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Un grupo de alborotadores prendió fuego el sábado al ayuntamiento de Limoges, en el centro-oeste de Francia, al final de una manifestación contra la carestía de la vida a la que se habían sumado los estudiantes de instituto.

Antes de entrar en el edificio, los asaltantes quemaron varios vehículos de la policía municipal y rompieron los cristales. Las llamas hundieron el campanario y buena parte de la cubierta de esta construcción de 1883, inspirado en el ayuntamiento de París.

El alcalde, Guillaume Guérin, atribuyó el ataque al odio a los directores de instituto, a la policía y a los cargos electos; en definitiva, "a todo lo que encarne la autoridad".

Ese mismo sábado, en Madrid, la acampada de la Puerta del Sol cumplía tres semanas sin incidentes de una gravedad siquiera similar.

La pusieron en pie el 26 de septiembre varios cientos de personas que, al acabar una manifestación contra el desahucio de María del Carmen Abascal —"Maricarmen", en el imaginario popular—, decidieron no volver a casa, respondiendo al llamamiento del Sindicato de Inquilinas.

Maricarmen tenía 87 años y llevaba unos setenta viviendo de alquiler en el mismo piso del barrio de Retiro. Las imágenes de su salida en camilla, tres días antes de la marcha, habían sacado a la calle a 25.000 personas, según la Delegación del Gobierno. El Sindicato de Inquilinas habló de 300.000.

Maricarmen murió el 7 de octubre, tras dos semanas hospitalizada, pero su caso ya había cambiado el calendario político español. El 2 de octubre, el Congreso tumbó los dos decretos de vivienda que el Consejo de Ministros había aprobado a toda prisa: el principal cayó por 178 votos a 172, con el voto en contra del PP, Vox, Junts y UPN.

Puerta del Sol. EFE

El lunes siguiente, Pedro Sánchez convocó elecciones generales para el 29 de noviembre. CCOO y UGT, por su parte, se adhirieron a la huelga general que reclamaba el movimiento inquilino y que tendrá lugar el 11 de noviembre, la primera desde 2012.

En otras palabras, para cuando el ayuntamiento de Limoges empezaba a consumirse en llamas, una acampada en la que no se había roto un solo cristal ya había contribuido a precipitar el final de la legislatura en España.

Nuevos culpables

Francia, Italia y Albania llevan semanas de disturbios; España, Portugal y Grecia, de acampadas. En casi todos los casos los protagonistas son jóvenes, y sus quejas giran en torno a la vivienda, la educación o los precios.

Es tentador buscarles una causa económica común, pero solo eso no basta. El pensador francés Alexis de Tocqueville ya advirtió de que la miseria no explica por sí sola una revuelta: en El Antiguo Régimen y la Revolución (1856) sostuvo que la Revolución francesa no estalló cuando peor estaban las cosas, sino cuando empezaban a mejorar.

"El mal que se sufría con paciencia, como algo inevitable, se antoja insoportable en cuanto se concibe la idea de sustraerse a él", escribió. Sin tener esto claro, es imposible entender el fantasma de desafección que recorre Europa.

Un espectro que llena calles y urnas: en Francia, la líder de la extrema derecha, Marine Le Pen, sigue en cabeza de las encuestas a seis meses de las presidenciales, pese a su condena por malversación.

En España, la última encuesta de SocioMétrica para EL ESPAÑOL da 62 escaños a VOX, casi el doble de los 33 que obtuvo en 2023, y deja a la unión de la derecha y la extrema derecha por encima de la mayoría absoluta.

El cambio de tono se aprecia mejor si se compara con 2011, cuando los "indignados" ocuparon las plazas europeas durante varias semanas al grito de "No nos representan": el problema, entonces, eran "los de arriba", sin apenas diferenciaciones, y se proponían —o al menos se intentaba— fórmulas alternativas con un inocente afán constructivo.

