Modou Kane empezó con la construcción de un cayuco en miniatura para homenajear a sus compatriotas emigrantes.

Modou Kane empezó con la construcción de un cayuco en miniatura para homenajear a sus compatriotas emigrantes.

África

Modou Kane, el carpintero senegalés salvado por sus pateras

  • Su producto estrella es una pequeña patera de madera en homenaje a los migrantes del Estrecho.
  • Estas 'pateras' le han servido de salvación sin tener que lanzarse al mar.
  • Una de estas barcas le fue regalada al Papa, que la conserva como símbolo del drama de las migraciones.
Tánger

Su producto estrella es una pequeña patera de madera en homenaje a los migrantes del Estrecho. Estas 'pateras' le han servido de salvación sin tener que lanzarse al mar Una de estas barcas le fue regalada al papa, que la conserva como símbolo del drama de las migraciones.

Modou Kane sonríe. Va a ser padre. Tiene al fin un futuro en Tánger, un trabajo gracias a su oficio de carpintero. Ya ve cerca el regreso a casa. Abre la puerta del taller situado en el bajo de un edificio entre Iberia y el Marshan. Ahí se encuentra la factoría de Creons Ensemble, una pequeña empresa de objetos artesanos de madera.

En un lugar destacado de la estantería se encuentra una miniatura de cayuco, la embarcación usada por sus compatriotas senegaleses para alcanzar la costa canaria. Es su ópera prima en Tánger, la primera pieza, que lleva el nombre de Le Joola, el Titanic africano, el barco de pasajeros que hacía el trayecto regular desde Dakar hasta Ziguinchor, en cuyo naufragio en septiembre de 2012 fallecieron 1.863 personas.

Tenía su taller de carpintería en Mbacké, cerca de Touba, una de las ciudades senegalesas santas del Islam, la que le vio nacer hace 37 años. La crisis le atrapó y tuvo que cerrar el negocio. Lo convirtió en dinero para seguir a esos compatriotas a quienes les escuchaba hablar de la prosperidad que tenían en Europa. “Intenté resistir y adaptar mi taller a la nueva situación, pero finalmente tuve que cerrarlo”, explica Modou.

En 2012 decide emprender el viaje. Se decidió por el camino más largo, por tierra. Rechazó el cayuco a Canarias. “Piden mucho dinero y la ruta es muy larga, desde Saint Louis es una semana o quince días dentro del mar”, comenta. En una pequeña mochila llevan agua y comida. “En el mar se te puede acabar la comida y el agua y por mucho dinero que tengas no puedes comprar ni hacer nada, mientras que por tierra la ruta es más tranquila”, dice Modou.

Se decidió por el largo recorrido que atraviesa Mauritania hasta llegar a Dakhla, en la punta más al sur de Marruecos. Autobús, coche y todo aquel vehículo que se moviera para alcanzar el territorio marroquí le supuso a Modou el gasto de todo el dinero que llevaba.

Lo bueno de tener un oficio universal como el de carpintero es que no tiene fronteras en el mundo laboral. Durante unos meses, a fin de conseguir fondos para continuar con su viaje, trabajó en algunos talleres de Dakhla. “No tenía papeles y tuve que dejar el trabajo porque ya habían amenazado al patrón con cerrarle el negocio”, relata el senegalés.

Después de aquella estancia en Dakhla y otra más breve en Agadir, pasados cuatro meses desde su salida de Mbacké al fin llega a Tánger. “Fue el 8 de noviembre de 2012”, rememora con claridad. Se une al magma de la migración subsahariana de la ciudad y se dedica a sobrevivir con la venta de alguna artesanía y del comercio de baratijas adquiridas en los grandes bazares. Se aloja en un pequeño piso de una habitación, un baño y un largo pasillo junto a otras treinta personas. “Eran de Senegal, de Mali y de Guinea Conakry. Algunos intentaron cruzar varias veces la frontera por Ceuta y mientras tanto se buscaban la vida allí”, dice Modou. Muestra una pequeña chapa colgada al cuello en forma del mapa de África, uno de los objetos que vendía por las calles de Tánger para sobrevivir.

El senegalés que construyó una pequeña patera para el papa Francisco se establece en Tánger gracias a un proyecto de la Delegación de Migraciones

El inicio de 2013 fue muy duro para el carpintero senegalés. Se debían turnar para poder dormir, hacinados, en el pasillo, unos sobre otros. Fue un invierno húmedo y frío en Tánger. “No teníamos dinero y comíamos una vez al día. Poníamos cada uno diez dirhams (menos de un euro al cambio) y cocinábamos algo para cenar”, relata.

En este periodo de penurias le llegó la salvación gracias a un curso de español. A través de estas clases en la Misión Lerchundi conoce la Asociación Armid, un colectivo marroquí que colabora con la Delegación de Migraciones de la Diócesis de Tánger, y a sus salvadoras, a las dos monjas responsables del área. “Les regalé un cayuco que hice de madera, el que lleva el nombre de Le Joola”. Todo cambió.

“Ya no quería llegar a Europa sino un trabajo”, señala Moudu. El cayuco le llevó a las pateras, versiones en diferentes tamaños de la embarcación de la emigración en el Estrecho de Gibraltar. Hizo veinte de gran tamaño y otras tantas más pequeñas. Se quedaba trabajando en el local de Migraciones tras acabar las clases de español. En el piso ‘patera’ le era imposible. “Llegó un grupo de cien personas a la Catedral de Tánger y las vendí todas”, comenta el senegalés.

