La escritora desgrana su último libro en esta entrevista.
Mara Malibrán viaja al origen del patriarcado: "El progreso de la humanidad va unido a la dominación de la mujer"
La escritora publica Cuando las mujeres mandaban, un análisis sobre el origen del clan maternal y su transformación.
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Durante mucho tiempo miramos la prehistoria y vimos a un hombre con un arma. Quizá porque era eso lo que buscábamos. Mientras tanto, quedaron fuera del encuadre las manos que tejían, cultivaban, cuidaban, fabricaban herramientas, organizaban la vida y también cazaban.
El relato no siempre cambia porque aparezcan nuevos restos; a veces lo hace porque alguien decide mirar de otra manera los que ya estaban allí.
Con más de 30 años de oficio, formación en Periodismo y Filosofía y una trayectoria ligada a distintos medios y también a la escritura, Mara Malibrán se adentra ahora en ese territorio en Cuando las mujeres mandaban. Viaje a la historia del matriarcado (RBA), un libro que regresa al origen para preguntarse cuándo empezó a cambiar aquella forma de organización y cómo se construyó un poder cuyas huellas todavía permanecen.
Cuando las mujeres mandaban es un título rotundo para un libro que cuestiona incluso qué significaba mandar. ¿Qué buscabas provocar con esta afirmación?
Es una frase que creo que llama a la curiosidad. Pero la contestación al título es: ¿alguna vez las mujeres han mandado? Esa es la cuestión. Datos sobre eso, pocos. Ellas han mandado dentro de la estructura social del patriarcado.
Hasta que no han logrado entrar como protagonistas de la historia con ciertos derechos, a nadie se le ocurrió pensar que, a lo mejor, el relato que teníamos no era el correcto.
Curiosamente, fue un hombre, Bachofen, un erudito suizo del siglo XIX, quien se puso a investigar el origen de la humanidad. Escribió un libro que se llama El derecho materno no El matriarcado.
Precisamente, matriarcado es una palabra que creemos entender hasta que intentamos definirla. Tú acabas hablando más bien de clan maternal. ¿Hemos llamado matriarcado a algo que no lo era?
Como somos presas del lenguaje, ese concepto se ha entendido siempre de una determinada manera. Tú dices: "Hay un matriarcado en el País Vasco". Eso significaba simplemente que las mujeres eran protagonistas de la vida social y económica: las pescaderas, en el comercio, en los mercados...
El problema es que, cuando eso se suscita a nivel académico en el siglo XIX, lo que se entiende por matriarcado es el reverso del patriarcado. Entonces decían: ¿cuándo las mujeres han tenido el poder político, económico, cultural? Nunca. Por lo tanto, no ha existido.
Es como cuando se decía que el feminismo era como el machismo. No. El machismo tenemos muy claro lo que es y ahora sabemos que el feminismo es un proceso radicalmente distinto. Ahí fuimos presas del lenguaje.
Yo hablo del clan maternal porque creo que la evidencia científica, la arqueología y, sobre todo, la entrada de las mujeres en la antropología han permitido llegar a un consenso: está en el origen de la sociedad.
También introduces una diferencia importante: distinguir el poder de la dominación.
La dominación es la supremacía de una clase sobre otra y del hombre sobre la mujer. Ya en el siglo XX se empiezan a estudiar las relaciones entre ambos sexos y cómo funciona esa dominación masculina.
Lo interesante es lo que Virginia Woolf llamaba el poder hipnótico de la dominación. Lo mostraba a través de sus novelas. Si lees La señora Dalloway, es una maravilla ver cómo esa mujer está instintivamente sometida a su marido, siendo brillante e inteligente.
Pierre Bourdieu avanza también sobre esa idea. ¿Cómo se consigue ese poder hipnótico? Con siglos de dominación. Y eso lo ves también en las clases sociales: gente sometida. Las mujeres nos hemos considerado inferiores. Por eso eres sumisa.
Y creo que eso está inscrito, no en nuestro código genético, que es una forma fácil de hablar, sino en la educación. Mi padre me quería mucho, pero podía decirme: "¿Quieres ser médico? Mejor enfermera".
O, cuando me fui a vivir sola con 18 años: "Es como las prostitutas". Era muy fuerte. Eso es la dominación.
¿Cómo se fue construyendo entonces el patriarcado? ¿De qué manera la agricultura y la propiedad privada alteraron el equilibrio entre hombres y mujeres?
Filósofos como Marx y Engels lo estudiaron y creo que la corriente marxista fue importantísima. Cuando se desarrolla la agricultura, empezamos a meter animales en cercas y aparece el concepto de propiedad privada, porque antes era comunal. Ahí se produce la irresistible ascensión del patriarcado.
La mujer tenía hasta ese momento el linaje matriarcal, matrilineal. Cuando vivíamos en comunas, eso se rompe. Empieza la monogamia y la necesidad del matrimonio.
Los primeros antropólogos afirmaban que la evolución hacia la civilización supuso la dominación de las mujeres. El coste de avanzar —la agricultura, la ganadería, el pastoreo— trajo la esclavitud y ese dominio.
Con la propiedad privada desaparece aquella igualdad entre los sexos. Nos quitan ese poder de decir: nosotras somos las madres y este es nuestro hijo; el padre no existe o es un accidente, los padres son todos los padres. Eso es el clan maternal.
