Washington DC

En los Estados Unidos existen dos Cubas antagónicas. Una, la disidente y exiliada, que se refugia desde hace décadas en Miami y estos días sale a las calles con champán y banderas a festejar la caída del dictador que les amargó la vida a ellos, sus padres o sus abuelos. La otra, la oficial y oficialista, se resguarda en la calle 16 de Washington DC, en un lujoso edificio de estilo neoclásico, de impoluta fachada, donde funciona desde julio de 2015 la recién recuperada Embajada de Cuba, una delegación diplomática que tiene sus particularidades y sus propias reglas.

Por ejemplo, no está permitida la entrada a periodistas o cámaras ajenos al régimen que quieran cubrir la primera jornada de duelo nacional. Si se quiere acceder, sólo hay una forma de hacerlo: presentar las condolencias por la muerte de Fidel Castro en el libro oficial que estará disponible hasta el 4 de diciembre.

Este lunes lo pudieron comprobar los reporteros que se desplazaron hasta la Embajada a recoger los testimonios de la comunidad cubana residente en la capital. Numerosos redactores y fotógrafos de varias nacionalidades acudieron al mencionado inmueble, cuya verja había amanecido cubierta por un manto de flores, velas y carteles de condolencia y homenaje en español e inglés al exmandatario cubano. Por la puerta empezaron a desfilar representantes diplomáticos a presentar sus respetos, al tiempo que iban llegando televisiones americanas, un canal kurdo y, por supuesto, medios hispanos, entre ellos, varios españoles que, como este diario, coincidieron a primera hora en busca de testimonios.

Uno de estos reporteros, tras intentar infructuosamente contactar con el departamento de prensa de la Embajada -totalmente desbordado por las peticiones de visados para viajar a la isla-, solicitó a los oficiales de la entrada información sobre cómo lograr permiso para acceder unos instantes a tomar unas imágenes del interior, hablar con algún trabajador o algún representante oficial, o poder charlar con los ciudadanos que estuvieran pasando a firmar por el libro de honor. “No”. Esa fue la respuesta.

Según explicaron, la única forma posible para pasar al recinto era hacerlo para dejar un mensaje de pésame en el libro de duelo, previa identificación, depositando un carné o pasaporte en la recepción de la Embajada, y sin posibilidad de captar imágenes de ningún tipo. Eso sí, un fotógrafo oficial se encargaría de inmortalizar el momento de la firma para el archivo de la institución.

Algunos aceptaron la condición, a fin de poder contar luego cómo se vivía esta jornada dentro de la sede diplomática. Por supuesto, hubo un segundo aviso por parte de los agentes: “Sólo para firmar en el libro. No se graban imágenes ni se habla con nadie. Y no se puede entrar acompañado”, apuntaron ante la petición de otro periodista de acompañar al que iba a firmar. Ésas eran las reglas.

Tras cumplir con los trámites de identificación, se cruza el umbral de la Embajada. Dentro, el ambiente recordaba al de un velatorio en toda regla. Riguroso luto entre todos los trabajadores, banderas a media asta, silencio sepulcral y caras compungidas a la espera de recibir el pésame por la muerte de su comandante.

El interior del edificio es digno de admiración. Fue levantado por el Gobierno cubano en 1917, aunque cesó en sus fines consulares en 1961 con la ruptura de relaciones entre ambos países. El deshielo entre ambas naciones impulsado por Barack Obama y Raúl Castro permitió su reapertura en julio de 2015. Ahora su aspecto es inmejorable y majestuoso. Mármoles relucientes, maderas nobles, esculturas y dorados en las paredes… Y a la derecha, en una sala apartada, con una bandera cubana, frente a la que reposa en un escritorio un retrato de Fidel Castro y un tomo que, a primera hora de este lunes, apenas llevaba varias páginas escritas. La última hoja, por cierto, recogía un texto en uno de los alfabetos orientales, tras el paso de un representante diplomático de algún país asiático.

Mientras, a las puertas de la Embajada esperaba su turno para entrar a dejar su rúbrica Dalia García. Perfectamente peinada y maquillada, y ataviada con un chándal azul bandera, llevaba un rato plantada frente a la cancela, hablando con los periodistas que se lo piden. Está cansada de la visión que dan los medios norteamericanos, que sólo ponen el foco en los exiliados de Miami. Esta cubana, dependienta de un comercio cercano, ve la situación de forma muy diferente.

“Yo nací con su revolución y hoy tengo una educación gracias a Fidel. Igual que doy las gracias a EEUU, el país donde vivo, siempre llevo en mi alma a mi tierra”, asegura esta cubana, que salió de la isla con 22 años a la aventura estadounidense -no por necesidad, según recalca-. Por eso, su punto de vista no coincide con el de los disidentes.