Las protestas de ahora son más violentas porque el odio inoculado durante quince años en medios, redes sociales y conversaciones callejeras ha terminado de explotar en una especie de "masa enfurecida" para la que, por seguir la idea de Jean-Paul Sartre, "el infierno son los otros".

Como ya se vio en la protesta de los chalecos amarillos, la destrucción prima sobre construcción alguna. La terapia psicológica que podía considerarse Sol en 2011 se ha convertido en una pura catarsis de rabia incontenible.

El problema es que todos podemos ser "los otros" de alguien. Por ejemplo, el presidente estadounidense, Donald Trump, ya ha decidido quiénes son los suyos. Este lunes escribió en su red social, Truth Social: "Los migrantes se han apoderado de Francia. ¡Tienen que CERRAR LAS FRONTERAS, YA!".

Según la agencia Associated Press, ni las autoridades ni la policía francesas han atribuido los disturbios a los inmigrantes, sino a jóvenes y a grupos de radicales vestidos de negro.

Eso no ha evitado que fuerzas de la llamada "derecha alternativa" por todo Occidente hayan hecho suya la tesis trumpista y hayan compartido vídeos manipulados para alimentar el odio que los ha puesto donde están.

El pliego de reivindicaciones

Cuando los estudiantes franceses empezaron a bloquear sus institutos a mediados de septiembre, los motivos eran muy concretos: el estado ruinoso de muchos centros, sobre todo en los barrios humildes, y la falta de profesores.

Un alumno de las afueras de París contó a la agencia AFP que en su instituto faltaban pupitres y sillas y que los baños no tenían puertas, papel ni jabón.

Son carencias reales, que nadie niega y que el propio Gobierno francés admite: su portavoz, Maud Bregeon, recalcó que las angustias de los jóvenes son legítimas, aunque se lamentó de que se estuvieran explotando políticamente.

Ahora bien, prendida la mecha, la violencia ha ido mucho más allá de los pupitres: a mediados de octubre, más de 6.800 personas habían pasado por comisaría; el 86% de ellas, menores.

Con todo, la mayoría de los manifestantes franceses han marchado en paz, y los destrozos han corrido a cargo de grupos más reducidos.

Algo parecido ha ocurrido en Italia, donde el argumento económico parece, al menos a primera vista, más sólido: la inflación subió en septiembre al 4,2%, frente al 3,3% de agosto, empujada por un encarecimiento de la energía de más del 22% en un año.

La protesta "Italia in piazza" del sábado 17, convocada por internet sin partidos ni sindicatos al frente, reunió en Milán a unas 5.000 personas, según la jefatura de policía. Tan solo dos días después, el centro de la ciudad había quedado arrasado y hasta 271 "manifestantes" —220 de ellos, menores de edad— habían acabado en comisaría.

Tampoco aquí encaja el relato de Trump: solo 60 de esos 271 eran extranjeros. Según el diario Il Post, los alborotadores eran en su mayoría italianos y ajenos a los barrios periféricos de Milán. Muchas de las familias que acudieron a recoger a sus hijos a las dependencias policiales venían de otras ciudades del norte, como Bérgamo, Monza o Parma.

Como diría Tocqueville, la inflación no explica por sí sola el estallido: en septiembre de 2023, estaba en el 5,3%, tras haber superado el 11% a finales de 2022, y nadie saqueó el centro de Milán.

La protesta, además, no se ha apagado: una cuenta nacida en Instagram tras los disturbios, el Movimiento 17 de Octubre, ha convocado concentraciones todos los sábados a las tres de la tarde hasta que caiga el Gobierno de Giorgia Meloni.

La onda expansiva de esta explosión de furia incontrolada ha llegado también a Albania, que añade, por cierto, un motivo más de malestar: la corrupción sistemática de su Gobierno. El llamado "movimiento de los flamencos" lleva meses pidiendo la dimisión del primer ministro, el socialista Edi Rama.

