Todos lo hemos vivido: un día gris, una emoción incómoda, y se te cuela en la cabeza la idea de un plato concreto. No, no te vale el brócoli. Tampoco la crema de calabaza. Quieres exactamente esa sopa de la infancia, aquella chocolatina o esa pizza que te trae tan buenos recuerdos.
No es casualidad. Y no es solo “falta de fuerza de voluntad”. La comida sí puede influir en cómo nos sentimos, pero no de una manera mágica ni inmediata, como a veces creemos.
Funciona más bien como un pequeño regulador emocional: puede darnos alivio momentáneo, y a medio plazo ayudarnos a tener un terreno emocional más estable. La clave está en entender qué tipo, en qué contexto y con qué intención.
Claves del comfort food
Son todos esos alimentos que asociamos con bienestar de la mente: platos que nos recuerdan a casa, a cuidado, a etapas seguras de la vida, a personas que nos querían. No es solo sabor. Es memoria. Nuestro cerebro guarda recuerdos ligados a experiencias sensoriales: olor, textura, temperatura, entorno.
Si de pequeñas nos sentíamos a salvo comiendo un caldito hecho por nuestra madre o abuela, este queda vinculado a seguridad. Años después, repetirlo puede activar la misma sensación.
A nivel cerebral pasan varias cosas interesantes:
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Se activan los circuitos de recompensa (relacionados con el neurotransmisor dopamina).
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Aumenta la liberación de serotonina, neurotransmisor asociado al bienestar.
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Se reduce, de forma temporal, la señal de estrés.
Pero, además, ocurre algo muy humano: sentimos que alguien nos mima, aunque seamos nosotras mismas quienes cocinamos. Por eso, el acto de prepararnos comida puede convertirse en una forma de autocuidado.
Todas las culturas tienen esos platos “confortables”, y no tienen porqué ser sofisticados. Son previsibles, cálidos, fáciles de digerir y emocionalmente reconocibles.
Con los años, y la falta de cultura culinaria en las casas, nuestra comfort food se ha podido alejar de aquel plato de hogar. Por eso, y porque la industria alimentaria ha secuestrado nuestro paladar, podemos asociar ese estado placentero a la bollería, los snacks y comida rápida.
No te confundas: el confort real suele ser algo sencillo, casero, estructurado. En esta sociedad de la rapidez, buscar alimentos que nos den esa sensación de forma inmediata ha provocado que usemos comida muy palatable (azúcar + grasa + sal) como anestesia emocional constante.
El alivio dura minutos, pero el cansancio, la inflamación y (muchas veces) la culpa permanecen más allá.
Una onza de chocolate negro puede mejorar el ánimo.
¿Puede la alimentación mejorar la tristeza o la depresión?
No existe una dieta que “cure” la depresión por sí sola, pero sí existe evidencia sólida de que mejorar el patrón alimentario reduce los síntomas y mejora el pronóstico cuando se acompaña de tratamiento adecuado.
Patrones tipo dieta mediterránea (verduras, frutas, legumbres, pescado, frutos secos, aceite de oliva, cereales integrales) se asocian a un menor riesgo de desarrollar esta dolencia, una menor intensidad de señales depresivas y una mejor respuesta a la terapia.
¿Por qué? Porque la comida afecta directamente a la inflamación del cuerpo, la producción de neurotransmisores, la salud intestinal (y su diálogo con el cerebro) y al metabolismo energético del sistema nervioso.
No hablamos de comer “perfecto” sino de consistencia. Pequeños hábitos repetidos cada día pesan más que grandes gestos aislados.
Cómo funciona
El cerebro fabrica neurotransmisores (serotonina, dopamina, noradrenalina) y para ello necesita materia prima (aminoácidos) y cofactores (vitaminas y minerales). Pero si faltan piezas, el proceso es menos eficiente.
Además, dietas ricas en ultraprocesados favorecen la inflamación y si esta se sostiene en el tiempo aumenta el riesgo de depresión. Lo has adivinado, estamos hablando del eje intestino-cerebro. Micronutrientes que colaboran en que estemos más felices
Aquí te cuento exactamente qué suplementos y micronutrientes pueden ayudar a elevarte el ánimo.
Omega 3 (EPA y DHA)
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Reducen inflamación.
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Ayudan a una buena conexión entre intestino y cerebro.
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Se asocian a mejor estado de ánimo y menor intensidad de síntomas premenstruales.
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Fuentes: sardinas, caballa, salmón, boquerones, anchoas.
Vitaminas del grupo B (B6, B9, B12)
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Imprescindibles para fabricar serotonina (calma) y dopamina (placer).
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Déficits se asocian a mayor riesgo de depresión.
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Fuentes: legumbres, verduras de hoja verde, huevos, carne, pescado, cereales integrales.
Vitamina D
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Relacionada con regulación de serotonina (calma).
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Déficits frecuentes asociados a bajo estado de ánimo.
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Fuentes: sol.
Magnesio
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Participa en relajación neuromuscular y respuesta al estrés.
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Déficit asociado a ansiedad y fatiga.
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Fuentes: frutos secos, semillas, legumbres, cacao puro, verduras.
Hierro y Zinc
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Importantes para energía cerebral.
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Déficits pueden cursar con apatía y cansancio.
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Fuentes: carnes, mariscos, legumbres, frutos secos.
Triptófano
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Aminoácido esencial para fabricar serotonina.
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Fuentes: huevos, pavo, pollo, lácteos, soja, frutos secos, cacao.
Entonces… ¿el chocolate te hace más feliz?
Como imaginas, ayuda mucho. El negro (70–85% cacao) puede mejorar ligeramente el afecto positivo y reducir la sensación de estrés a corto plazo. Su contenido en polifenoles, teobromina y algo de triptófano no lo convierten en un antidepresivo, pero si hacen que nos de ese pequeño empujón.
Una o dos onzas, disfrutadas con presencia, mejor que media tableta automática.
¿Cuándo tiene sentido usar comida para levantar el ánimo?
Personalmente, me encanta “recetar” a mis pacientes ese rescate que les transmita cuidado y amor. Tener un manual para algunos momentos puede ser una gran ayuda.
Nosotras, que además sentimos esos cambios hormonales, podemos necesitar esta pauta con mayor frecuencia.
Trucos gastro para días tristes
Aquí te dejo algunas de esas combinaciones maestras para los días “chof”:
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Yogur natural + avena + plátano + nueces.
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Crema de lentejas con comino y aceite de oliva.
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Huevo revuelto con patata y espinacas.
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Caldo casero con fideos y pollo.
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Chocolate negro + almendras.
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Platos sencillos, templados, con algo de proteína y algo de carbohidrato.
¿Pero entonces…?
¿La comida sana el alma como dicen? Bueno, no resuelve la vida, pero sí puede ser una aliada silenciosa. Puede recordarnos quiénes somos, de dónde venimos y que merecemos cuidado.
Y en días grises, eso ya es bastante.
