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La ciudad es un hogar para quienes la habitan, pero también lo es para la cultura que nace en ese lugar. De forma inmaterial las expresiones de una sociedad configuran una cultura que recoge sus miedos, inquietudes, aspiraciones y deseos. Hay obras que perpetúan en el tiempo porque construyen el escenario en el que trascurre la vida, otras simplemente la acompañan para enriquecer una existencia que de otra forma se parecería a una forma de habitar meramente funcional. La cultura y el arte forman parte de la vida de una forma peculiar, crean una capa que se dispone sobre la ciudad como la nieve, y una vez se derrite penetra en la tierra y en el día a día de quienes la habitan. Crean una ciudad invisible sobre la ciudad visible, la que consta de un soporte físico y tangible, una simbiosis entre dos ciudades.

“La música ha sido creada para la gente sin hogar porque es el arte que menos unido está a un lugar concreto. Es sospechosamente cosmopolita. ¿Por qué las partes de una composición musical llevan nombres italianos? ¿Por qué Beethoven nació en Bonn y murió en Viena? ¿Por qué dedicó tres de sus cuartetos de cuerda a un aristócrata ruso? ¿Por qué los chinos tocan los nocturnos de Chopin? ¿Por qué Haendel viajó a Londres y Rossini a París? […] En cambio, la poesía encaja con los emigrantes, aquellos desdichados que, con un patrimonio ridículo, se balancean al borde del abismo, a caballo entre generaciones, a caballo entre continentes. A veces, mueven los labios. Algunos mascullan los peores reniegos, y otros, estrofas de una poesía.” Adam Zagajweski, Dos ciudades

El ser humano que es capaz de habitar las dos ciudades percibe una realidad compleja y emocional que le permite establecer una conexión con el territorio y su realismo implícito, el que se define a través de una cultura escondida en los poros. Cuando se percibe la complejidad de la ciudad, cualquier acción de aspecto simple se transforma en un hecho cultural porque se descubre su voluntad de hacer, de crear. Incluso una fachada mundana, forma parte de la ciudad y responde a un contexto específico, es decir, hay una búsqueda con cada decisión. Saber ver la complejidad de la ciudad requiere un pensamiento profundo, así como una cierta mirada entre el sueño y la utopía.

Foto: Nuria Prieto

“Todo soñador solitario sabe que oye de otro modo cuando cierra los ojos. Para reflexionar, para escuchar la voz interior, para escribir la frase central, condensada, que dice el "fondo" del pensamiento ¿quién no ha oprimido sus párpados con el pulgar y los dos primeros dedos apretando con fuerza? Entonces el oído sabe que los ojos están cerrados, sabe que la responsabilidad del ser que piensa, que escribe, está en él. El relajamiento vendrá cuando vuelvan a abrirse los párpados.” Gastón Bachelard, La poética del espacio.

Foto: Nuria Prieto

Foto: Nuria Prieto

El arquitecto Eduardo Rodríguez Losada

El arquitecto Eduardo Rodríguez-Losada Rebellón, comenzó a desarrollar su carrera con un estilo beaux arts para poco a poco transitar hacia el eclecticismo. Desde una perspectiva global, su obra se puede entender como una voluntad irredente por crear una imagen específica de la ciudad. La imagen de la ciudad analizada por el urbanista Kevin Lynch establece una estrategia innovadora para leerla más allá de las fachadas. Con un cierto carácter fenomenológico, se establece la idea de nodo, es decir, la capacidad de algunos lugares para atraer de forma magnética, para generar atmósfera. Rodríguez-Losada es capaz de crear fachadas que definen un fondo perspectivo, pero también un espacio que contiene una identidad específica. Autor de obras como la Casa Cortés, la Casa Escudero y algunas obras significativas de Ciudad Jardín, así como su plan director, se trata de un arquitecto de gran trayectoria profesional, comprometido con el arte y la cultura hasta el punto de ser en sí mismo polifacético e interdisciplinar.

El número 158-160 de la calle San Andrés es una obra de Eduardo Rodríguez-Losada. Construido en 1930, el edificio ocupa una de las manzanas de la pescadería próximas a la plaza Pontevedra que entonces se constituía como una plaza blanda frente a las escuelas. La escala de la intersección entre la plaza de Pontevedra y la calle San Andrés era entonces mucho menor, y se articulaba en torno a los mismos usos que en la actualidad, pero con un impacto mucho menor, es decir, el uso comercial no resultaba tan extensivo, el tráfico no era intenso y el uso residencial ocupaba construcciones más modestas. Durante el eclecticismo y el racionalismo se comenzaron a desarrollar obras de altura ligeramente mayor que las construcciones vernáculas transformando la imagen de la ciudad no sólo a través de la estética sino de una nueva morfología. La obra de Rodríguez-Losada, profundamente ecléctica, reviste la morfología de ornamentación dotando de una nueva imagen a la calle.

