero su canonización pertenece al periodo anterior al proceso formal moderno.

San Rosendo de Celanova, obispo y fundador monástico, es también venerado como santo, aunque nunca fue canonizado mediante bula papal. Otros gallegos, como el beato Sebastián de Aparicio, misionero en México, o los mártires Francisco Blanco y María de los Ángeles González, fueron beatificados, pero no canonizados.

Cuerpo incorrupto de Sebastián de Aparicio en el Templo de San Francisco en Puebla, México. https://es.wikipedia.org

Por eso, en sentido estricto, solo José María Díaz Sanjurjo, canonizado por Juan Pablo II en 1988, figura en el catálogo oficial de los santos universales. El resto pertenecen a esa otra santidad más antigua y cercana: la del pueblo y la memoria.

En una de las cartas de José María, recogida por sus hermanos dominicos, escribió: “Moriré lejos, pero con el corazón en Galicia.” No era una frase poética, era la certeza de que su identidad no dependía del lugar, sino del origen.

Canonización de los mártires de Vietnam. https://parroquiaeiris.com

Iván Fernández Amil escribe cada semana Historias de la Historia en Quincemil. Consigue sus libros en https://www.ivanfernandezamil.com/libros

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Referencias:

es.wikipedia.org

elespanol.com/quincemil

vatican.va

catholic.org

elidealgallego.com

elpaís.com

lavozdegalicia.es

catholic-hierarchy.org

dominicanajournal.org

infobae.com

farodevigo.es

infovaticana.com

elprogreso.es

diocesisdelugo.org

parroquiaeiris.com