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Las claves

Xi Jinping aterrizó este miércoles en la base conjunta Andrews, a las afueras de Washington, donde Donald Trump le recibió a pie de pista en lugar de esperarle en la Casa Blanca, un gesto infrecuente con el que el presidente estadounidense pretende igualar la pompa con la que fue agasajado en Pekín el pasado mayo.

Es la primera visita de Estado de Xi a Estados Unidos desde septiembre de 2015, cuando le recibió Barack Obama, y la segunda cumbre entre ambos mandatarios en apenas cuatro meses. Su último paso por suelo estadounidense fue la cumbre de la APEC en San Francisco, en noviembre de 2023, donde se reunió con Joe Biden.

Por delante, el presidente chino tiene una agenda agotadora, más para un hombre de 73 años que viene de tener "una indisposición" en la cumbre de los BRICS.

El jueves, Trump y Xi pasarán revista a las tropas en la Casa Blanca antes de reunirse a puerta cerrada, y por la noche se celebrará una cena de gala en el Salón Este a la que asistirán, entre otros, Jensen Huang, consejero delegado de Nvidia, y el multifacético Elon Musk.

El viernes, los dos matrimonios tomarán un té en privado y visitarán juntos los Archivos Nacionales, donde verán documentos históricos de la relación bilateral.

Trump ha lamentado que su nuevo salón de baile no esté terminado a tiempo: "Si lo estuviera, podríamos tener a 2.000 personas cenando".

A la pompa se suman los elogios. Trump se ha referido a Xi en repetidas ocasiones como un "gran líder" y le ha presentado como un amigo. Incluso Melania Trump explicó este miércoles en Fox News que su marido había decidido recibirle en persona porque "tienen una gran relación".

En Pekín, del 13 al 15 de mayo, ambos visitaron el Templo del Cielo y acordaron una "relación de estabilidad estratégica constructiva", fórmula que el Ministerio de Exteriores chino ha vuelto a invocar esta semana. Las expectativas de grandes avances, sin embargo, son bajas.

Una moneda de cambio de 14.000 millones

Dicho esto, la cordialidad no borra los roces, y el primero de ellos es Taiwán. Xi pretende aprovechar la visita para pedir a Trump que detenga las ventas de armas a la isla, según tres fuentes citadas por Reuters, e invocaría para ello el tercero de los comunicados conjuntos entre ambos países, firmado en 1982 bajo la presidencia de Ronald Reagan.

En él, Washington expresó su intención de reducir gradualmente esas ventas, aunque Reagan precisó en un memorando adjunto que esa disposición estaba "condicionada por completo" al compromiso de China con una solución pacífica. Pekín ha pedido también que se frenen las entregas de armamento ya encargado por Taipéi.

Ahora bien, aquel comunicado no es una ley, como sí lo es la Ley de Relaciones con Taiwán de 1979, y las "Seis Garantías" que Reagan añadió ese mismo 1982, que obligan a Washington a proporcionar a Taiwán medios para defenderse sin fijar una fecha final para las ventas.

Trump discutió el asunto con Xi en mayo —"¿Qué voy a hacer, decir que no quiero hablar de ello porque tengo un acuerdo escrito en 1982?", se preguntó en voz alta— y dejó en suspenso un paquete récord de 14.000 millones de dólares, que se sumaba a otro de 11.000 aprobado en diciembre.

"Es una muy buena moneda de cambio para nosotros, francamente", dijo entonces. La Casa Blanca asegura ahora que tomará una decisión "en bastante poco tiempo".

Esa ambigüedad escuece en el Partido Republicano. Roger Wicker, presidente del Comité de Servicios Armados del Senado, criticó el martes la "fastuosa bienvenida" y recordó que el invitado es "un dictador brutal, no electo y opresivo".

Kim Jong-un se abre a reunirse con Trump si EEUU abandona su "absurda obsesión" de la desnuclearización Reuters

John Moolenaar, presidente del Comité Selecto sobre China de la Cámara de Representantes, escribió a Trump que las objeciones chinas deben ser "rechazadas de plano", y este mismo miércoles Mitch McConnell, John Cornyn, Lisa Murkowski y Thom Tillis le han exigido explicaciones por los fondos para Taiwán aprobados por el Congreso que no han llegado a la isla.

Tillis ya criticó en agosto que Trump redujera "sustancialmente" las maniobras con Corea del Sur apelando a su "muy buena relación" con Kim Jong-un.

Sea como fuere, el objetivo de Xi va más allá de un paquete concreto. Según una de las fuentes de Reuters, el presidente chino insistirá ante Trump en que Taiwán es "el provocador" y "la única fuente de inestabilidad" en la relación entre ambas potencias, el mismo esquema que Vladímir Putin lleva años aplicando con Ucrania.

De hecho, Trump ya lo ha asumido en parte: en una entrevista grabada en Pekín en mayo, acusó al Gobierno de Lai Ching-te de buscar la independencia formal de la isla —que funciona de facto como un Estado soberano, pero nunca la ha proclamado— y añadió: "Se quieren independizar porque buscan meterse en una guerra y creen que tienen a Estados Unidos detrás".

Lai rechazó esa acusación. Matt Pottinger, asesor adjunto de Seguridad Nacional en el primer mandato de Trump, apostaba el sábado a que Xi le soltará un largo sermón sobre la isla y los motivos históricos que justificarían su anexión. Lo dicho, igual que Putin.

Un océano con demasiadas islas

Con todo, que Estados Unidos se desentendiera de Taiwán no implicaría que la isla cayera de inmediato. Ucrania resiste en el quinto año de la invasión rusa, e Irán sigue controlando de facto el estrecho de Ormuz casi siete meses después del ataque estadounidense e israelí del 28 de febrero.

