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Teorizar es una manía humana. La idea de establecer una conclusión que sea posible extrapolar a otras circunstancias similares es un mecanismo que permite predecir el futuro, reduciendo considerablemente el miedo y la incertidumbre que atenazan al ser humano. A principios del siglo XX, el arquitecto Raymond Hood estableció el inicio del manhattanismo, una teoría urbana que cambiaría la imagen de Nueva York. Su idea era la de una ciudad de torres. En lugar de una extrusión de una planta en un determinado punto de una parcela, Hood planteaba un concepto más ambicioso en el que las torres se agruparían generando espacios comunes. Como contrapartida el espacio público en torno a las torres debería dejarse completamente libre subrayando la singularidad e integridad de la obra arquitectónica. Hood desarrolló esta teoría tras unos inicios muy complejos de su vida profesional. Cuando por fin consiguió un encargo ganando el popular concurso para el Chicago Tribune, su vida profesional cambió, pero también le sirvió como argumento para replantearse la forma de la ciudad y el impacto de su obra sobre esta.

El manhattanismo introduce una forma de pensar de la ciudad, o quizás, elimina los prejuicios y los límites conceptuales del proyecto urbano. El proceso de transformación de Manhattan se convierte en una imagen mundialmente reconocible, el fruto de un experimento que funciona. Pero Hood no se detiene en la teorización urbana sino que profundiza en sus ideas escribiendo el retrato del arquitecto ideal: “El arquitecto que hace edificios estéticamente aceptables debe poseer una mente de tipo analítico y lógico; debe tener conocimiento de todos los elementos de un edificio y de su propósito y de la forma, las proporciones, la adecuación y el color; debe poseer un espíritu de creación, aventura, independencia, determinación y valentía, y también gran cantidad de instintos humanísticos y de simple sentido común” (Raymond Hood). Pero hay algo sobre los retratos que quizás Hood estaba ignorando y que el escritor Alessandro Baricco desarrolla en su novel Mr. Gwyn. El retrato no es, en realidad, una descripción objetiva, sino que es una historia en la que el protagonista se reconoce y el observador desvela. La narración es más evocadora que la descripción. Jasper Jones creaba retratos perfectos que conmovían a quienes los leían. Uno de sus ‘retratados’ afirmaba que, el paisaje que se describía al final del texto era él mismo, como si este le representase. Y es que un retrato de una persona o de una ciudad es un conjunto de emociones que se trasmiten mediante un relato, adopte este la forma que sea.

Foto: Luis Santalla

El retrato de la ciudad

La arquitectura de la ciudad construye los rasgos de un retrato colectivo, el de todos aquellos que la habitan. Por ello la teorización sobre la ciudad es un conjunto de apreciaciones, como trazos de un retrato sin finalizar. Solo el conjunto, y la superposición de diferentes rasgos termina creando una compleja y profunda imagen de la ciudad, su retrato real. En A Coruña, el Plan General de 1967 desarrollado por Corrales, Molezún y Pagoda puede ser interpretado como uno de esos rasgos característicos de la ciudad, como podrían serlo el modernismo, la relación con el mar o las galerías. Solo un rasgo más que transforma la imagen de la ciudad. Este Plan General permitió el crecimiento en altura de la ciudad respondiendo a una latencia que se extendía por todo el país. Las ciudades necesitaban dar respuesta al crecimiento potencial del éxodo rural a la ciudad, y esta modificación se definió como oportunidad para crear una nueva ciudad.

Foto: Luis Santalla

“La ciudad bajo un solo techo (1931), […] se ha basado en el principio de que la concentración en una zona metropolitana […] es una situación deseable. […] La tendencia se orienta hacia unas comunidades relacionadas dentro de la ciudad: comunidades cuyas actividades queden restringidas a determinadas zonas en las que el tráfico no tenga necesidad de desplazarse hasta calles lejanas para recoger suministros y encargos”. Raymond Hood

Esta nueva imagen de la ciudad generó un debate internacional. En todas las ciudades el crecimiento en altura generaba recelo. El miedo a la congestión, a la ausencia de espacio o a la imagen tan alejada del ideal de asentamiento humano más integrado en la naturaleza, crean el miedo a perder un ideal de convivencia tradicional. La ciudad contemporánea es un nuevo paradigma, en el que la construcción en altura representa uno de sus parámetros conceptuales. A Coruña, debido a su morfología territorial, además de sus características topográficas, la construcción en altura es posible y se integra de forma natural.

