Aunque a veces cuesta admitirlo, pero la percepción de la ciudad parte de una perspectiva conservadora. El cambio del lugar habitado, del que se considera hogar del ser humano, influye sobre aquellos que lo experimentan, aunque sea solo por un corto periodo del tiempo. La mirada se sorprende incluso con los pequeños cambios, y la actitud crítica aparece de manera natural. La opinión brota del cuerpo como una necesidad, y esas palabras pasan a formar parte de la historia de la ciudad. Poco a poco, el conjunto de opiniones coagula en forma de ideas y, con el tiempo estas construyen la ciudad. Pero hay algo en ese pensamiento de base conservadora que emerge de forma natural, y es que, en él, a veces aparece el deseo de cambio, de juego o de liberación.
“Todos nosotros somos jugadores, es decir, esperamos ardientemente que de cuando en cuando se desvanezcan por un momento las cadenas racionales que lentamente van ganando terreno y que, siquiera por breve tiempo, el orden transcurra de modo totalmente distinto, que se produzca una maravillosa precipitación de los acontecimientos” - Jean Baudrillard
La construcción de la ciudad parece en ocasiones una acción improvisada o de avance errático, pero la decantación de sus transformaciones es larga en el tiempo. El planeamiento urbanístico es la herramienta contemporánea para la transformación urbana. Las acciones anteriores a la aparición de esta herramienta se basaban en el cambio directo, con motivaciones, habitualmente, grandilocuentes o monumentales. Pero el crecimiento urbano no sólo responde a una cuestión funcional o morfológica, sino que la estética resultante del pensamiento y la cultura del momento articulan el proyecto de la ciudad, ya sea a través de la acción directa o del planeamiento urbanístico.
“Nuestro papel no es retroceder a las catacumbas, sino hacernos más humanos en los rascacielos” - Asociación del plan regional de Nueva York, The building of the city.
El crecimiento en altura de la ciudad parecía inminente cuando Nueva York comenzó a desarrollar su imagen de metrópolis moderna. El arquitecto Hugh Ferris decía “Queríamos irnos a la metrópolis. En Nueva York […] se estaba gestando una arquitectura norteamericana autóctona, en la que los ingenieros y los artistas trabajaban juntos con entusiasmo; y tal vez incluso el pueblo apreciaba y aplaudía calurosamente su alianza”. Pero esta idea no era solo norteamericana, y no solo se encontraba impulsada por la estética. El desarrollo de la tecnología, especialmente de materiales como el acero y el hormigón, crearon a principios de 1920 una nueva imaginería urbana. Y esto derivó en una atmósfera estética que impulsó más la idea de progreso en altura. El cine, la pintura o la literatura comenzaban a nutrirse de esta nueva estética impulsando una cultura popular de la ciudad moderna. En obras como Metrópolis (Fritz Lang, 1927), Manhattan Transfer (John Dos Passos, 1925), Nosotros (Yevgueni Zamiatin, 1920) o Ciudad de noche eterna (Milos Hastings, 1919), se dibuja la ciudad del futuro en la que el acero y el vidrio emergen como imagen, la velocidad imparable y nerviosa como dinámica y la nueva sociedad como objeto de análisis.
Fotografía: Nuria Prieto
Construir cada vez más alto
El Plan General de 1967, obra de los arquitectos Corrales, Molezún y Pagola, fue aprobado en enero de ese año y trasforma de manera definitiva la imagen de A Coruña. Tal y como recoge Francisco Dinis Díaz Gallego en su texto A Coruña 1967-1974: la construcción vertical de la ciudad, en enero de 1955 se había generado un debate abierto sobre ‘el rascacielos’ en España. La Revista Nacional de Arquitectura titulaba uno de sus números “El Rascacielos en España” y en él, arquitectos como Javier Carvajal o Miguel Fisac reflejaban por escrito su opinión al respecto. Carvajal indicaba que “el rascacielos implica problemas de orden económico, de densidad de población, de aparcamientos, de circulaciones externas, de soleamiento, de puntos de vista y de composición de volúmenes”, Fernando Chueca Goitia los calificaba de “droga a tomar con precaución” mientras que Fisac veía el rascacielos como un símbolo que definía una sociedad destinada a la desaparición. Si bien en estas opiniones se refleja oposición, parten de una base de pensamiento conservadora y cierta desconfianza a las nuevas tipologías urbanas derivadas de los cambios socioculturales. Pero la posibilidad de hacer crecer a la ciudad en altura se convirtió, en manos de buenos arquitectos, en una oportunidad única para crear obras innovadoras. En A Coruña, una ciudad con poco espacio de crecimiento, el incremento de la densidad a través de la construcción de edificios en altura motivó la creación de una nueva imagen urbana.
