En la película 'Bananas', de Woody Allen, un grupo de guerrilleros se enfrenta al gobierno de la República de San Marcos para conseguir el poder en nombre del pueblo. Nada más conseguir su objetivo, y aclamado por las masas, el nuevo presidente anuncia las medidas que entrarán en vigor a partir de ese momento: la nueva lengua oficial del país pasará a ser el sueco, todos los ciudadanos estarán obligados a cambiarse la ropa interior cada media hora y los niños menores de dieciséis años pasarán a tener dieciséis años. En ocasiones, y salvando las distancias de la ficción, el discurso y el personaje recuerdan a Nayib Bukele, presidente de El Salvador.



Bukele accedió a la presidencia de su país el 1 de junio de 2019, después de unas elecciones en las que ni siquiera tuvo que pasar por la segunda vuelta al superar el 50% de los apoyos en la primera. Alcalde de San Salvador durante tres años, Bukele no es precisamente un revolucionario: dirigió su primera empresa de publicidad a los dieciocho y colaboró con su padre en varios de sus negocios. Los Bukele, de origen palestino, son una familia de clase alta, y Nayib ha conseguido cuadrar el círculo de la política salvadoreña: las alcaldías de Nuevo Cuscatlán y San Salvador las logró bajo las siglas del Frente Farabundo Martí, partido de extrema izquierda protagonista en la guerra civil de los años ochenta, mientras que la presidencia, en cambio, la consiguió dentro de la coalición GANA, junto a una escisión del principal partido de centro-derecha, ARENA.



A veces, Bukele se define de “izquierda radical” y a veces prefiere considerarse “apolítico”. Es lo que en el resto del mundo se llamaría un “populista”, llevando sus conocimientos en publicidad al extremo: durante los primeros meses de su mandato, legisló por Twitter, anunciando sus medidas en la red social a los distintos ministerios como si fueran órdenes ejecutivas. Su uso del móvil parece adictivo, propio del mismísimo Donald Trump, con la diferencia de que Bukele -o quien esté detrás del perfil- interacciona con sus seguidores y proyecta un perfil más cercano.



De esta manera, maquilla unos modos propios de un dictador: el pasado 1 de mayo, tras las elecciones legislativas que dieron a su partido, Nuevas Ideas, una gran mayoría en el Congreso, Bukele decidió llevarse por delante al poder judicial que llevaba tiempo oponiéndose a sus medidas. Decidió, unilateralmente, prescindir del fiscal general del estado y de cinco miembros de la Corte Suprema que no le eran afectos. Sus rivales políticos tampoco lo han tenido fácil: el 10 de febrero de 2020, Bukele acudió al Congreso acompañado de militares para asegurarse que se aprobaba su presupuesto para el año siguiente.



De tuitero a embajador del bitcoin



Bukele, de cuarenta años, es un tipo excéntrico con tendencia a empezar las casas por el tejado. Tal vez esta pulsión más su perfil empresarial sea lo que ha hecho que El Salvador se haya convertido en el primer país en implantar el bitcoin como moneda oficial, una decisión tan insólita que el Banco Mundial ha negado toda ayuda o asesoramiento en el proceso. Hacer al bitcoin moneda oficial plantearía unos retos tremendos para cualquier otro país, pero aún más en uno donde el 42,3% de los ciudadanos viven por debajo del umbral de la pobreza y el 12,3% en pobreza extrema.



Si se trata, de nuevo, de un ardid publicitario, una manera de colocar al país y colocarse a sí mismo en el centro de los noticiarios mundiales, la cosa no va más allá. Si Bukele se va a tomar en serio las consecuencias de su medida, todo cambia. De entrada, al ser una moneda oficial, al menos la administración salvadoreña con todas sus numerosas ramificaciones debería verse obligada a aceptar bitcoins como modo de pago. Siendo estrictos, un ciudadano salvadoreño también debería poder pagar con dicha criptomoneda en cualquier comercio privado de cualquier parte del país. Esto ya parece más complicado.



