Una torre es un elemento que singulariza el lugar, porque lo señala. Su verticalidad, así como su geometría sobresaliente de la norma crean una excepción. Casi como un faro, algo que rompe la linealidad urbana define una percepción diferente. Hay algo de eremita en la idea de la torre, también de esteta curioso o de satisfacción por haber alcanzado un logro. Hay una tradición clásica que aún se mantiene hoy en día en el mundo de la construcción, y es que cuando se culmina la altura máxima de una estructura se sube un ramo grande de laurel o, en algunos lugares un árbol. Una pequeña celebración de la capacidad del ser humano por haber sido capaz de llegar tan alto con su tecnología e ingenio. Por ello quizás, a veces se significa la altura desde el proyecto prolongando esta idea de éxito colectivo.
“Y bien, te confiaré, antes de dejarte, / que quisiera ser compositor de música, / vivir con instrumentos / en la torre de Viterbo que no logro comprar, / en el más bello paisaje del mundo, donde Ariosto / estaría loco de alegría al sentirse recreado / con toda la inocencia de las encinas, montes, aguas y hondonadas / y allí componer música, / la única acción expresiva / acaso, alta, e indefinible / como las acciones de la realidad.” - Pier Paolo Pasolini
En la arquitectura de la ciudad, la torre es aún más singular. La topografía de un entorno natural permite que una construcción pueda constituirse en hito o elemento sobresaliente del paisaje, pero la homogeneidad del trazado urbano hace que la torre se confunda en la diversidad volumétrica. Con la modernidad, la verticalidad urbana, comenzó a ser una constante, pero antes de ello, había construcciones que intentaban buscar cierta singularidad en altura. En el eclecticismo o en el modernismo, el centro de gravedad de la composición arquitectónica recae en la envolvente, definiendo una estética basada en el lenguaje ornamental y la asimilación con la naturaleza o la nostalgia clásica. Pero algunos edificios comienzan a intentar singularizarse a través de la verticalidad o de la generación de hitos. Aparecen las pequeñas torres y las cúpulas, situadas en los vértices de los volúmenes buscando crear la ilusión de altura. La ornamentación que acompaña a estos elementos busca reforzar esta condición vertical, proporcionándoles una sutil monumentalidad de carácter ligero en lugar de pesado. Estas torres se culminan con una cubierta puntiaguda o con una cúpula que singularizaba aún más el conjunto.
Foto: Nuria Prieto
En esta etapa tan singular, en A Coruña, el arquitecto Eduardo Rodríguez-Losada Rebellón (1886-1973), estaba desarrollando numerosos proyectos con un lenguaje fundamentalmente ecléctico. Su obra se caracterizaba por el trabajo volumétrico combinado con la ornamentación ecléctica a través de la composición. El estudio volumétrico se asocia estrictamente a la organización tipológica de las viviendas. La obra de Rodríguez-Losada es amplia por lo que en ella se puede leer su particular investigación lingüística en torno a la arquitectura de viviendas, especialmente.
Foto: Nuria Prieto
Foto: Nuria Prieto
Edificio de viviendas en la calle Rosalía de Castro
En 1927 Rodríguez-Losada recibe el encargo para un edificio de viviendas en la calle Rosalía de Castro 1-3 en su encuentro con la icónica calle Ferrol. El edificio resuelve la esquina de la manzana mediante una envolvente continua que se curva en la arista. Este gesto resultaba muy común en las parcelas del ensanche, de hecho, la propuesta morfológica para este incorpora una curva que suaviza las esquinas de las manzanas. El proyecto de la calle Rosalía de Castro desarrolla más este gesto y profundiza en la investigación personal de autor en torno a los edificios de vivienda colectiva. La parcela objeto de la propuesta presenta una proporción rectangular, pero con un fondo muy escaso. Rodríguez-Losada aplica su experiencia en proyectos previos a esta obra, lo que le sirve para organizar de manera correcta la distribución interior de las viviendas y las comunicaciones verticales. La planta se desarrolla de una forma muy ordenada reduciendo al máximo el impacto de los elementos comunes, así incluye dos patios y un hueco de escalera vinculado al segundo patio que atraviesan al edificio en toda su altura. Para que la distribución de la vivienda sea más equilibrada, el núcleo de comunicaciones se sitúa en el centro de la parcela. El edificio cuenta con dos viviendas por planta, distribuidas originalmente en cuatro alturas, aunque el edificio actual cuenta con una más, que se añadió posteriormente.
