Hoy, Día del Trabajador, no tenemos nada que celebrar.

Una nueva forma de pobreza se ha instalado en sociedades desarrolladas como la española. La pobreza de los hombres y mujeres que, aun trabajando, no llegan a fin de mes, la pobreza de los trabajadores a los que un gasto imprevisto aboca a una situación desesperada.

Somos, como dice el autor Fusaro, precariado. Trabajadores que, aunque cueste decirlo en alto, estamos más cerca de la indigencia que de vivir tranquilos con la justa certidumbre de pan y techo garantizados.

No es una narrativa, son datos.

1. Los hogares con todos sus miembros en paro suben un 10% hasta marzo, su mayor alza en catorce años.

2. El paro en España es del 10,8%; el pasado trimestre deja el peor dato desde 2013.

La ministra de Trabajo, Yolanda Díaz.

3. 2,7 millones de menores viven en España en riesgo de pobreza o exclusión social.

4. Trabajadores jóvenes que dedican gran parte de sus sueldos a pagar una habitación en un piso donde vive con desconocidos y autónomos esquilmados a los que no se nos perdona una cuota, aunque no tengamos ingresos.

Y con estos mimbres, "hemos ganado", se atrevía a decir hace unos días la ministra de Vivienda, Isabel Rodríguez.

Ha ganado ella, claro, multipropietaria de vida arreglada.

Tenemos un Gobierno que celebra la concesión de rentas mínimas en lugar de abochornarse por la existencia de familias pobres que las necesitan; unos sindicatos vendidos; y una oposición al Gobierno que se opone hasta a los paupérrimos parches gubernamentales.

Deberíamos estar en la calle exigiendo dimisiones y medidas útiles a una clase política absolutamente desconectada de la realidad, que nos sermonea con relatos falsarios y nos hace luz de gas con narrativas triunfalistas que sólo consiguen radicalizarnos.

Deberíamos estar en la calle construyendo y dignificando al movimiento obrero. Porque no estamos de celebración este 1 de Mayo.