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Las claves

Cuando la guerra en Irán cumple un mes desde el comienzo de los ataques de EEUU e Israel, el conflicto afronta ahora un punto de inflexión con dos escenarios posibles: la llegada a algún tipo de acuerdo o el recrudecimiento de las operaciones militares.

Dentro de esta última posibilidad, y tal como viene ocurriendo durante estas cuatro semanas, el armamento de uno y otro bando se ha mostrado como un factor fundamental y determinante para los objetivos de cada país.

Irán lleva más de una década con un programa armamentístico muy denso, con especial enfoque en misiles balísticos y los drones kamikaze.

Ambos formatos han sido ampliamente empleados desde el comienzo de las hostilidades y los analistas cuentan por miles las unidades arrojadas contra el rival, vaciando unos arsenales muy complicados de reponer teniendo en cuenta que EEUU e Israel han bombardeado los complejos industriales.

En cuanto a la parte estadounidense, las fuerzas comandadas desde el Pentágono han desplegado a la zona toda su capacidad logística. Los más numerosos han sido las baterías antiaéreas y los misiles interceptores que se emplean para neutralizar las amenazas.

Algunas tecnologías novedosas han encontrado en esta guerra su primer uso dentro de un escenario operativo real, especialmente las de carácter ofensivo como los drones LUCAS.

Sin embargo, para las operaciones más complejas y de precisión, Estados Unidos ha seguido recurriendo a su armamento tradicional y probado, relegando las novedades a una segunda fila.

EEUU: Interceptores y LUCAS

El dominio del espacio aéreo de Estados Unidos ha sido absoluto. Desde el Pentágono llevaban semanas movilizando portaviones para satisfacer las necesidades de aeronaves y, además, han empleado las bases militares de los países aliados.

En este sentido, los cazas estadounidenses consiguieron penetrar desde el primer momento las escasas defensas antiaéreas que Irán había desplegado, dejando fuera de juego sus radares y baterías con cazas especializados en guerra electrónica como el F-18 Growler.

La faceta aérea también ha estado protagonizada por cazas especializados en ataque a superficie como los F-15 y en bombarderos puros como los B-2 Spirit, B-1A Lancer y B-52H Stratofortress.

Una situación similar se ha registrado en el escenario naval. La US Navy ha hecho gala de sus capacidades de proyección de fuerza desplegando todo tipo de embarcaciones como los mencionados portaviones, submarinos o destructores.

Estas plataformas navales han conseguido hundir más de 100 embarcaciones en sólo unas semanas e igualmente han servido para componer la cúpula antimisiles, que llegó hasta la interceptación de al menos un misil balístico en el mar Mediterráneo.

Según datos aportados por Estados Unidos, los sistemas antiaéreos fueron capaces de interceptar aproximadamente el 92% de los misiles que se dirigían a zonas pobladas, tanto de los países del Golfo Pérsico —aliados de Washington— como de Israel.

Para ello se emplearon, fundamentalmente, las baterías THAAD y Patriot. Las del primer modelo están especialmente diseñadas para neutralizar amenazas a gran distancia y altitud, convirtiéndose en la primera capa de un escudo casi impenetrable.

Sistemas de defensa antimisiles Patriot.

Desarrollado por Lockheed Martin, el THAAD es capaz de interceptar misiles balísticos a distancias de entre 150 y 200 kilómetros, que se complementan con radares y se integra con el resto de la malla de detección de amenazas.

También es parte del paraguas antimisiles que EEUU tiene desplegado en otras regiones en las que tiene especial interés, como en Corea del Sur, pero la necesidad de sistemas en el teatro iraní ha hecho que algunas baterías se trasladen a los países aliados del Golfo Pérsico.

En cuanto al sistema Patriot, se trata de la capa inmediatamente inferior al THAAD, centrándose en la interceptación de misiles de crucero y drones, fundamentalmente.

Son estos drones los que, precisamente, han puesto en jaque a las defensas aéreas de EEUU y aliados en la región. Irán dispone de los Shahed-136 como plataformas de ataque por saturación y han conseguido en varias ocasiones atravesar los escudos antiaéreos.

Como respuesta, desde el Pentágono han desplegado el dron LUCAS; una copia directa de un Shahed fabricada en Estados Unidos. Replica tanto la forma como el concepto de aeronave barata y kamikaze.

Ha sido la primera vez que los drones LUCAS se han enfrentado a un escenario operativo real, poniendo las bases a un concepto de munición en la que EEUU estaba muy por detrás respecto a otras potencias militares del planeta.

Un amplio arsenal de misiles

A lo largo de estas cuatro semanas de conflicto, Irán ha demostrado disponer de un numeroso arsenal tanto de misiles -balísticos, de crucero e hipersónicos- como de munición merodeadora. La capacidad de Teherán de llevar a cabo bombardeos y sembrar el caos en distintos puntos de la región ha quedado patente.

Si bien muchas de las instalaciones de lanzamiento y almacenaje de este armamento han sido destruidas por parte de EEUU e Israel, el régimen de los ayatolás todavía emprende ataques aéreos de precisión, aunque ya no con la frecuencia y la magnitud de los primeros días de la guerra.

