Los amnistiados del procès regresan a España pero no como soñaron: su llegada no ha sido ni triunfal, ni por la puerta grande ni con el arrope de multitudes enfervorecidas. Son conscientes de que su épica ya ha pasado y ese puede ser el mayor de sus infortunios.

Vuelven con una campaña electoral que tiene que medir cuánto queda de aquel impulso: al desgaste judicial se suma el agotamiento de ese relato victimista que intentaron inocular al mundo con su huida y que acabó desmontándose desde dentro, cuando la fugada Clara Ponsatí admitió que habían estado jugando al póquer con el Estado y que en realidad iban “de farol”.

Una confesión que fue especialmente convulsiva para los miles de catalanes que se echaron a las calles creyendo que la independencia estaba al alcance de su mano y que tuvieron que asumir las consecuencias políticas, familiares y sociales de este espejismo.

Puigdemont tuvo una segunda oportunidad cuando sus siete diputados se volvieron imprescindibles para la investidura de Pedro Sánchez: el expresidente catalán exprimió su posición para conseguir la amnistía e intentar colar otros tantos goles, como el de la financiación singular, las competencias en migración o la oficialidad del catalán en la Unión Europea y en las Cortes.

Pero mientras jugaban esta partida desde Waterloo, Cataluña cambiaba de ánimo. El separatismo hoy ha perdido la mayoría absoluta y Junts ha cedido terreno ante Aliança Catalana, que ya ha avisado: ellos no van de farol.

El propio Puigdemont lo reconocía en un reportaje emitido en RTVE tras conocerse la decisión del Constitucional que allana su regreso: "La Cataluña de la que marché ya no existe. Hay un filtro de la distancia".

Además, si Sánchez no consigue repetir en el Gobierno como apuntan las encuestas, también desaparecería buena parte de la capacidad de Puigdemont y de los suyos para chantajear al resto de españoles.

Y si Cataluña ha cambiado, Europa lo ha hecho más, porque ese relato de la persecución política terminó chocando con la realidad de las normas. Como resumió en una crudísima editorial el diario Le Monde: “Los independentistas viven en una burbuja e ilusión”.

La amnistía de Sánchez ha borrado los delitos y ha abierto la puerta para que los promotores del referéndum regresen a España, pero lo que no puede lograr es que el tiempo rebobine a su favor.