Me había prometido no volver a escribir sobre las joyas de Zapatero, pero es superior a mis fuerzas. Me la dejan botando, me las ponen como a Fernando VII, me enseñan el capote y yo embisto.
Lo de las joyas es un regalo para los columnistas, una golosina, un don de los dioses, un diamante en bruto que cualquiera con un mínimo de oficio puede convertir en una de las piezas que guardaba Zapatero en la oscuridad de su caja fuerte.
Y eso que supongo que de todos los mangazos que apuntan a ZP, lo de los collares y los pendientes va a ser lo de menos: el chocolate del loro.
Lo malo para el expresidente y sus secuaces es que, como lo de las putas de Ábalos, lo de los pedruscos se entiende muy bien.
Me explico. Muchos ciudadanos se pierden cuando escuchan hablar de paraísos fiscales, de sociedades pantalla, de comisiones cobradas a través de una cuenta en las islas vírgenes, de intermediación en negocios a gran escala.
Pero lo de las joyas lo comprende cualquiera, porque todo el mundo sabe que no es normal tener zafiros y esmeraldas por valor de más de un millón de euros, igual que saben que no se puede andar de putas con dinero público. Por eso lo de las joyas es mucho más peliagudo que lo de la intervención en Plus Ultra.
El portavoz de Zapatero, Luis Arroyo, durante un acto en el Ateneo de Madrid.
Lo de las joyas tiene un sainete. Empezaron siendo la herencia de una abuela rumbosa, luego fueron birrias de disfraz carnavalero, ahora son obsequios de un rey fallecido, que ya se sabe que cuando las cosas se complican es buena idea echarle la culpa a algún muerto.
El jueves veía en la tele un vídeo antiguo del pobre Luis Arroyo asegurando que el presidente le había desmentido que las alhajas fuesen el regalo de un país árabe, pero recordemos que Arroyo es el mismo señor que salió diciendo que las joyas valían 30.000 €.
La astracanada podría dar más de sí, porque unas piezas de semejante fuste suelen ser trazables. Normalmente, las grandes casas de joyas (y no hay tantas en el mundo) registran sus trabajos de manera escrupulosa. Si el generoso donante hubiese entregado a Zapatero un cubo de rubíes o una bolsa de diamantes, ahora mismo sería difícil saber de dónde salen.
Pero aquí hay piezas de excelente factura que tienen detrás la mano de un orfebre. No descarten, pues, que lleguemos a conocer dónde se compraron, y cuándo y quién pagó por ellas.
Nos queda mucho por saber y muchas incógnitas que despejar. Quizá mañana ZP envíe a su portavoz a contarnos a todos que las joyas eran de Gertrudis y se las estaba guardando, que es lo que decían los chavales de antes cuando la madre les encontraba las revistas guarras debajo de la cama.