Foto: Nuria Prieto

Un edificio en la calle San Andrés

El número 158 de la calle San Andrés cuenta con cinco plantas y bajo comercial. Pero la fachada muestra algo más que un conjunto ornamental. La organización de la fachada, es decir, su composición ornamental mediante cornisas y elementos singulares define una transición de escala entre aquellas obras previas a 1930 y la previsión de crecimiento urbano que se aventuraba a principios del siglo XX. El bajo comercial y la primera planta se separan del cuerpo principal del edificio mediante una cornisa, la planta segunda, tercer y cuarta forman un cuerpo compacto que se asocia a las construcciones antiguas colindantes. Sobre este volumen de tres plantas, se coloca la última planta separada de las anteriores mediante otra cornisa. De esta forma el cuerpo central de tres plantas se destaca e independiza del conjunto creando una imagen compacta como la de las arquitecturas tradicionales. Así el cuerpo central parece adelantarse del plano de fachada de tal manera que se percibe aislado.

La planta baja y la primera se tratan como si esta fuese un zócalo único con un rallado de tal manera que simula ser pétreo. El cuerpo superior vuela ligeramente respecto a la planta baja siguiendo la ordenanza municipal que permite tal gesto compositivo. La fachada se compone utilizando la simetría mediante tres cuerpos salientes respecto del plano de planta baja. Cada plano vertical saliente o no, incorpora un hueco centrado. Cada uno de los huecos está recercado mediante un motivo decorativo de carácter orgánico. Los huecos de la fachada se alternan combinando las dimensiones y la presencia de balcones de tal forma que se interrumpe la monotonía compositiva. Tan solo la planta superior inmediata a la cornisa superior mantiene el balcón en todos los huecos. En los antepechos se dispone también una decoración en forma de borlas impostadas que varían en cada planta. Los cuerpos que sobresalen de la fachada se recercan mediante un enmarcado que se remata con un motivo floral en la parte superior.

Foto: Nuria Prieto

Foto: Nuria Prieto

La última planta mantiene el mismo criterio organizativo en los elementos salientes, pero en los planos que se retranquean los huecos ocupan todo el plano separado únicamente por pequeñas columnas corintias intermedias. En los elementos salientes el remate superior se realiza mediante un frontón curvo partido que envuelve una decoración floral. Del centro del frontón emerge una pequeña columna que replica a las dos situadas en los laterales del remate superior pero que, no continúan, sino que se finaliza con una cornisa. Los tres cuerpos que sobresalen conforman una galería hacia el interior ya que también permiten la entrada de luz en los laterales. Los motivos geométricos acompañan cada gesto compositivo del edificio, de tal forma que la jerarquía de cada uno de ellos puede leerse mediante la ornamentación. En el centro de la composición, en el zócalo inferior se sitúa uno de los elementos más destacables, un remate abullonado que se recoge en un pequeño capitel. La planta se organiza con dos portales de acceso uno a cada lado de la fachada. La fachada posterior no se puede percibir al completo, ya que solo una pequeña parte llega verse desde la calle trasera. Esta es mucho más sobria que la frontal.

Foto: Nuria Prieto

Inefable

Crear una nueva imagen para la ciudad no es fácil, porque en realidad es construir un concepto invisible. La ciudad se compone de acciones singulares que terminan tejiendo una imagen unificada, en cierto modo homogénea. Mediante la creación de nuevas morfologías la estética de la nueva ciudad comienza a dotarse de coherencia.

“Hay demasiadas cosas intraducibles, pensadas en sueños, intuidas / a las cuales uno puede encontrarles su verdadero significado solamente con el sonido original…o el color. / Inefable. El idioma de lo inefable / La aventura de lo desconocido / Inventar un paisaje.” Juan Rulfo. Los cuadernos de Juan Rulfo

La ciudad puede ser un lugar de interpretación compleja, en la que algunos elementos nacen sin significado aparente. Pero poco a poco, con el paso del tiempo cobran sentido y se adaptan a la vida de quienes la habitan. La ciudad inefable, es la que habitamos sin saberlo, la que siempre está presente.