“Migraciones me fichó para su proyecto de Manos Creadoras. Gané 300 euros y con ese dinero pude devolver lo que me dejaron para herramientas y materiales”, relata con el rostro pleno de alegría.

Manos Creadoras es un proyecto de Migraciones de Tánger que tiene como objetivo ayudar a emigrantes con habilidades personales a emprender actividades generadoras de ingresos económicos. Uno de los requisitos es que estas personas hayan abandonado la idea de cruzar a Europa y no ven posibilidades de retornar a su país. Las pateras tuvieron un efecto llamada y empezaron a surgirle numerosos encargos, y así aparecieron los puzzles, los dominós, ábacos, atriles, cajas y algunos trabajos de reparación y fabricación de muebles.

Pudo salir del piso compartido y se alquiló una habitación junto a un amigo. A los tres meses se trasladó a un apartamento con dos habitaciones, para tener su taller en una de ellas, gracias a Migraciones. Un tiempo compartió esta casa con el congolés Benjamín, “que era músico y hacía trenzas africanas”, apunta Modou. “Estuvimos hasta hace dos años en este piso, porque el dueño se quejaba del ruido del taller y tuve que dejarlo, y Benjamín se fue a otra ciudad”, cuenta el carpintero.

Hay futuro. En noviembre de 2014, gracias a Manos Creadoras, nace Ensemble SAL, de la que forman parte, además de Modou, otras cuatro personas: los marroquíes Omar y Moncef, y Jeny y Sebastian. Modou consiguió la tarjeta de residencia marroquí y el ansiado trabajo. La situación de dos emigrantes subsaharianos en Tánger quedaba regularizada. Y lo mejor, un sueldo mensual.

Tras deambular por las calles de los suburbios tangerinos junto a otros migrantes encontró en sus pequeñas obras un modo de vida y su futuro

En ese mismo mes sus pateras se hacen virales. El papa Francisco recibió en Roma un peculiar regalo de manos del sacerdote gaditano Gabriel Delgado, del Secretariado de Migraciones: la patera de Modou.

Modou muestra una imagen del papa Francisco junto al sacerdote gaditano Gabriel Delgado, que le regaló la 'patera' del senegalés.

Modou muestra una imagen del papa Francisco junto al sacerdote gaditano Gabriel Delgado, que le regaló la 'patera' del senegalés.

El taller está presidido por la fotografía que recoge el momento en el que Delgado le entrega al Papa el regalo confeccionado por el emigrante senegalés. Modou presume de la instantánea que tiene enmarcada, y se emociona. El golpe mediático no evitó las dificultades iniciales de la empresa. Crearon una tienda para vender los productos, “pero no funcionó bien y era muy caro el alquiler”. Gracias a unos voluntarios que llegaron a colaborar con Migraciones montaron tienda online, “aunque vamos a los mercadillos artesanos que se celebran en Tánger”.

"La vida me ha cambiado mucho"

Moncef se encarga de atender los pedidos que reciben y Omar es el administrativo de la empresa. Modou y los demás, “nos dedicamos en exclusiva a la madera”. Hacen reparto de beneficios a final de año, “pero en 2017 no se puedo hacer porque no había suficiente dinero, y mis socios que no lo necesitaban lo dedicaron a la empresa”, comenta el carpintero.

Gracias a este trabajo y la ayuda de las hermanas que trabajan en Migraciones de Tánger pudo ir a Senegal a encontrarse con su mujer. “Fue en 2015 cuando visitamos mi casa y desde esa feche empecé a ahorrar para poder traer a mi mujer a Marruecos”, relata Modou. Su esposa ya se encuentra en Tánger, donde vive en un pequeño piso alquilado. “He podido ahorrar el dinero para los billetes y se lo he devuelto a las hermanas, y mi mujer está conmigo. La vida me ha cambiado mucho”.

Una de las obras de Modou para recordar a sus compatriotas y su drama.

Una de las obras de Modou para recordar a sus compatriotas y su drama.

La primera intención de Modou al llegar a Tánger era la de cruzar al otro lado, a Europa. “pero si lo hago ahora –dice- será para vender mis cosas allá, con papeles y con mi trabajo de aquí. Quiero visitar Europa pero no para quedarme a trabajar”. “He aprendido la lengua y conozco la cultura española, y me gusta”, añade. Advierte del riesgo que existe al otro lado, “porque los retornados no dicen la verdad, ponen fotos en las redes sociales con buenas ropas elegantes y ante coches de lujo, pero eso no es cierto y ocultan las detenciones de la policía y que muchos de ellos viven en la calle”.

El senegalés empezó con la construcción de un cayuco en miniatura para homenajear a sus compatriotas emigrantes

Se le ha abierto la puerta de un buen futuro y es consciente de que en su Senegal natal la vida está difícil, “pero con esfuerzo y trabajo puedes hacer muchas cosas y no ir a un sitio donde no sabes qué te vas a encontrar”.

“Esta empresa tiene futuro, pero quiero montar otra en Senegal”, concluye Modou para expresar su deseo de regresar un día al país que le vio nacer. Se muestra agradecido a Migraciones, a las hermanas que trabajan en la diócesis de Tánger, quienes le devolvieron la alegría. Es musulmán y se considera creyente, “pero de ninguna religión”. Procede de un país laico como Senegal, aunque de mayoría musulmana, “con una constitución de principios heredados de la francesa”. Asiste a los actos religiosos que se celebran en la Catedral de Tánger, incluso a misa. “Todos somos humanos y todos somos creyentes”, sentencia en defensa de su concepto de libertad religiosa.