El Salvador, como la mayoría de los países de Centroamérica, tiene un problema evidente de desigualdad social. Una clase alta con muchos recursos y una clase baja que se muere de hambre y que, desde luego, ni tiene dinero para móviles ni lo tiene para andar invirtiendo en negocios de los que muy probablemente no haya oído hablar nunca. En medio, pequeños comerciantes sin mucho margen para las aventuras. Hasta qué punto Bukele exija una implantación total del bitcoin en el país puede provocar un efecto similar al de hacer del sueco el idioma oficial de San Marcos: más caos en un país caótico.



La incertidumbre como amenaza



Los primeros pasos demuestran un activismo decidido por parte del presidente. No solo ha decidido que El Salvador abra camino sino que anima a sus ciudadanos a usar la nueva moneda con el regalo de treinta dólares mediante la aplicación “Somos Chivo”, donde pueden formar su propia cartera electrónica y decidir si gastan ese dinero, lo ahorran o lo invierten. En otras palabras, el gobierno no solo permite el uso del bitcoin sino que lo alienta, aunque de momento los problemas tecnológicos abundan y la aplicación funciona a medio gas. En su cuenta de Twitter -cómo no-, Bukele anunció ayer mismo que el país había adquirido 550 bitcoins, que, al cambio de hoy, equivaldrían a unos 21,39 millones de euros.



Más allá de la facilidad de adaptación a la nueva moneda por parte de administraciones, comercios y ciudadanos, el gran problema que se observa a medio plazo es la moneda misma y su inestabilidad. Movida precisamente por las noticias de El Salvador, el bitcoin alcanzó el lunes 6 de septiembre un precio de conversión de 44.345 euros. Dos días después, vale un 12,27% menos, una oscilación que, si sigue compensándose como ha sucedido hasta ahora, no tiene demasiada importancia, pero que si se consolidara a la baja crearía un importante problema para el país y sus millones de ciudadanos.



Cuando hablamos del bitcoin, hablamos de un producto cuyo futuro desconocemos. Los cambios de tendencia son brutales y a menudo azarosos. Vincular la suerte económica de todo un país a la mano mágica del mercado parece un poco arriesgado porque “el mercado” lo mismo privilegia unos productos que los hunde sin misericordia. A lo largo de 2021, el bitcoin ha llegado a superar la barrera de los 52.000 euros y ha bajado de los 26.000. No hay economía que, a la larga, soporte esa incertidumbre.



Las razones para este paso 



Entonces, ¿por qué ha decidido Bukele que su país haga las veces de conejillo de indias? Tanto él como su ministro de Hacienda han hablado repetidas veces de la importancia de las transferencias internacionales en la economía del país. Hasta el 25% del PIB de El Salvador dependería de estos envíos de emigrantes a sus familias, especialmente desde Estados Unidos. Al eliminar a los bancos de la ecuación, eliminas las comisiones. Ahora bien, incrementas el riesgo, como se mencionó antes. Quien mande mil dólares en bitcoins no sabe si al día siguiente habrá mandado ochocientos o mil doscientos.



La dependencia con Estados Unidos es tal que la otra moneda de circulación legal en el país es el dólar. De alguna manera, al virar hacia la criptomoneda, desciende la influencia de la Reserva Federal… aunque aumenta la de Elon Musk. Hay algo raro, en general, en considerar como estatal una divisa cuyo principal atractivo es precisamente su capacidad para operar al margen de los estados. Los inversores se pueden permitir el largo plazo, el famoso “holdear”, que tan de moda se puso en España hace unos meses, cuando las criptomonedas parecían derrumbarse para siempre; ahora bien, los estados no tienen ese privilegio. Desde luego, no estados como El Salvador.



Un estado necesita efectivo constante para poner en marcha sus proyectos. No puede reservar millones de euros a la espera de que el mercado los convierta en el doble mágicamente. No puede permitirse, a la vez, suspender toda actividad porque su moneda ha perdido valor durante una semana, dos semanas, un mes… Eso lo puede hacer China con el e-yuan porque la propia China regula el mercado y el valor de referencia es el yuan físico. El Salvador se juega mucho en esta apuesta inesperada y que no ha animado a ningún otro país a siquiera considerar unirse a la fiesta. Bukele puede salir de esta como un genio o como el hombre que arruinó aún más un país que camina por el filo del desastre económico. De alguien como él no se podían esperar términos medios.

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