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‘El instante decisivo’ es un término con el que el fotógrafo Henri Cartier-Bresson describía el momento en que es posible “sorprender la vida ¡in fragante delito!”. Este término se ha simplificado con el paso del tiempo, reduciéndolo a la mera percepción del instante que se queda fijado en la imagen; sin embargo, el fotógrafo se refería a una mirada más amplia y a la capacidad narrativa de la fotografía. La fotografía, a diferencia de la instantánea, es capaz de crear una atmósfera narrativa en torno a sí porque en ella se muestran los elementos capaces de organizar una historia. Como explicaba Susan Sontag: “Al observar la realidad de otra gente con curiosidad, distanciamiento, profesionalismo, el ubicuo fotógrafo opera como si esa actividad trascendiera los intereses de clase, como si su perspectiva fuera universal“.

Las fotografías antiguas de la ciudad muestran una forma de habitar el lugar que, en una primera mirada, siempre se reviste de nostalgia. La primera interpretación lleva a la empatía porque el lugar es conocido. Pero tras ella aparece una lectura sobre el pasado que se envuelve de romanticismo. La decantación del tiempo libera todo aquello que causó dolor, dejando únicamente la huella de un pasado positivo y en ocasiones de una ingenuidad alegre.

“La pelota que arrojé cuando jugaba en el parque aún no ha tocado el suelo” - Dylan Thomas

El cuadro La Lechera de Johannes Vermeer (1660) es una obra cuyo centro de gravedad se sitúa en un pequeño hilo de leche que una mujer vierte con una jarra en una tartera de barro. La austeridad de la habitación, la concentración de la protagonista, y la sobriedad con que acontece la acción provoca una atmósfera de silencio en la que casi es posible percibir el sonido del hilo de leche repicando sobre la superficie de barro. El arte clásico, es capaz de captar, en ocasiones, el instante decisivo al que se refería Cartier Bresson. Hay obras que son capaces de construir una atmósfera, un lugar inmaterial que interpela a quien la observa hasta el punto de absorberla e incluirla en el conjunto.

Pero en una segunda observación de estas obras, la narrativa se hace evidente y la nostalgia se disuelve en favor de la curiosidad que busca respuestas e indaga en lo que se muestra: el porqué de cada objeto que la lechera encuentra en su mesa, la vestimenta de un grupo de gente en una foto, los coches aparcados en la calle o algo que ya no existe. Revisar fotografías antiguas desde la actualidad las vuelve, como en la obra de Gerhard Richter, borrosas, porque el recuerdo nunca será lo mismo que la realidad.

En A Coruña, como en muchas otras ciudades, hay edificios y lugares que desaparecieron, pero sus imágenes aún forman parte de un catálogo memorístico. Repasarlas es un ejercicio a veces nostálgico, pero otras, permite comprender la morfología urbana contemporánea como si se tratasen de cicatrices. Las imágenes del pasado de una ciudad hacen “sentir que somos alguien que vive en algún lugar” Peter Smithson.

Hay una fotografía del área del Obelisco realizada a principios del siglo XX que muestra un entorno urbano muy diferente al actual. En ella se ven un conjunto de árboles no demasiado altos que conforman el “parque de Méndez Núñez”, un carro cubierto tirado por un burro y algunas personas en primer y segundo plano. Las tres personas en primer plano, así como el conductor del carro miran a la cámara, también lo hacen otros tres individuos situados unos metros más atrás. Al fondo algunas personas se pierden en el jardín. La estampa parece querer mostrar una imagen comercial, ya que el carro se dirige a un pequeño quiosco situado en la parte derecha de la imagen. En el quiosco se puede leer: “lechería gallega”, en el carro “transporte de leche”. La acción parece clara, pero ninguna de las personas de la imagen, ni el quiosco existen hoy en día, el parque sí, y es este último elemento de la imagen el que crea el contexto de la atmósfera.

La lechera de Vermeer via Google Art Project

Lechería gallega

El quiosco es el elemento más singular de la foto. Aunque situado en un extremo de la imagen, esta pequeña construcción revela un pasado desaparecido. La obra era una construcción humilde que responde al lenguaje modernista emergente en la ciudad a principios del siglo XX. En estos primeros años, los arquitectos de la ciudad comenzaron a introducir el modernismo. Los arquitectos municipales Antonio de Mesa y Pedro Mariño ejercieron durante estos primeros años, e impulsaron este nuevo lenguaje. El quiosco es un pequeño volumen de una sola planta que se cierra con una cubierta abovedada. La sencillez volumétrica contrasta con la ornamentación modernista que hace que la obra se perciba como un elemento ligero.

El quiosco cuenta con huecos en sus fachadas: dos en los frentes largos y uno en una de sus caras pequeñas. Los machones intermedios incorporan una ornamentación que simula ser ventanas. Estos falsos huecos, casi hornacinas, se forman con la disposición de columnas impostadas. La cubierta curva crea frontones laterales en los que se coloca una ornamentación singular. Todo el conjunto se remata con la disposición de delgadas cornisas, además de una marquesina y la señalética.

La marquesina, así como la tipografía de la señalética son los dos elementos más notables del conjunto, aquellos que producen un mayor énfasis en el lenguaje modernista. La marquesina se sostiene mediante tornapuntas muy ligeros formados por circunferencias de tamaño cada vez menor. Los tornapuntas se colocan siguiendo el módulo de la fachada creando una división de cinco planos, de los cuales dos son abiertos y tres cerrados. Las fachadas de los testeros se componen de tres módulos. La marquesina se cierra con un fino plano superior permitiendo que los clientes puedan esperar a cubierto. La señalética se dispone sobre las fachadas largas, y su tipografía de aspecto dinámico simula ser, al igual que en la marquesina, un elemento de inspiración vegetal.

El quiosco se construyó en madera, lo que permitió el uso de este lenguaje tan ornamentado y de aspecto ligero, pero el uso previsto como quiosco de venta de leche fresca, necesitaba de cierta movilidad. La sede central de la Lechería Gallega se encontraba en la Fuente de San Andrés, 26, pero se publicitaba la existencia de un “Kiosko en el Obelisco” como lugar más popular. La ubicación en el obelisco se mantuvo varios años en este mismo lugar en torno a 1900 y los años posteriores. Pero su estructura de madera sugería su condición efímera. Esta obra es un pequeño detalle memorístico en torno a la ciudad. Uno de esos instantes decisivos en los que, con el debido silencio, es posible escuchar la fotografía.

Foto Martí, via Archivo del Reino de Galicia. Circa 1907

Foto Martí, via Archivo del Reino de Galicia. Circa 1907

El peso del arte

El arte siempre ha sido el testigo de la humanidad. Aquellas expresiones valiosas de la cultura humana que, a veces por unanimidad o por preservación de la identidad, se han conservado en museos y lugares seguros. Estos espacios son un conjunto de recuerdos profundos en los que comprender la propia vida. Un catálogo de pequeños detalles decisivos que interpelan e introducen dentro de sí a quien los observa.

“Nos hace falta un arte, si es un “arte” del espesor, de la pesantez. Nos hacen falta figuras que pesen sobre el fondo en vez de destacarse de él. Que lo desfonden y que lo expongan. Nos hace falta un pensamiento como una masa en voladizo, la caída y la creación de un mundo” Jean Luc Nancy, filósofo

El peso del arte, es el del pasado de quienes construyeron la cultura y la historia. En la ciudad, las imágenes de su pasado muestran la forma del presente permitiendo entender que lo que habitamos es un “instante decisivo”.