Yo no tengo nada en contra de los pijos ni en contra de dios, al revés, creo que nos resultamos exóticos y nos hacemos gracia en el mejor de los sentidos posibles, es decir: ninguno de nosotros se toma al otro demasiado en serio.
Nuestros caminos siempre se cruzan en algún punto, religiosamente. Por ejemplo en Olid, tomando un vermú en el Ostras Pedrín en la mañana del domingo, después de las misas.
Nos miramos a la cara de un lado a otro de la barra y yo muevo la melena como si fuera una bata de cola. Los pijos piensan durante dos segundos en echarse una novia problemática. Yo pienso un segundo en cómo me sentarían las perlas. Dios se lleva las manos a la cabeza pero no dice nada.
Admiro la ligereza de los pijos y el silencio de dios. Nunca nadie está más sexy que cuando parece que nada le importa.
Cuento esto porque la primera vez que me brotó en Twitter la canción de ‘Dama y vagabundo’, versionada por los hermanos Caño (unos cayetanitos mágicos que me caen mejor que mis amigos: son tiernos y educados y humildes, tienen sentido del humor y suelo moral, les confiaría mi bolso sin dudarlo), pensé que puedes sacar a una chica de Maristas, pero no puedes sacar a Maristas de ella. Maristas Málaga es mi Bronx. Vamos: que me sentí como en casa.
Estaban actuando mis prejuicios (o el viejo soniquete de la coplilla católica que quiere transgredir y expectorar, entiéndeme, tocar nube), porque ésta no es una canción religiosa, o no exactamente. Es una canción de amor, y, como decía Borges, “el amor es una religión cuyo dios es falible”. Luego comentó Savater que la putada es que éste es un dios mortal, que un día sin más puede imponernos su ausencia del mismo modo radical con que antes nos doblegó con su presencia, pero esto lo dijo antes de echarse otra novia.
La canción, en todo caso, la distribuye el diablo (yo siempre he dicho que dios tiene muy buenos contactos), porque se te cuela por rendijas del cuerpo que no sabías que tenías y un día te posee. Está por todas partes. Ya ha infestado a todos mis conocidos. Hablamos de ella en las cenas. La gente la tararea en la parada del bus y en la carnicería. Vive en nuestros subtextos. Decimos otra cosa y fingimos normalidad, pero pensamos en ella. Siempre pensamos en ella, un rato a cada hora. Nos machaca.
A mí se me ha hecho grande dentro. No voy a ser cínica. No quiero ironizar con esto, igual que no quiero ironizar con Camela, porque la ironía es el refugio de los turbios y yo soy una limpia de corazón. Me gusta. Y me gusta muy en serio.
Me he visto a mí misma fregando la terraza de mi casa con lejía mientras resbala la tarde y cantando inesperadamente, a todo coño, “y a veces se me olvida que no estás a mi alcance”.
Me he visto caminando por Cardenal Cisneros escuchándola con los cascos y teniendo que sentarme en un banco a la sombra para poder procesarla bien, para poder dejarme pisar por ella. La he puesto de nuevo, he mirado alrededor y he esperado que pasara algo, no sé el qué. Supongo que esta canción tiene mucho que ver con la esperanza.
Esta canción maneja una tragedia, porque con esta canción te enamoras de alguien que todavía no conoces o te das cuenta de que ya estás enamorado de alguien que conoces bien pero en quien habías intentado no pensar de esa forma, lo cual es mucho peor.
