Las guerras ya no se libran únicamente sobre el terreno. En Ucrania, los satélites comerciales sostienen buena parte de las comunicaciones y la inteligencia militar, al aportar conectividad en el campo de batalla y facilitar la coordinación operativa; en Oriente Próximo, la vigilancia orbital y el guiado de precisión —a través de satélites de observación, navegación y comunicaciones— son ya piezas clave para identificar objetivos, seguir movimientos y ejecutar ataques con mayor precisión.
El espacio ha dejado de ser un mero soporte tecnológico para convertirse en un auténtico “dominio de combate”. Las grandes potencias lo integran ya como un escenario operativo clave. “Las batallas se están librando principalmente en el ciberespacio y en el espacio”.
La frase no pertenece a un informe militar estadounidense ni a una doctrina de la OTAN. La pronunció esta misma semana el director de Seguridad y Planificación de la Agencia Espacial Española (AEE), Juan Carlos Sánchez, durante la II Jornada de Seguridad y Defensa Global organizada por Europa Press. “El futuro ya está aquí”, aseguró.
La afirmación resume el profundo cambio estratégico que ya manejan las grandes potencias. Estados Unidos, China y Rusia han trasladado parte de su rivalidad a la órbita terrestre, donde satélites, sensores, redes de comunicaciones y capacidades antisatélite empiezan a definir un nuevo equilibrio militar global.
Sánchez también aseguró que se trata de un sector en auge. Y recordó que "La economía espacial superó los 613.000 millones de dólares en 2024 y podría alcanzar los 1,8 billones en la próxima década. Para ponerlo en contexto, la industria musical global ronda los 28.000 millones anuales: el espacio multiplica por veinte esa cifra y su impacto es transversal", aseguró.
Asimismo, subrayó que "Hoy resulta imposible concebir la vida cotidiana sin sus aplicaciones: navegación por satélite (GNSS, Galileo, GPS), previsión meteorológica, conectividad de banda ancha, transacciones financieras o agricultura de precisión dependen directamente de las infraestructuras espaciales".
“Los conflictos bélicos más recientes (...) han puesto de manifiesto que ya no es posible conducir la guerra sin el uso del espacio”, sostiene José María Cifuentes Rivera, destinado en la División de Desarrollo de Conceptos y Experimentación del Centro de Excelencia de la OTAN para el Espacio, en el último Cuaderno de Estrategia del CESEDEN dedicado a la geopolítica espacial.
En Washington, el giro doctrinal ya es evidente. Estados Unidos acelera la militarización del espacio y lo redefine como un auténtico “dominio de combate, no un conjunto de actividades de apoyo”. La nueva doctrina de la Fuerza Espacial lo establece sin ambages: el espacio es, plenamente, un escenario bélico, recuerda Cifuentes.
La diferencia conceptual también es relevante. Mientras la OTAN continúa utilizando el concepto operational domain, Washington habla directamente de warfighting domain: un entorno donde pueden desarrollarse operaciones ofensivas y defensivas de combate.
El objetivo estadounidense es, para este experto, alcanzar la denominada “superioridad espacial”, definida como la capacidad de operar “sin interferencias provenientes de amenazas espaciales”, mientras se niega “esa misma capacidad al adversario”.
Para ello, la doctrina norteamericana contempla operaciones destinadas a “negar, degradar o destruir las capacidades espaciales enemigas”, e incluso la posibilidad de “neutralizar las capacidades en el espacio del adversario antes de que puedan emplearse contra las propias fuerzas amigas”, subraya Cifuentes.
La OTAN mira ya a la órbita
La Alianza Atlántica asumió formalmente ese cambio de paradigma en 2019, cuando declaró el espacio como “quinto dominio operacional”, al mismo nivel que tierra, mar, aire y ciberespacio.
Desde entonces, la OTAN ha reforzado progresivamente sus estructuras espaciales. Entre las iniciativas más relevantes figuran el Centro de Operaciones del Espacio en Ramstein, el Centro de Operaciones Aéreas Combinadas de Torrejón o CAOC-TJ (Combined Air Operations Centre Torrejón), el sistema APSS de vigilancia persistente desde órbita o la plataforma AXE, concebida para centralizar información estratégica relacionada con el dominio espacial.
Según el experto de la División de Desarrollo de Conceptos y Experimentación del Centro de Excelencia de la OTAN para el Espacio, el verdadero salto político llegó en la cumbre de Bruselas de 2021.
Allí, la Alianza asumió oficialmente que los ataques “hacia, desde o dentro del espacio ultraterrestre podrían dar lugar a la invocación del artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte”.
Traducido al lenguaje estratégico: un ataque contra un satélite aliado podría activar la cláusula de defensa colectiva.
La preocupación occidental responde a una realidad evidente. “Las sociedades avanzadas dependen cada vez más de los servicios proporcionados por sensores y satélites que orbitan alrededor de la Tierra”, recuerda Cifuentes.
Y esa dependencia convierte automáticamente al espacio en una vulnerabilidad estratégica.
La cuestión abre, sin embargo, enormes desafíos políticos y operativos. ¿Cómo atribuir un sabotaje orbital? ¿Cómo responder a interferencias electrónicas, ciberataques o acciones híbridas difíciles de rastrear? La propia OTAN admite esa complejidad.
Según el análisis de Cifuentes, la activación del artículo 5 “no se podría llevar a cabo de una manera inmediata”, sino tras “una evaluación específica de las circunstancias por parte del Consejo del Atlántico Norte”.
China, Rusia y la carrera orbital
Detrás de esta aceleración doctrinal aparece un temor evidente: perder la hegemonía tecnológica frente a China y Rusia.
Pekín y Moscú han desarrollado durante los últimos años capacidades antisatélite, sistemas de guerra electrónica y tecnologías capaces de interferir infraestructuras orbitales occidentales. El resultado es un entorno que la propia OTAN define como “competitivo, congestionado y disputado”.
En ese contexto, proyectos como Golden Dome for America, impulsado por Donald Trump, reflejan hasta qué punto la militarización del espacio se ha convertido ya en una prioridad estratégica para Washington.
Inspirado en la “Cúpula de Hierro” israelí, el sistema pretende desplegar sensores orbitales e interceptores espaciales capaces de destruir amenazas balísticas antes de que alcancen territorio estadounidense. Pero el proyecto preocupa cada vez más entre los analistas occidentales.
Cifuentes advierte de que iniciativas como Golden Dome “parecen abocar a una posible escalada militar en este nuevo dominio operacional”.
Porque el espacio ya no es únicamente un entorno científico o tecnológico. Se ha convertido en el nuevo frente estratégico de la competencia entre potencias.
Y la próxima gran carrera armamentística ya se está preparando, silenciosamente, sobre nuestras cabezas.
