Hay una generación a la que le han explicado que no tendrá casa, ni estabilidad, ni pensión, ni futuro.
Y luego nos extrañamos de que algunos hayan decidido que, si no hay futuro, al menos haya fuego.
Francia lleva tiempo convertida en un laboratorio de esta pedagogía de la desesperanza. Se les dice a los jóvenes que el sistema está contra ellos, que todo está podrido, que las instituciones no les representan y que el mundo que han heredado es una estafa.
Después, cuando algunos salen a la calle a demostrarlo a pedradas, aparecen los analistas a explicarnos que la violencia es un grito de auxilio. Como si el Ayuntamiento de Limoges fuese una metáfora de la salud mental colectiva.
El problema de las metáforas es que no suelen necesitar un seguro contra incendios.
Hay edificios que tienen muy mala suerte: aguantan el siglo XX para acabar descubriendo que el siglo XXI ha venido a ajustar cuentas con ellos.
Que si la desigualdad, que si el abandono, que si la frustración, que si la falta de oportunidades. Todo muy importante. Todo muy digno de estudio.
Pero, ¿en qué momento hemos decidido que el malestar concede derecho de demolición? Y eso sin meternos en quién hay realmente detrás de estas protestas.
Manifestantes en las protestas francesas se protegen de los antidisturbios.
Una cosa es estar enfadado con el mundo y otra, bastante distinta, es prenderle fuego a todo aquello que no pertenece al Gobierno, ni a una élite abstracta, ni a ese señor imaginario llamado sistema al que podemos culpar de todos nuestros males. Pertenece, en último término, a los ciudadanos.
También a los que no han quemado nada.
También a los que tendrán que pagar la reconstrucción.
También a los que no pueden permitirse convertir sus frustraciones en una performance urbana.
Pero hay una curiosa indulgencia contemporánea con la destrucción cuando viene envuelta en el vocabulario adecuado.
Si alguien rompe una papelera por diversión, es un vándalo. Si rompe una ciudad por frustración, quizá haya que escucharle.
Y si alguien se atreve a recordar que prender fuego a un edificio público está mal, corre el riesgo de parecer más preocupado por las piedras que por las personas.
Como si las personas no vivieran precisamente entre esas piedras.
He escuchado hablar del aire acondicionado, de la salud mental, de los horarios, de las goteras en las aulas, de las clases con 35 alumnos. Problemas reales, algunos vergonzosos, que un país desarrollado debería resolver sin necesidad de que nadie tenga que recordárselo a pedradas.
Pero resulta que entre una gotera y un cóctel molotov hay una diferencia. No sólo de intensidad, sino de civilización.
Y, sin embargo, hemos ido construyendo una cultura política en la que la destrucción tiene algo de prestigio moral.
El que conserva parece conformista. El que reforma, tibio. El que destruye, valiente.
Hay que reconocer que es una jerarquía bastante cómoda para quien no piensa hacerse cargo de los escombros.
🔥🏛️ Desolación en Limoges tras el incendio de su Ayuntamiento Los vecinos de esta ciudad del centro de Francia contemplan con tristeza los daños causados por el fuego que arrasó el edificio durante la noche del sábado https://t.co/qJmxvFQz4z
— EL ESPAÑOL (@elespanolcom) October 19, 2026
Roger Scruton escribió en Cómo ser conservador que las cosas buenas son fáciles de destruir y difíciles de crear:
"La paz, la libertad, la ley, la convivencia, la seguridad y la vida familiar dependen de una cooperación que nadie puede garantizar por sí solo. Destruir es rápido, sencillo y hasta estimulante. Crear exige un trabajo lento, laborioso y, en ocasiones, bastante aburrido".
Scruton tenía razón en algo que hoy suena casi reaccionario: no todo lo que hemos heredado es una condena. Algunas cosas son conquistas. La convivencia, por ejemplo.
La posibilidad de subir la persiana sin temer que alguien decida que tu escaparate representa el enemigo.
La existencia de instituciones que sobreviven a quienes las ocupan.
La idea, bastante revolucionaria, de que no hace falta empezar de cero cada mañana.
Y no querer ver todo arder no implica defender las goteras, las aulas masificadas ni los gobiernos incompetentes.
No hace falta ser conservador para querer que funcionen los servicios públicos. Pero sí hace falta cierta conciencia conservadora para entender que una sociedad no se construye desde el desprecio sistemático a todo lo que la precede. Y que el futuro no aparece por generación espontánea después de quemar el pasado.
Quizá el gran fracaso de nuestra época consista en haber convencido a tantos jóvenes de que no tienen nada que perder. Porque quien cree que no tiene nada que perder puede acabar encontrando una forma de satisfacción en perderlo todo.
Si la casa es imposible, la familia una carga, el trabajo una explotación, el Estado un enemigo y la historia una sucesión de injusticias, ¿qué queda?
¿Qué merece la pena cuidar?
¿Qué obligación tengo con quienes vendrán después de mí?
No es extraño que, en ese paisaje, la destrucción pueda presentarse como una forma de emancipación. Si nada merece ser preservado, cualquier cosa puede arder.
Hay, además, una trampa en la retórica del resentimiento. Se promete a los jóvenes que podrán liberarse de todo aquello que les limita, pero no se les explica qué ocupará el lugar de lo destruido.
Se les ofrece un enemigo, no un proyecto. Una identidad basada en el rechazo, no una idea de futuro.
Quizá Francia no necesite que sus jóvenes aprendan a resignarse, pero sí debe dejar de venderles la desesperanza como si fuera lucidez.
No porque los edificios sean sagrados ni porque el pasado tenga siempre razón, sino porque una sociedad que pierde la capacidad de distinguir entre lo que debe cambiar y lo que merece conservar corre el riesgo de quedarse sin ambas cosas.
