Vaya por delante, y para despejar cualquier duda, que creo que aquellos que cantaron en Cornellà lo de "musulmán el que no bote" deberían ser sancionados y no volver a pisar un estadio de fútbol durante mucho tiempo.
Un encuentro deportivo debería ser cualquier cosa antes que una cita para el odio, la ofensa y la falta de respeto a las creencias ajenas.
Sí, yo también pienso que los autores de los gritos deberían haber sido expulsados de la grada, e incluso que el partido debería haberse suspendido. Ese partido y cualquier otro en el que se dé rienda suelta a la ofensa organizada contra el oponente.
Lo que me sorprende es que piensen lo mismo que yo quienes se toman a chacota las pitadas al himno nacional en la final de la Copa del Rey en presencia del jefe del Estado, o quienes llevan años asistiendo impasibles a los berridos de "español el que no bote" en campos que prefiero no nombrar, por no echar más leña al fuego.
He escuchado alaridos de "puta España" en docenas de transmisiones televisivas, y pancartas insultantes fueron exhibidas sin mayor problema ni controversia posterior.
España se ha convertido en un país en el que ciertas formas de insulto se han normalizado, y en el que algunas modalidades de ofensa se explican desde la libertad de expresión.
Ferrán durante el partido de España contra Egipto.
Y en este contexto, unos cuantos cientos de descerebrados (muchos, muchísimos, demasiados) decidieron hacer mofa a coro de las creencias religiosas del equipo rival y, de paso, de las de miles de personas que estaban viendo el España–Egipto.
El asunto despertó en mí un sentimiento de profunda vergüenza, pero también les digo que no de sorpresa.
He sido testigo de comportamientos similares en la celebración de otros espectáculos futbolísticos (habría que pensar por qué estas cosas no suceden en un partido de baloncesto o en una competición de gimnasia rítmica), sin causar mayor escándalo ni despertar más allá de críticas suaves, que se atenúan siempre con un meneo de cabeza.
Ay, esos chavales revoltosos que silban cuando suena el himno.
Ay, esos jóvenes de sangre caliente que sueltan espumarajos por la boca e insultos desde la garganta cuando las pantallas del estadio enfocan al rey de España.
Pues de esos polvos, estos lodos.
Y me juego cualquier cosa (cualquiera, ¿eh?) a que alguno de los que gritaba el otro día la frase ignominiosa de "musulmán el que no bote" había silbado antes la llegada de la bandera de todos o el himno sin letra que, les guste o no, también les representa.
Ha llegado el momento de tomar cartas en el asunto y enseñar a las aficiones a comportarse en las gradas. En un partido de fútbol, cualquier mofa colectiva a sentimientos ajenos debería conllevar la suspensión del encuentro.
Me da igual que se metan con el himno, con el credo del prójimo o con la enseña nacional.
Dentro de unos días se celebra la final de la Copa del Rey, y será un buen momento para monitorizar el comportamiento de los hinchas.
Podríamos hacer un ensayo general con todo y mostrar al mundo nuestro rechazo a cualquier forma de violencia en los estadios.
