Cuando Xi Jinping le dice a Pedro Sánchez que ambos están "en el lado correcto de la Historia" no está halagando a un interlocutor, sino que está clasificando a un aliado.
Un régimen comunista de partido único en permanente conflicto con los derechos humanos está decidiendo, en voz alta, dónde sitúa a un país democrático como España en el mapa moral de su propio relato.
Aunque lo verdaderamente inquietante no es que lo haga. Es que nadie, al otro lado, parezca dispuesto a discutirlo.
Porque esta no es una frase improvisada, ni una ocurrencia diplomática. Es una saeta típicamente china.
Pedro Sánchez lleva años construyendo ese marco, el de una España situada (según su propio relato) en "el lado correcto de la Historia".
Así lo expresó literalmente respecto a la invasión de Ucrania por parte de Rusia para trazar una línea moral entre democracia y agresión.
Lo ha repetido después en distintos conflictos y posicionamientos internacionales, especialmente en lo referido a Gaza, como fórmula de legitimación política.
No es una expresión aislada, sino un eje que Pedro Sánchez había convertido en enseña, mantra e identidad.
Pedro Sánchez y Xi Jinping, este martes en Pekín.
Y ahora llega Xi y, en un abrir y cerrar de ojos, no solo se lo apropia, sino que pone a nuestro presidente a orbitar sin remedio.
La escenificación a la que hemos asistido en el Gran Palacio del Pueblo de Pekín puede considerarse la cristalización de un proceso que viene de lejos y que este viaje termina de hacer visible: la progresiva incorporación de España a un marco que empieza a habitar no por imposición, sino por asimilación.
Estamos ante un viaje oficial anunciado con sorprendente premura, en el momento exacto en que el foco doméstico se torna terriblemente incómodo.
Es, también, la culminación de una secuencia de gestos que han sido leídos, celebrados y ahora formalizados por Pekín.
Pedro Sánchez ha viajado por cuarta vez a China en tres años en una encrucijada de debilidades y urgencias, con una política exterior tensionada y con un contexto interno irrespirable.
En plena ebullición del caso Koldo, con el juicio de las mascarillas ocupando titulares y erosionando la credibilidad del entorno gubernamental; con las relaciones con Estados Unidos erosionadas, a las puertas de una visita clave de Donald Trump a Pekín en mayo; con los puentes dinamitados con Israel; y con varios socios europeos observando con creciente recelo sus posiciones en defensa, inmigración y Oriente Medio.
Y con el auto de imputación de Begoña Gómez, su esposa, por cuatro delitos, cuatro, que ha conocido como sonriente consorte acompañante en viaje oficial a más de 9.000 kilómetros de Madrid.
Desde la sabiduría de todo un profesor honorario de la Academia de Ciencias Chinas, nuestro presidente lo ha resumido de forma admirable: "El tiempo pondrá todo y a todos en su sitio".
De momento, el sitio en el que ha puesto a España es el que dibuja Xi Jinping, que no ha hablado solo de Historia, sino de principios compartidos, de defensa del derecho internacional, de rechazo a la "ley de la selva".
Nos ha situado en su mismo plano, coincidente en conflictos como el de Irán, desde una narrativa donde ambos países aparecen como alineados frente a un mundo desordenado.
Derecho internacional, sí, hasta la saciedad. Total, para lo que sirve con el Consejo de Seguridad como garante…
Pero ni una sola mención a los derechos humanos.
Ni un recordatorio, como pidió Amnistía Internacional a Pedro Sánchez, sobre el infame historial del régimen chino a este respecto, campeón en la aplicación de la pena de muerte, la persecución de cualquier libertad pública o el hostigamiento y asfixia de las minorías.
¿Cómo iba un socio orbital o satélite reciente a denunciar al Sol alrededor del cual ha decidido girar?
Sánchez no sólo no ha corregido a Xi, sino que lo ha amplificado, vibrante, reivindicando un "orden multipolar más estable", "construir un nuevo orden global" y estrechar lazos con China como una vía natural hacia la prosperidad compartida.
Pero el viaje no termina en Pekín. A su regreso, Sánchez no hará escala en la autocrítica, sino en Barcelona.
Allí le espera este fin de semana la llamada Global Progressive Mobilisation, evento promovido por la Internacional Socialista, con Lula, Petro y Sheinbaum, entre otros.
Es decir, la Cumbre de Puebla 2.0, un artefacto político de precisión financiado por China que actúa como caja de resonancia de determinadas narrativas latinoamericanas y europeas.
Todo ello mientras España y los venezolanos reciben con entusiasmo a María Corina Machado, símbolo de la resistencia democrática frente a regímenes que comparten, con distintos matices, la misma lógica de poder que China ha perfeccionado.
Hay un no sé qué de ternura ante la desatada megalomanía política que Pedro Sánchez ya no puede ni quiere disimular. Esa convicción sobre la relevancia de su papel, esa ilusión de centralidad en un tablero donde las decisiones se toman en otra parte…
Pero la Historia, la de verdad, la escriben los hechos, y este viaje lo es. Con todas sus consecuencias.
