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La ansiedad por la autonomía es uno de los grandes frenos para quienes se plantean comprar un coche eléctrico. Un nuevo estudio de la Universidad Tecnológica de Chalmers, en Suecia, y de la Universidad de Delaware, en Estados Unidos, sugiere que ese miedo tiene menos que ver con la tecnología y más con la cabeza del conductor.

La investigación ha sido liderada por la profesora Frances Sprei junto al investigador Willett Kempton. Su conclusión principal es tan sencilla como incómoda para la industria.

El problema no está en el tamaño de la batería, sino en cómo pensamos la recarga.

Los conductores que se pasan al eléctrico suelen arrastrar la misma mentalidad que tenían con el motor de combustión. Miran el indicador de nivel, esperan a que baje y entonces buscan dónde repostar, exactamente igual que harían con gasolina o diésel.

Ese esquema mental, según los investigadores, es precisamente el que genera más ansiedad. Los conductores más experimentados con vehículos eléctricos funcionan de otra manera completamente distinta.

En lugar de vigilar el porcentaje de batería, asocian la carga a una rutina cotidiana. Enchufan el coche al llegar a casa o al llegar al trabajo, del mismo modo que cualquiera enchufa el móvil por la noche sin pensarlo dos veces.

Frances Sprei explica que ese automatismo convierte la recarga en un gesto sin esfuerzo mental. Según la investigadora, si el coche se carga durante la noche, el tiempo real que exige al conductor es apenas el que se tarda en conectar el cable.

De izquierda a derecha: BYD Tang, BYD Atto 3 y BYD Han. BYD Omicrono

Solo los trayectos largos, de varias horas, requieren entonces algo de planificación adicional. El resto del día a día, sostiene el estudio, no debería suponer ningún cálculo especial para el usuario.

Este cambio de mentalidad, sin embargo, no depende únicamente del conductor. Los autores insisten en que hace falta infraestructura adecuada en los lugares correctos para que ese modelo funcione de verdad.

Los mejores puntos para instalar cargadores no son las calles ni las carreteras, sino los sitios donde la gente ya pasa muchas horas sin moverse. Hogares y centros de trabajo son, según el estudio, las ubicaciones con más sentido para una carga lenta y prolongada.

Muchas ciudades europeas, sin embargo, están apostando por la carga en plena calle. Sprei advierte de que ese modelo puede chocar con las necesidades de peatones y ciclistas, además de no resolver el problema de fondo.

Aquí es donde entra la frase que da título a esta información. La investigadora señala directamente a la obsesión por la autonomía como uno de los grandes errores de la industria y de los propios compradores.

Según explica, existe una tendencia clara a exigir baterías cada vez más grandes, capaces de ofrecer cientos de kilómetros sin parar. Pero otros estudios citados en el trabajo apuntan a que basta con una autonomía algo menor a la de un depósito de gasolina para cubrir la inmensa mayoría de los trayectos habituales.

Solo los viajes de 6 horas o más justificarían realmente una batería de gran capacidad, y en esos casos el conductor puede recargar sobre la marcha. Fuera de esos casos puntuales, perseguir cifras de autonomía cada vez más altas tiene un coste que pocos compradores tienen en cuenta.

Ese coste se traduce en precios de venta más elevados para los vehículos. También implica un mayor consumo de materiales y recursos para fabricar baterías más grandes de lo necesario, algo relevante de cara a los objetivos climáticos europeos y globales.

El estudio distingue 3 formas distintas de relacionarse con la recarga de un coche. La primera es vigilar el indicador y cargar cuando casi se agota, tal y como se hace con la gasolina.

La segunda consiste en planificar de antemano dónde y cuándo parar durante un viaje largo. La tercera, la que recomiendan los investigadores para el uso diario, es la que se activa de forma automática al llegar a un lugar concreto, como casa o el trabajo.

Para los autores, entender esta diferencia podría ser clave para acelerar la adopción del coche eléctrico. Si compradores y administraciones dejan de perseguir baterías enormes y apuestan por cargadores bien ubicados en casas y oficinas, la transición podría resultar más barata y menos estresante para todos.