“Todo no es tan malo, como dicen los de Miami. Si ellos quisieran tanto a Cuba, habrían hecho algo por la isla. Mandar comida y cosas que hacían falta allí por culpa del bloqueo. Yo me crié allí feliz. Luego me vine de viaje con una amiga a este país y por cosas de la vida me quedé aquí. Pero vuelvo siempre que puedo y me duele escuchar lo que dicen de Fidel, con gente alegrándose y celebrando su muerte”.

"NO TODO ES TAN MALO"

Defensora del régimen castrista, Dalia rechaza que las acusaciones de falta de libertades y lo compara con la democracia estadounidense. “Estados Unidos es un país libre entre comillas. Aquí la policía mata a los negros y los hispanos como perros, cada dos por tres. También hay presos políticos. Si no tienes dinero para pagar una medicina o un tratamiento de salud, te mueres. Y si yo dijera esto mismo que estoy diciendo en las calles de Miami, de allí no salgo viva. ¿Eso es libertad? Y si te fijas, verás como entre los que celebran la muerte de Fidel no hay ningún negro. Todos son blanquitos y rubios”, afirma en declaraciones a EL ESPAÑOL.

Ella espera que la muerte del dirigente cubano no suponga un gran cambio en la isla. “Yo quiero que haya apertura, que Cuba se abra al mundo y que se acabe el bloqueo. Pero también seguir siendo independiente, sin la mano de EEUU encima”. A su juicio, hay aspectos positivos en su país de origen. “Llevo 37 años viviendo aquí y todavía no me adapto a cosas como pagar un alquiler. Yo tengo un buen seguro médico y el otro día me recetaron una medicina para un problema que tengo. Fui a dos farmacias. Y por ese botecito, que debe contener oro, tengo que pagar 1.059 dólares con 95 centavos. Yo no puedo pagar eso. Si mi vida dependiera de esa medicina, me muero. Así que en diciembre, cuando vaya a Cuba, conseguiré allí el tratamiento. Y eso mismo hacen muchos cubanos de Miami que no tienen seguro médico pero que luego critican a Fidel”.

Dalia termina de exponer su opinión a varios medios y finalmente entra al edificio para firmar en el libro de condolencias. Mientras llega con un ramo de flores en la mano Rolando Roebuck, un afropuertorriqueño que ha venido a rendir tributo al pueblo cubano. “Quiero expresar mi solidaridad y dolor con Cuba. En el contexto caribeño, Fidel Castro fue importante para Puerto Rico, porque siempre se expresó a favor de terminar con nuestro estatus colonial”. Puerto Rico es un territorio de EEUU, no incorporado a la unión, que depende en muchos aspectos de Washington.

Sobre la visión que del país vecino se muestra desde el exilio de Miami, Rolando señala que “la mayoría de esos cubanos que salieron de la isla están cargados de rencor y odio hacia Fidel”, pero añade que “antes de que empezara la revolución, esa gente gozaba de unos derechos que no todos tenían en Cuba”.

Se refiere en concreto a las tensiones raciales. “En Cuba había mucho racismo hacia los afrocubanos. Fidel fue un elemento de resistencia, solidaridad y orgullo nacional. Y a los que le critican que no celebre elecciones, les pido que miren lo que ha pasado aquí, en EEUU, donde la elección ha sido de estilo Disneylandia, con un electorado que ha sido manipulado con mensajes xenófobos”.

Resuenan los goznes de la verja y sale Dalia, con la mirada entristecida. Se suma a la conversación y cree que la reconciliación entre las dos Cubas es complicada. “Como dijo Obama, vamos a dejar el pasado atrás. Hay que mirar hacia el futuro. Incluso si Fidel hizo todo eso malo que dicen que hizo, es el pasado. Si todos esos pasos que se han dado hasta ahora con Obama se frenan con Trump, Cuba seguirá igual”.

El tránsito de trabajadores desde el consulado hacia la embajada es constante. Una de las oficiales es la encargada de relaciones con los medios. Explica que no habrá declaraciones del embajador ni pronunciamientos oficiales más allá de los que salgan de La Habana y se marcha muy atareada, pues le han llegado más de 100 peticiones de medios para viajar a la isla a cubrir el funeral de Fidel.

A pesar de la abundancia de carteles y flores, no llegan muchos más cubanos. La noche del domingo sí hubo una protesta a las puertas de la Embajada. Dalia, que vive cerca, lo presenció. “Era un grupo pequeño que vino a gritar en medio del duelo”, lamenta.

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