Que la Calle Velázquez es una de las más caras de España no lo marcan ya sólo los millones de euros que vale un piso por ahí. Pisos de esos en los que se puede construir una vida o una ficción que se parezca mucho a la vida.

La Calle Velázquez de día es un reguero de abogados, consultores que remontan la acera con prisa y amas de casa que caminan con calma, mientras en Serrano los turistas van despacio, porque la ausencia de prisa es el único lujo que me interesa ya.

De día España es cosmopolita. Madrid, nueva Babilonia, donde hasta los americanos del norte y del sur con millones quieren tener una casa porque ha cogido la misma fama que Nueva York en los años veinte y nadie quiere perdérselo.

En Madrid hay gastronomía, hay cultura y una juerga que los lunes acaba en el Toni2 y los martes se arrastra a la oficina o al IE y así durante toda la semana.

Madrid no duerme nunca. Madrid ha pasado de ser la capital de España a ser la capital de Europa, porque Bruselas es un trámite burocrático de donde huyen hasta los eurodiputados belgas para venir a Madrid.

De día te encuentras a un americano que tiene la oficina en Londres, pero que se ha mudado con su mujer y su hijo "porque donde se vive bien es aquí". Y de noche a unos croatas que están buscando "a flamenco tablao and Lola Flores" y te meten en el aprieto de tener que explicarles tú que Lola Flores está muerta… pero aún así no se la pierdan.

Lola Flores y su hijo Antonio.

Madrid imbatible, incluso ahora que lo típico en España es llevarse de souvenir una puñalada. Los camareros en las terrazas no dan abasto y hay ríos de gente remontando la Gran Vía.

San Isidro sólo hay uno, pero Madrides hay muchos y cada vez más. Y entre todos a mí el que me inquieta no es el Madrid de los machetes, que en el fondo es Barcelona, Londres, París, Europa… Preámbulo de esta telenovela que es declarar "secreto" todo lo relacionado con la regularización de medio millón de ilegales sin comprobar antecedentes, sin otro criterio que el electoral.



El Madrid que me preocupa es otro, el que llevo cartografiando desde el verano pasado a esta parte. El lunes a las once y media de la noche, paseando del Wellington hacia arriba, conté diecisiete indigentes durmiendo en el umbral de las farmacias, los bancos, las sastrerías y las tiendas de muebles más pitiminí de por aquí.

Estaba, cada uno a lo suyo, durmiendo en lo que habían encontrado en su particular Idealista de cartón y miseria.



Desde que cerró Barajas como albergue para la gente sin techo, cada vez he ido contabilizando con un pudor absurdo que me hace mirar de reojo (incluso mientras duermen porque con la miseria uno no sabe bien ni qué hacer, ni qué escribir) cómo lo que empezó siendo un único mendigo puntual en la esquina de la Calle Villanueva, ahora se extiende hasta casi la veintena sólo en el tramo que va de ahí a Goya.



Se ha puesto todo tan imposible, mientras la economía va como un cohete, que lo único asequible ya es Velázquez, en la calle.