Comparativa visual del alcance operativo y la capacidad de carga de los principales misiles de Irán Ministerio de Defensa de Irán

En el capítulo de los misiles balísticos, Irán ha consolidado en estas semanas la imagen de una potencia regional con una panoplia diversa y madura. Uno de los sistemas más sofisticados es el Kheibar, que entró en servicio en 2023 y se ha convertido en la plataforma de referencia dentro de su programa de misiles.

Con un alcance operativo de 2.000 kilómetros y una cabeza de guerra de hasta 1.500 kilogramos, este vector le permite a Teherán golpear tanto objetivos israelíes como bases y posiciones de EEUU repartidas por la región, manteniendo una capacidad de disuasión incluso tras los bombardeos sobre su infraestructura.

Irán también ha echado mano del veterano Shahab-3, operativo desde 2003. Este misil dispone de un alcance de unos 1.300 kilómetros, suficiente para cubrir desde la frontera iraní con Irak hasta territorio israelí.

El Ghadr‑1, diseñado en base al Shahab-3, se ha consolidado como uno de los misiles de alcance medio más relevantes del programa iraní. Con unos 1.950 kilómetros de alcance y una cabeza de guerra de hasta 750 kilogramos, ofrece a Teherán una herramienta flexible para castigar objetivos estratégicos sin necesidad de recurrir a sus plataformas más pesadas.

Presentación del misil hipersónico Fattah de Irán Reuters

A este catálogo se ha sumado el Haj Qasem, bautizado en honor al alto oficial Qassem Soleimani, dotado con un alcance de unos 1.400 kilómetros, cabeza de guerra de 500 kilogramos, motor de combustible sólido y un sistema avanzado de guiado, combinación que lo convierte en un misil idóneo para ataques de precisión sobre infraestructuras críticas.

Complementando este núcleo balístico, la segunda pata del arsenal iraní son los misiles hipersónicos, concebidos específicamente para atravesar los escudos antiaéreos más avanzados, como la Cúpula de Hierro.

En este apartado destaca el Fattah‑2, una evolución enmarcada en la categoría de vehículo planeador hipersónico (HGV, por sus siglas en inglés). En este caso, el misil lanza uno o varios vehículos hipersónicos que, una vez alcanzada la altura deseada, siguen una trayectoria de reentrada maniobrable, mucho más difícil de predecir e interceptar.

Irán atribuye al Fattah‑2 un alcance de hasta 1.500 kilómetros y una velocidad máxima de 12.000 kilómetros por hora, además de la capacidad de escoger su trayectoria de vuelo como un misil de crucero y de engañar en cualquier momento a los sistemas de defensa antimisiles mediante maniobras evasivas.

A esta capacidad se suma el desarrollo de misiles de crucero como el Paveh, un vector de 1.650 kilómetros de alcance capaz de cambiar de objetivo en mitad de la misión e incluso atacar blancos en movimiento.

Esto multiplica su utilidad contra buques, plataformas móviles y centros de mando que se reubican con rapidez, y encaja con una doctrina basada en ataques de precisión selectivos más que en meros bombardeos indiscriminados.

Drones y minas

En el terreno de los drones, el Shahed‑136 se ha consolidado como el dron kamikaze de referencia del país. Se trata de una munición merodeadora con alcances que pueden superar los 2.000 kilómetros y un perfil de vuelo a baja cota que dificulta su detección por parte de los sistemas antiaéreos convencionales.

Su sencillez, coste contenido y capacidad para saturar defensas lo han convertido en una pieza central de las ofensivas iraníes, tanto en ataques directos como en operaciones de desgaste destinadas a obligar a EEUU e Israel a consumir recursos en interceptar estos aparatos.

Montaje con la bandera de Irán, un dron Shahed 136 y un centro de datos. I.M / Freepik Omicrono

Por último, en el dominio marítimo, Irán dispone de uno de los arsenales de minas navales más numerosos del mundo, con entre 5.000 y 6.000 artefactos según estimaciones de inteligencia estadounidenses.

Entre ellos destacan las minas de orinque, ancladas al fondo y suspendidas a una cota fija bajo la superficie, que detonan al primer contacto con el casco de un buque.

A este tipo se suman minas a la deriva, arrastradas por las corrientes superficiales y especialmente temidas por su difícil detección y carácter indiscriminado. De igual manera, el régimen iraní dispone de minas de fondo que descansan sobre el lecho marino y se activan mediante sensores magnéticos, acústicos o de presión cuando detectan la firma de un barco.

El catálogo se completa con las EM‑52 de origen chino, que emplazadas en el fondo pueden lanzar una carga hacia arriba al detectar un blanco.

Este abanico de sistemas permite a Irán combinar minas de contacto baratas y aparentemente rudimentarias con minas inteligentes destinadas a cerrar rutas concretas o dañar de gravedad buques para dejarlos inoperativos sin necesidad de hundirlos. Por el momento, no obstante, se desconoce a qué nivel Teherán ha empleado este tipo de armas.