Fotografía: Nuria Prieto
Las torres (tipología a la que se dedicó la semana de la arquitectura de 2024), comienzan a aparecer en la ciudad, basándose en el Plan General de 1967. Aunque esta tipología aparece en muchas áreas de la ciudad, especialmente en aquellas de nueva planta, donde más se percibe es en el borde del mar donde la transformación del pasado industrial hacia el futuro residencial propicia la construcción de obra nueva. Una de las torres del paseo marítimo (previa a la aprobación del plan) es la Torre Siso.
Fotografía: Nuria Prieto
La Torre Siso
La torre Siso es una obra del arquitecto Jacobo Rodríguez-Losada Trulock. Construida en 1963, se encuentra en el frente del paseo marítimo, en el de la calle Rubine y la avenida de Buenos Aires, y anticipa las regulaciones que posteriormente se desarrollarían en el plan de 1967. La torre está compuesta por dos volúmenes que se unen en planta baja siguiendo la continuidad generada en la manzana. La planta de la parcela tiene forma trapezoidal y el edificio se adapta a esta circunstancia componiéndose mediante dos volúmenes que se encuentran en la esquina. Cada uno de los bloques es paralelo a cada una de las calles, con un tercer volumen que los une, da hacia la glorieta y cierra el conjunto creando un patio interior. El volumen en esquina presenta 18 plantas, mientras que los dos bloques laterales cuentan con 15. Los volúmenes laterales se dividen a su vez en tres, cada uno de ellos en términos distributivos. El conjunto cuenta con tres núcleos de comunicaciones, dos hacia la calle Rubine y uno hacia el frente.
El volumen en esquina resuelve esta condición mediante una ingeniosa composición de la fachada en la que las aristas, lejos de ser elementos salientes, se retranquean para dotar de movimiento y esbeltez al remate. En la actualidad, el volumen en torre y los dos laterales parecen diferentes, ya que los segundos incorporan una retícula de color con líneas azules enmarcando los huecos, mientras que la torre en esquina los ha perdido. La composición reticular de la fachada no solo es un recurso estético, sino que sigue el sistema estructural de hormigón armado del edificio. A través de la observación de la retícula se puede comprender la forma en la que está diseñada la estructura del edificio, un rasgo singular y pertinente, ya que la nueva tipología necesita de una nueva propuesta estructural. Mostrar cómo es esta estructura, permite al edificio explicarse por sí mismo, y hacer comprender su nueva morfología. La planta superior no se resuelve como era habitual en las arquitecturas anteriores a 1960, con una cornisa marcada o apenas simulada, sino que en ella se produce un retranqueo para incluir más viviendas. Este aspecto ha sido transformado notablemente.
Fotografía: Nuria Prieto
Fotografía: Nuria Prieto
Esta es una de las primeras torres de la ciudad, contemporánea de la Torre Esmeralda (Tenreiro Brochón, 1963) o Torre Benita (Andrés Fernández-Albalat, 1963) y diez años anterior a las icónicas Torre Hercón (José Antonio Franco Taboada, 1973) o el Edificio Trébol (Carlos Meijide, 1973). La torre Siso se construye tres años antes que la Torre que cierra el conjunto del Hotel Riazor, por lo que, su construcción resultó muy impactante sobre el frente marítimo. La escala del paseo había sido hasta entonces la del ensanche o de algunos de los edificios industriales, mucho más pequeña en altura y dimensiones que la propuesta por estas nuevas construcciones. La torre Siso fue, en este sentido, pionera de la imagen contemporánea de la bahía coruñesa.
Más lejos
En uno de sus textos, la escritora Nelly Leyshon escribía “más lejos, más lejos, y desaparecemos”. A veces, la dinámica bañada de ansiedad de la vida cotidiana olvida el lugar que habita el ser humano. La mirada sobre la ciudad se convierte en algo lejano, o cada vez más lejano y desapegado. Volver la mirada sobre sus calles y comprenderla como un organismo de grandes dimensiones, obliga a una perspectiva global. Desde ese punto de vista, esta comienza a percibirse como algo más cercano y mucho más complejo.
Fotografía: Nuria Prieto
El Angelus, de Francois Millet es, en apariencia una escena sencilla y un cuadro costumbrista. La insistencia del pintor Salvador Dalí y su obsesión con esta obra: “despertaba en mí una vaga ansiedad […] tan intensa que el recuerdo de estas dos siluetas inmóviles nunca me ha abandonado”, terminó por involucrar al Museo del Louvre (donde entonces se exhibía la obra) y convirtió a esta obra en algo realmente más complejo…no sólo eran dos campesinos rezando un Angelus, era algo más. La ciudad siempre es algo más y, sin llegar a la obsesión, tan solo siguiendo las pistas y observando con cuidado esta comienza a narrar su propia historia.
