Paco Marín, director de la imprenta municipal, dibujó a mano alzada el monograma del Vaticano para rematar el regalo que el Ayuntamiento iba a entregar al Papa León XIV. Podría haber utilizado un molde. Podría haber echado mano de una plantilla. Pero dijo que quería que quedara perfecto, así que lo hizo él, con la misma técnica de hace quinientos años.

La actitud de Paco resume la de cada uno de los empleados municipales durante la visita del Pontífice. Nunca he visto tal grado de implicación colectiva, como si todos tuviésemos la sensación de que el éxito de la visita papal descansaba sobre nuestras espaldas.

Recuerdo al concejal de Centro, Carlos Segura, repartiendo personalmente, caja al hombro, las fundas de balcón con los colores vaticanos que había hecho confeccionar Almudena Maillo.

A los jardineros municipales plantando flores amarillas "para el Papa".

Al director del museo de san Isidro al pie del cañón, a la una de la madrugada del sábado, para recibir a los visitantes durante la noche de la vigilia.

Ese espíritu, creo, se contagió a la ciudad y a sus visitantes, que llenaron Madrid de una suerte de alegría común. No es posible que todas las personas que me encontré por la calle fuesen profundos creyentes, pero en todas latía la sensación de estar viviendo un momento único, en el que podíamos construir juntos una atmósfera de espiritualidad para recibir al huésped ilustre, al heredero de Pedro, a Robert Prevost.

El Papa a su llegada a la misa de Cibeles. REUTERS

Cientos de miles de personas tomaron las calles y las plazas sin un solo incidente. Ni una papelera rota, ni un contenedor volcado, ni una pelea. Más de medio millón de fieles guardaron silencio durante la vigilia. Un millón doscientos mil asistieron a una inédita eucaristía en Cibeles.

Cuando un grupo de peregrinos se quedó sin poder acceder a la zona de la misa, la policía municipal conectó la radio del coche, y todos oyeron juntos las palabras de León XIV.

No sé si aquellos agentes tenían fe o no. Quizá ni siquiera les interesaba la misa ni escuchar al Papa. Pero había alrededor un puñado de hombres y mujeres a los que podían ayudar. En ese preciso momento, no hubo en el mundo mejores enviados de Dios.

Y ese fue el espíritu que presidió la Villa y Corte del 6 al 9 de mayo. El Papa estaba en Madrid, y Madrid estaría a la altura, no ya de Él, sino de cada uno de aquellos que se lanzaron a la calle para recibirlo.

Es la hospitalidad madrileña, el sentido del deber, el orgullo común que percibió el mismísimo León XIV.

En estos días vi conmoverse a muchas personas que no creen. A ateos declarados reconociendo una suerte de emoción. A agnósticos confesando que la presencia del Papa había despertado algo en ellos, aunque no sabían muy bien qué.

No intentemos explicarlo, porque no hace falta.

Tampoco es preciso entenderlo: quizá basta con experimentarlo y compartirlo, y sembrar en el interior otra especie de las que pueblan el vasto jardín de nuestras dudas.