“Mientras todos los demás fingen de un modo estúpido que nada va mal, nosotros construimos nuestras arcas para que la humanidad pueda sobrevivir al diluvio que viene”. Le Corbusier

Foto: Luis Santalla

Foto: Luis Santalla

Edificio Torres & Sáez

La construcción en altura es, también posible, gracias al desarrollo de la tecnología que permite una construcción en la que dichas dimensiones y esta esbeltez son seguras. En A Coruña, los edificios de gran altura comienzan a construirse a mediados de la década de los sesenta. El desarrollismo junto con un ideal de progreso y una necesidad de crecimiento urbano crean una nueva teorización de A Coruña que, se consolida con la publicación del Plan General de 67. Pero algunos edificios se adelantan ligeramente al plan, como el edificio Torres y Sáez obra de los arquitectos Santiago Rey Pedreira y Juan González Cebrián. Construido en 1966, este edificio cuenta con 25 plantas que alcanzan los 78m de altura. Sin embargo, al igual que en la visión de Raymond Hood, este edificio no es solo una torre, es un conjunto, al modo del manhattanismo. El edificio Torres y Sáez está formado por cuatro cuerpos con uso residencial y una gran torre central que parte de ellos crenado un conjunto conectado en su base. El edificio se encuentra entre las calles Federico Tapia y avenida de Linares Rivas, permitiendo la conexión de ambas calles, así como la conciliación de sus topografías. Así nace un nuevo elemento: un conjunto de galerías que conectan ambas fachadas. Este elemento se convierte en un equipamiento comercial que crea una torre híbrida de usos.

Foto: Luis Santalla

Foto: Luis Santalla

Los cuatro bloques que componen el conjunto presentan 9 plantas frente a las 25 de la torre. Estos bloques, se han diseñado en su fachada principal de tal manera que permiten captar luz a todo el cuerpo de la torre. Para ello los arquitectos desarrollan un conjunto de plegaduras en la fachada, de tal manera que construyen casi una excavación, como si se tratase de una cueva para permitir la entrada de luz exterior sin generar un patio interior. Este recurso compositivo dota de dinamismo a la fachada, un rasgo enfatizado a través del giro de los balcones en primer plano. Estos bloques de vivienda están formados por planos ciegos sobre los que se recortan los huecos, mientras que la torre incorpora galerías, las cuales también se quiebran para generar movimiento y permitir mejores vistas. El juego de planos de las fachadas introduce dichos giros para mejorar la iluminación y ventilación natural de las viviendas de manera muy ingeniosa. De esta manera se consigue generar el máximo espacio habitable con el mínimo volumen construible posible.

La estructura de la torre se resolvió en hormigón armado. Su fachada, creaba una envolvente continua, aunque en la actualidad se ha visto transformada diferenciando la torre respecto de los cuatro volúmenes. Uno de los elementos más destacables del conjunto es el pequeño puente de hormigón situado en la planta baja enfatizando la conexión entre los cuerpos extremos. Esta pieza revela la separación con la torre. El edificio cuenta con una planta de sótano.

Foto: Luis Santalla

Teorización y retratos

La creación del hábitat parte de una interpretación científica, pero también emocional del mismo. En cierto modo, existe una idea romántica de integración tradicional mediante mecanismos vernáculos, pero la sociedad se desarrolla de formas imprevisibles. En la Alemania de principios de siglo se enunciaba una idea de hábitat que buscaba la sobriedad tradicional que, sin embargo, se reinterpretaría una y otra vez a lo largo del siglo XX:

“Da la sensación de que surge de la tierra como uno más de sus productos naturales, como un árbol que hunde profundamente sus raíces en el interior del terreno y forma una unión con él. Esto es lo que aporta a nuestra manera de entender el hogar [Heimat], un vínculo con la sangre y la tierra [Erde]; para una clase de hombres esta es la razón de su vida y el significado de su existencia.” Schultze-Naumburg en Gesicht des deustchen hauses

En la teorización del manhattanismo, los edificios emergen de la tierra. Crecen como extrusiones de una parcela y se unen entre sí de tal forma que son capaces de generar nuevos hábitats en los que la vida contemporánea pueda adaptarse. La forma de vida urbana es, en sí una nueva razón de ser. Un retrato de la ciudad que, a medida que pasa el tiempo adquiere nuevas capas de expresión, se vuelve borrosa como en un cuadro de Gerhard Ritcher o se define y complica aún más.