Taipéi, por su parte, superará en 2027 por primera vez el 3% del PIB en gasto de defensa, y el presidente Lai Ching-te se ha comprometido a llegar al 5% en 2030. Este miércoles, horas antes de la llegada de Xi a Washington, su ejército realizó maniobras con fuego real en las que exhibió el Cheetah, un blindado de ocho ruedas de fabricación propia.

El presidente de Taiwán, Lai Ching-te, asiste al ejercicio anual de la guardia costera en Kaohsiung. Ann Wang Reuters

Por eso a Pekín le conviene más la vía diplomática que la militar. Si Washington corta el suministro por su cuenta, Taiwán queda debilitado sin que el Ejército chino tenga que disparar un solo tiro, y cualquier operación futura resultaría mucho más barata.

Trump aseguró en noviembre de 2025 que Xi y su entorno le habían dicho abiertamente que nunca harían nada mientras él fuera presidente. Mientras tanto, las Fuerzas Armadas chinas operan alrededor de la isla casi a diario y han intensificado su actividad en los últimos cinco años, con maniobras que han llegado a incluir pruebas de misiles con fuego real.

El problema es lo que vendría después. Japón sería el primero en notarlo: la primera ministra Sanae Takaichi afirmó en noviembre de 2025 que un ataque contra Taiwán podría constituir una "situación que amenace la supervivencia" de su país, y desde entonces Pekín mantiene contra Tokio una campaña de presión que ha llevado la relación a su fase más tensa desde la normalización de 1972.

El libro blanco japonés de defensa, aprobado en agosto, define a China como un desafío "sin precedentes" y "el mayor desafío estratégico" del país, y Tokio ha estrechado su cooperación militar con Filipinas. En mayo, sus tropas dispararon un misil antibuque desde territorio filipino.

Y es que Manila también siente la presión. China controla de hecho el atolón de Scarborough desde 2012, pese a que un tribunal de arbitraje invalidó en 2016 sus reclamaciones, y entre finales de mayo y principios de junio aparecieron allí nuevas estructuras flotantes.

El 1 y el 8 de junio, justo después de que Filipinas y Japón anunciaran conversaciones para delimitar sus zonas económicas exclusivas, la Guardia Costera china patrulló las aguas al este de Taiwán, más allá incluso de su propia "línea de diez trazos".

Xi Jinping en Shangái. EFE

El diario oficialista chino Global Times advirtió entonces de que Pekín ampliaría su jurisdicción en esas aguas e invocó el "consenso" alcanzado por Trump y Xi para instar implícitamente a Washington a frenar la colaboración entre sus dos aliados.

Soja, aviones y barriles incómodos

Aparte de Taiwán, las conversaciones se centrarán sobre todo en el terreno económico. En 2025, Trump llegó a elevar los aranceles sobre los productos chinos hasta el 145% y Pekín respondió restringiendo drásticamente la exportación de tierras raras e imanes, imprescindibles para la industria tecnológica.

La tregua que ambos acordaron en Busan el 30 de octubre de 2025 dejó los aranceles en torno al 20% a cambio de que China restableciera el suministro de minerales críticos y comprara productos agrícolas estadounidenses.

Después, el Tribunal Supremo tumbó los aranceles aprobados al amparo de la ley de emergencias económicas, y la Administración los está reconstruyendo con otras herramientas, como un gravamen del 12,5% por trabajo forzoso.

El secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, y el viceprimer ministro chino, He Lifeng, reunidos en Londres. Reuters

Esa tregua expira el 10 de noviembre, igual que la suspensión china de los controles a la exportación de tierras raras.

El secretario del Tesoro, Scott Bessent, el representante comercial, Jamieson Greer, y el viceprimer ministro chino He Lifeng se reunieron el domingo durante unas ocho horas en la sede de JPMorgan Chase en Manhattan para preparar la cumbre.

Ambas partes acordaron abrir un diálogo sobre inteligencia artificial, para el que Washington ha propuesto un sistema de aviso ante incidentes que afecten a la seguridad nacional. De las compras de productos agrícolas y de al menos 200 aviones de Boeing prometidas en mayo aún no se conocen los detalles.

Por si eso fuera poco, está la cuestión del petróleo. El Congreso aprobó el 16 de septiembre la ley de sanciones contra Rusia que lleva el nombre del fallecido senador Lindsey Graham y que permite a Trump imponer aranceles de hasta el 100% a los cinco mayores compradores de energía rusa, aunque no los activa de forma automática.

China se lleva aproximadamente la mitad del crudo que exporta Rusia y en agosto importó por mar 1,68 millones de barriles diarios, su cifra más alta desde marzo, a los que se suma alrededor de un millón por oleoducto. Según Bloomberg, la Administración ha aplazado cualquier arancel a Pekín hasta después de la cumbre.

Queda, por último, Irán. China fue en 2025 el gran comprador de crudo iraní, con cerca de 1,5 millones de barriles diarios, pero el bloqueo naval estadounidense impide ahora que salgan nuevos cargamentos del Golfo y deja sin ese suministro a las refinerías independientes chinas.

Trump lleva semanas presionando a Pekín para que reduzca sus compras, mientras el ministro de Exteriores chino, Wang Yi, recibía la semana pasada en Pekín a su homólogo iraní, Abás Araqchi.

No hay que descartar que Xi ofrezca a Trump su ayuda para presionar a Teherán a cambio de que Washington ceda en Taiwán. Otra cosa es que luego cumpla su ofrecimiento, claro.