Hay un fenómeno que cualquier observador honesto de la política española puede verificar sin demasiado esfuerzo. Cuando estalla un escándalo de corrupción que afecta a un determinado partido, las calles se llenan.
Las manifestaciones se convocan en horas. Los medios afines amplifican la indignación y la presión se vuelve insoportable.
No ocurre lo mismo cuando el escándalo afecta a otro u otros partidos. En estos casos se genera cierta tensión parlamentaria y mucho ruido mediático, pero las calles permanecen esencialmente vacías.
Sin ir más lejos, los ERE de Andalucía, el mayor escándalo de corrupción autonómica de la democracia española con casi 700 millones de euros malversados, no provocaron en su momento ninguna marea ciudadana. El silencio en las calles fue ensordecedor.
Este año estamos viviendo algo parecido nuevamente.
¿Por qué esta asimetría? ¿Qué explicación racional podemos darle?
Así se ha vivido la séptima noche de protestas frente a la sede del PSOE en Ferraz
En mayo de 2018, cuando se conoció la sentencia del caso Gürtel, la reacción y la presión social se desencadenó. Y como resultado se produjo directamente un cambio de Gobierno.
En sólo un par de días se presentó una moción de censura y el Gobierno fue desalojado de Moncloa. La presión fue tan intensa, tan inmediata, tan continua, que no dejó margen de maniobra.
Más recientemente, en otoño de 2023, la calle Ferraz fue sitiada durante un tiempo por manifestantes (no demasiados) que llegaron a enfrentarse con la policía.
La convocatoria era técnicamente contra la ley de amnistía, que no deja de ser la mayor corrupción de todas por mucho que la coalición instalada en el actual Tribunal Constitucional, convertido en poder constituyente, diga otra cosa. El combustible emocional era claramente otro.
Aquello se diluyó rápidamente y no tuvo consecuencias. Ya nadie se acuerda siquiera del asunto, aunque sigan las pesquisas judiciales para ver si se puede o no sentar en el banquillo al prófugo o se le da carpetazo a todo, y listo.
Decenas de miles de personas se manifestaron también en la Plaza de España en junio de 2025 y de nuevo en noviembre en el Templo de Debod. El resultado fue visualmente notable pero políticamente estéril.
Nadie ha dimitido, nada ha cambiado, y todo siguió como si nada.
La explicación habitual es la hipocresía: los de izquierdas sólo protestan cuando les conviene.
"Lo que hace tan eficaz la movilización de izquierdas es que no requiere un agravio específico ni reciente. El agravio es estructural, permanente, una especie de movilización constante"
Pero esta lectura, aunque tiene algo de verdad empírica, no es suficiente. No explica el mecanismo. No responde al por qué psicológico y político de esa diferencia de temperatura emocional que consigue, o no, resultados.
La hipótesis, consecuentemente, es más específica y, creo, más precisa: la diferencia no está en la cantidad de indignación, sino en su naturaleza y en la organización.
Cuando la izquierda moviliza, lo que vemos en las calles no es sólo rechazo a una política o a una corrupción concreta. Es, además, odio.
Odio en el sentido técnico y no peyorativo del término: una emoción que no necesita objeto preciso, que se alimenta a sí misma, que es identitaria antes que racional. Se odia al fascismo, al franquismo, al capital, a lo español o a la derecha como categoría moral.
El enemigo no es este político por este acto, sino ese tipo de gente por ser lo que es. Lo hemos visto en no pocos sitios y no pocas veces.
Eso es exactamente lo que hace tan eficaz la movilización de izquierdas, claramente mayoritaria entre el periodismo y toda la arquitectura social y educativa del país.
Por eso no se requiere un agravio específico ni reciente. El agravio es estructural, permanente, una especie de movilización constante que está incorporada a la cosmovisión nacional.
Basta encender la mecha con una consigna, y lo mismo sirve un alcalde de una ciudad destacable o una presidenta de una Comunidad que detestan con especial ahínco. También un conflicto en Oriente Medio o unos altercados en Estados Unidos.
La derecha y sus votantes, la gente conservadora con carácter general, en cambio, cuando salen a la calle, lo hacen desde una queja, un hartazgo o un rechazo a algo concreto.
Por esto es una emoción distinta: más fría, más dependiente del hecho que la provoca. Se rechaza esta ley, este caso de corrupción, este acuerdo parlamentario o esta medida concreta.
Pero el rechazo necesita combustible continuo, pues de lo contrario se agota.
Esta forma de protestar o rechazar no tiene la energía del odio porque no está conectado a una identidad o unos intereses colectivos que se consideran amenazados de forma permanente.
Y aquí reside la clave de la asimetría: cuando la izquierda sale a protestar contra la derecha, no lo hace por ese escándalo. Lo hace con ocasión de ese escándalo, como le escuché a alguien en alguna ocasión.
El motivo real es el odio previo, la negación de la razón de existir del otro, y el escándalo es simplemente la coartada socialmente aceptable para expresarlo.
"Cuando la izquierda sale a protestar contra la derecha, no lo hace por ese escándalo, sino con ocasión de ese escándalo"
Por eso en muchas ocasiones la protesta es desproporcionada respecto al hecho que la desencadena. Y por eso no se agota, porque su combustible no es el hecho, sino la emoción de fondo.
Esto sirve igual para España, Italia, Gran Bretaña o Estados Unidos.
Así las cosas, como estamos viendo, cuando es la corrupción de la izquierda la que está sobre la mesa, ese motor no arranca. El movimiento socialista, además, no siente gran vergüenza, rabia dirigida a quienes, según ellos, instrumentalizan el caso.
Sin odio, la movilización masiva y sostenida es casi imposible.
Esto no es, conviene subrayarlo, una acusación moral. El odio político, en su forma colectiva, puede ser rencor, respuesta emocional que puede ser incluso comprensible en caso de décadas de injusticias, desencuentros o motivaciones racionales o irracionales.
Lo que sí es, en cambio, es un desequilibrio estructural en la democracia española que hay que apuntar.
Consecuentemente, una democracia en la que los escándalos de unos generan presión insoportable y los de otros pasan casi sin consecuencias en la calle, es una democracia disfuncional, no está funcionando del mismo modo para todos sus ciudadanos y afecta directamente a la opinión pública.
Y una parte de esa diferencia no se explica por los medios de comunicación, ni por el dinero, ni por las conspiraciones. Se explica por la emoción que mueve a cada bando cuando decide, o no decide, salir a protestar.
El odio mueve más que el simple rechazo. Eso es todo. Y esa sencilla verdad tiene consecuencias políticas enormes.
*** Juan J. Gutiérrez Alonso es profesor de Derecho administrativo.
