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LA TRIBUNA

¿Hablamos? Mil oportunidades por minuto de contagiarnos

El autor explica la necesidad de usar mascarillas ajustadas mientras no haya vacuna o tratamiento contra la Covid-19: una persona con carga viral promedio genera más de mil aerosoles que contienen al virus.

30 mayo, 2020 02:57

Me lanzo una vez más a la guillotina afilada de la opinión pública para divulgar recomendaciones, desde la ciencia y alejadas de cualquier tipo de oportunidad política.

Desde hace mucho, sabíamos que las infecciones respiratorias se transmiten por gotitas y aerosoles que contienen al virus. Ambas se exhalan por parte de las personas infectadas cuando respiran, tosen, hablan y estornudan. Por ello, el sentido común nos dice que para controlar la transmisión debemos reducir el contacto con estas gotitas y aerosoles.

Según los datos que se van recopilando, una gran proporción de la transmisión de la Covid-19 está ocurriendo a través de aerosoles, generados por individuos asintomáticos mientras respiran y hablan. Además, debemos tener en cuenta que los aerosoles, con capacidad de infectar, se acumulan en sitios cerrados durante horas y las personas pueden inhalarlos y contagiarse.

Por ello, para reanudar la actividad social se deberían implementar medidas que reduzcan esta situación. En palabras sencillas: usar mascarilla debería ser universal. Otra medida que tendría gran repercusión sería la realización de pruebas frecuentes para identificar y aislar a las personas asintomáticas pero positivas.

Una pregunta debe de estar flotando en las mentes de quienes me leen: ¿cuál es el alcance de las gotitas y los aerosoles? Aquí entra en juego la Física. Debemos tener en cuenta la inercia, la evaporación y la gravedad.

En el caso de las gotitas, ellas caerán a consecuencia de la gravedad antes de evaporarse provocando la contaminación de las superficies y, consecuentemente, el contagio por contacto. En cambio, los aerosoles, al ser más pequeños, se evaporan antes de caer, pero pueden ser transportados a distancias largas por las corrientes de aire. La conclusión que se desprende de esta explicación es que nos podemos contagiar por inhalación del aire o por contacto directo con personas infectadas y superficies contaminadas.

Debido a que los síntomas en muchos pacientes tardan en aparecer y en otros, simplemente, nunca tienen lugar, identificar a las personas infectadas se hace complicado. Mientras tanto, se convierten en vectores transmisores de la enfermedad.

Todo parece indicar que los asintomáticos han sido los puntos calientes para la propagación de la Covid-19. Una vez más, muchos pensamos que las pruebas regulares y el aislamiento de las personas infectadas es crucial. Creo que lo he escrito dos veces y seguro lo repetiré, saltándome todas las recomendaciones que dicta el buen estilo.

Las pruebas regulares y el aislamiento de los infectados es crucial, creo que lo he escrito dos veces y seguro lo repetiré, saltándome todas las recomendaciones que dicta el buen estilo

De cualquier manera, no es algo nuevo. En la anterior experiencia mundial con un coronavirus se estableció que la transmisión aérea fue determinante. Es cuestión de no perder la memoria de lo ocurrido en 2003. Por ello me quedo perplejo ante el no reconocimiento de este hecho por parte de algunos gobiernos y personas influyentes.

De nada parece servir los estudios donde se demuestra que los aerosoles pueden viajar hasta dos metros y que esto se multiplica si estamos en lugares concurridos. Doy un dato: una persona con carga viral promedio, al hablar durante un minuto, genera más de mil aerosoles que contienen al virus. Y vamos a más, si la persona en cuestión tiene una carga viral cien veces mayor que la promedio producirá cien mil aerosoles con el virus por minuto de discurso.

Con esto en la mente, y un par de asociaciones, podemos llegar a suponer que las personas que hablan mientras hacen ejercicios al aire libre, de estar infectadas, liberan aerosoles y gotitas que el aire esparce a distancias considerables.

No obstante, también hay que tener en cuenta que el propio aire puede diluir las concentraciones de los aerosoles, los rayos ultravioletas presentes en la luz solar desactivan al virus y factores como la temperatura y la humedad pueden disminuir su poder infectivo.

Ya sé que acabo de modular el mensaje: desafortunadamente en la ciencia hay pocos blancos y negros, la mayoría son tonos grises que debemos interpretar con ojo crítico. Entonces, ante la duda es mejor poner una barrera física a los aerosoles y las gotitas. Aún nos queda mucho por aprender en este contexto, mientras tanto les dejo un chivato de cuánto se propagan los aerosoles: la distancia a la que se huele el humo de un cigarrillo indica el espacio potencialmente recorrido por los aerosoles infecciosos.

Les dejo un chivato: la distancia a la que se huele el humo de un cigarrillo indica el espacio potencialmente recorrido por los aerosoles infecciosos

En el caso de los espacios interiores hay que tener en cuenta otras cuestiones. En una habitación cerrada, con individuos asintomáticos dentro, la concentración de aerosoles infecciosos aumenta con el tiempo. Está claro que la probabilidad de infectarse en interiores dependerá de la cantidad total de virus inhalado, por lo que la
ventilación, el número de personas, el tiempo de visita y las actividades que afectan el flujo de aire son factores a tener en cuenta. Ésta es quizá la explicación que podemos dar a las altas tasas de transmisión en el personal sanitario y los importantes brotes en las instalaciones de enfermería.

Una vez más, y ya van tres, es importante usar mascarillas ajustadas, incluso cuando estemos separados por dos metros de distancia. Esto junto a una adecuada identificación y aislamiento de las personas contagiadas será esencial para frenar la propagación de la Covid-19 mientras los científicos, en el silencio de un laboratorio en penumbras, logran generar una vacuna y un tratamiento eficiente que nos haga pasar esta página triste de la historia. ¿Quedó claro lo de la mascarilla?

Con estas líneas vengo a confirmar lo que dije en este mismo medio no hace mucho: que no me callaría más. Un número importante de colegas prefiere callar para no ser diana de la ferocidad tuitera y lo entiendo. Me podré equivocar, pero, ¿quién no? Por estos días los habitantes del planeta estamos asistiendo a un espectáculo grotesco.

La gran mayoría de las personas escogidas para dirigir nuestro futuro están enzarzadas en discusiones estériles. Las voces con sentido común se diluyen en un océano de aguas turbias que, al remar cada una con independencia de la otra, no muestran una corriente a seguir. En esta marabunta histérica, muchos científicos nos hemos paralizado. Se nos exige mensajes sólidos, resultados palmarios y recomendaciones certeras en el medio de una pandemia que a duras penas empezamos a conocer.

*** Eduardo López-Collazo es director científico del Instituto de Investigación Sanitaria del Hospital Universitario La Paz (IdiPAZ), de Madrid.

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