Foto: Nuria Prieto
El proyecto de Rodríguez-Losada traslada la organización interior a la fachada mediante, la disposición del núcleo de comunicaciones central, que resulta en un exterior de aspecto simétrico. Incorpora además una premisa presente en la tipología prevista para en ensanche, y que puede verse en la calle Picabia, la galería como elemento vernáculo esencial. Frente a la saturada, en términos ornamentales, Casa Cortés, del mismo autor, aquí opta por un lenguaje más sobrio, en el que la verticalidad, las galerías y el color sirven como argumento narrativo de la estética ecléctica. El esquema de las viviendas, similar al de la Casa Cortés, es aquí más generoso y sensato, puesto que permite distribuir viviendas dignas e higiénicas sin desarrollar grandes pasillos como en la primera. Esta obra, se puede emparentar con el desaparecido edificio de la calle Real 100, construido apenas dos años antes en 1927. Ambos edificios presentan una morfología y estética similares, por lo que puede leerse el edificio de Rosalía de Castro como una profundización en torno a la vivienda colectiva desde su particular perspectiva. En el edificio de la calle Real consigue desarrollar un elemento que también incluye en este proyecto, un elemento de remate que refuerza la idea de torre. La torre del edificio, formada por un mirador en la cubierta del edificio, fue rechazado por la propiedad, Agustín Bendamio, resultando más tarde en una planta más. La estructura del edificio está ejecutada con hormigón armado, así como sus fachadas, incorporando carpintería de madera. El uso del hormigón armado resultaba muy novedoso en la década de los años veinte. Apenas un puñado de edificios de la ciudad apostaron por este material como estructura, incluso fue objeto de polémica tras el incidente de la Casa Barrié, en la que uno de sus forjados colapsó. El hormigón representaba una forma moderna, rápida y confiable de construir. Dentro del particular lenguaje ecléctico de Rodríguez-Losada, esta obra resulta particularmente sobria y elegante.
Via Archivo del Reino de Galicia y edificio en la calle Real por Foto Blanco
Via Archivo del Reino de Galicia y edificio en la calle Real por Foto Blanco
La casa
La arquitectura de la ciudad genera, en ocasiones, un soplo de nostalgia. Parece que las obras que pertenecen a otro tiempo remiten a un lugar mejor, pero también sirven como recuerdo de conceptos fundamentales en la composición urbana que a veces se consideran superfluos frente al funcionalismo, como la elegancia, la belleza o la armonía. Pero en una vivienda se suma un pensamiento más que Gaston Bachelard describía en su texto ‘La casa. Del sótano a la guardilla’.
Foto: Nuria Prieto
“Sin duda, las casas sucesivas donde hemos habitado más tarde han trivializado nuestros gestos. Pero nos sorprende mucho, si entramos en la antigua casa, tras décadas de odisea, el ver que los gestos más finos, los gestos primeros, son súbitamente vivos, siempre perfectos. En suma, la casa natal ha inscrito en nosotros la jerarquía de las diversas funciones del habitar. Somos el diagrama de las funciones de habitar esa casa y todas las demás casas no son más que variaciones de un tema fundamental. La palabra hábito es una palabra demasiado gastada para expresar ese enlace apasionado de nuestro cuerpo que no olvida la casa inolvidable” - Gaston Bachelard, La casa. Del sótano a la guardilla.
La casa, o el edificio de viviendas, describe una estructura mental en quienes la habitan. Establece una forma de habitar. Y ser humano se comporta tal y como los espacios que ha vivido han dado forma a su forma de pensar. La ciudad, como hábitat ampliado de la vida es, en sí, una atmósfera capaz de generar un criterio o una jerarquía de pensamiento. La ciudad es una casa y en ella cada individuo decide cómo habitarla.