Pedro Sánchez, recibido por el primer ministro de Albania, Edi Rama, en Tirana para la cumbre del Proceso de Berlín. EFE

Obviamente, la movilización toma su nombre de las aves que anidan en la costa sur del país… donde el Gobierno ha autorizado un gran proyecto turístico vinculado a Jared Kushner, el yerno de Trump.

Los estudiantes se unieron la semana pasada con sus propias reivindicaciones educativas, y el miércoles 14 los disturbios se prolongaron más de ocho horas en Tirana, con 23 policías heridos y 35 detenidos.

Rama, que no tiene que volver a las urnas hasta 2029, despachó a los manifestantes como jóvenes "ideologizados y radicalizados" por grupos de extrema izquierda.

Con trabajo y sin techo

Los españoles que cobran el salario mínimo —1.221 euros al mes en catorce pagas— ven cómo prácticamente todo su sueldo se va en el alquiler medio de un piso de 80 metros cuadrados, que ronda los 1.130 euros en el conjunto del país.

En las grandes ciudades, las cuentas cuadran aún menos. Diana Manzanares, una camarera de 20 años que duerme en la acampada de Sol, se puso como ejemplo en declaraciones a la agencia AP: "La mayor parte de mi sueldo se va en el alquiler. A mi compañero de piso le cuesta llegar a fin de mes, igual que a mí".

En otras palabras, a diferencia de 2011, hay trabajo… pero sigue sin haber techo, los dos pilares del Estado de bienestar que han sostenido a la democracia liberal en Occidente durante ochenta años.

Del mismo modo, unas 1.500 personas se manifestaron el 10 de octubre en Oporto contra la pobreza y el precio de la vivienda, y dejaron medio centenar de tiendas de campaña plantadas en la plaza Don João I.

La policía las retiró dos días después y cargó en la madrugada del jueves 15: los organizadores hablaron de 37 heridos, y la policía, de un agente lesionado.

La noche siguiente, el propio movimiento desconvocó la concentración tras alertar de la infiltración de un grupo de extrema derecha armado con navajas, algo que la policía no ha confirmado.

Sea como fuere, el sábado 17, la protesta saltó a Lisboa. La policía desmanteló el campamento del Rossio en la madrugada de este martes y detuvo a 55 personas por desobediencia, todas ya en libertad.

Los estudiantes griegos han seguido el mismo camino pacífico. Alumnos de decenas de asociaciones universitarias pasaron la noche del 13 de octubre, bajo una lluvia intensa, en tiendas de campaña instaladas en la plaza Syntagma, frente al Parlamento, para protestar contra los alquileres y la falta de residencias.

Este martes han vuelto a concentrarse allí, y para este miércoles hay convocada una huelga de profesores.

El Gobierno de Kyriakos Mitsotakis presume de haber cerrado el año pasado con superávit y un crecimiento del 2,1%, y promete rebajas fiscales y subidas salariales antes de las elecciones de la próxima primavera. Los trabajadores griegos, sin embargo, siguen teniendo el menor poder adquisitivo de la Unión Europea, según AP.

Dicho esto, Madrid ilustra mejor que ninguna otra ciudad la "paradoja de Tocqueville". Durante años, los madrileños pagaron el alquiler como una fatalidad, hasta que el desahucio de Maricarmen y el emotivismo exagerado que le siguió les hicieron sentir que esa fatalidad ya no era soportable.

Es curioso que, con carencias parecidas —institutos que se caen, precios que suben— el mecanismo de protesta que ha llenado de tiendas Sol, Oporto y Syntagma, no sirva para Limoges ni para Milán.

Allí, probablemente, además del dinero, falte la esperanza: la de unos adolescentes que no cuentan con vivir mejor que sus padres y a los que nadie ha convencido de que exista una alternativa. En medio, los populismos campan a sus anchas y agitan sus demonios. No tiene ninguna pinta de que esto vaya a acabar bien.