¿Y cómo desaparece? Con el matrimonio y con la monogamia.
Has nombrado a Margaret Mead. ¿Qué abrió cuando empezó a estudiar determinados comportamientos masculinos y femeninos?
Es una mujer muy importante, una adelantada a su tiempo en Estados Unidos y fue también muy criticada por las feministas.
Su trabajo de campo es fundamental. Ella es seguidora de Malinowski, que introduce en la antropología la observación participante: el investigador tiene que meterse en el mundo de lo observado. Antes tú llegabas a una tribu siendo un occidental, con tu pajarita, y además casi todos eran hombres.
Margaret Mead se va a Oceanía y trabaja con tres grupos diferentes. Las conclusiones que obtiene son radicalmente paradójicas: en una predominan comportamientos considerados femeninos; en otra, la violencia; en otra, características distintas.
Lo que viene a decir es que el sexo no determina la feminidad o la masculinidad. Por eso digo que es una de las creadoras de la teoría de género.
Su trabajo fue muy criticado porque era revolucionario. Pero eso mismo que Simone de Beauvoir diría treinta años después —"No se nace mujer, se llega a serlo"— es, en esencia, la misma idea. Y de ahí arranca todo.
El patriarcado no sólo ha determinado el lugar de las mujeres, también construyó una idea de la virilidad masculina que había que demostrar constantemente.
Claro. Cuando se construye una ideología no sólo tienes que aniquilar a las mujeres, también has de construir toda una mitología alrededor.
Engels decía algo paradójico: en la sociedad primitiva la mujer tenía mucho más respeto que muchas otras de sociedades posteriores, que viven de los hombres y terminan convertidas en objetos sexuales.
Porque el progreso de la humanidad, desde un determinado punto de vista, va unido al sojuzgamiento femenino. Hay que controlar el nacimiento. ¿Quién lo hace? El hombre.
Las mujeres primitivas hacían el mundo: las vasijas, la cordelería, muchas de las actividades de la vida cotidiana. Y también cazaban. Eso se ha demostrado ahora.
El mito que teníamos era el del macho cazador con el mamut a cuestas y ella apartada con el niño. Esa imagen la construyeron también los propios antropólogos y arqueólogos.
Cuando hacían un trabajo de campo no se fijaban en los restos de telas o en otros objetos de la vida cotidiana; miraban las armas. No se les ocurrió pensar la evolución del ser humano desde la vida cotidiana.
Eso cambia con la entrada de las mujeres en la antropología y en las universidades. Son las que empiezan a mirar otros restos y a decir: aquí hay cosas que no estáis viendo.
En los años 60 y 70 se construye con fuerza esa idea del Man the Hunter, el hombre cazador. Toda esa virilidad transmite desde el presente al pasado una ideología.
Por eso es tan importante lo que decía Malinowski con la observación participante: no construya usted lo que quiere encontrar. Sumérjase en lo que está observando, pero hágalo desnudo de prejuicios.
Mara Malibrán posa en su casa con su perro.
En muchos mitos se repite una misma historia: hubo un tiempo en que ellas gobernaron y lo hicieron mal. ¿Qué función política cumple un relato así?
Un mito es el relato de las sociedades ágrafas. Como no escribían, construían historias orales. Por ejemplo, el mito de las amazonas. Hoy sabemos que detrás había realidades históricas: entre los pueblos escitas hubo guerreras.
También durante años se interpretaron como masculinos enterramientos rodeados de armas. En Birka, Suecia, uno de los principales entierros vikingos se atribuyó a un hombre hasta que el estudio del ADN demostró que era una mujer. Eso muestra hasta qué punto interpretábamos los restos desde nuestros propios prejuicios.
Hay mitos que se construyen para sostener una ideología. En algunos pueblos de Sudamérica se cuenta que hubo un tiempo en que mandaban las mujeres y lo hacían mal.
Se fabrica para mantener el poder. Piensa en Adán y Eva. Podemos discutir sobre la fe, naturalmente, pero como relato transmite una ideología: ella sale de una costilla y eso está diciendo algo.
Cuando un mito cuenta que las mujeres perdieron el poder porque lo hicieron de manera errónea, está creando una ideología favorable al mundo dirigido por los hombres.
Hemos cambiado leyes, educación, derechos y acceso al trabajo. ¿Dónde crees que están hoy todavía las resistencias más profundas?
Hay muchas. No tienes más que ver la violencia de género. ¿Alguien pierde el poder así como así?
El patriarcado sigue existiendo, naturalmente. Y una de las grandes resistencias está en el mundo de los cuidados.
Tendríamos que vivir en un sistema en el que el Estado cubriera el cuidado de los hijos y los ancianos, donde esa labor estuviera bien pagada y dejara de considerarse un trabajo de mujeres o de segunda categoría.
¿Cómo se llama un empleo mal pagado? Uno de mujeres. Las asistentas y tantos otros que, curiosamente, consisten precisamente en cuidar.
Creo que el movimiento feminista tiene que coger fuerza. Y a las que llegan a los centros de poder hay que exigirles que lleven mandatos capaces de remover estructuras.
También está la cuestión del lenguaje. Yo no puedo con el insulto "hijo de puta". ¿Qué culpa tienen las putas? La mayoría son forzadas a vender su fuerza de trabajo, vendiendo su cuerpo para poder vivir, y resulta que ese calificativo se ha convertido en uno de los peores que puedes decirle a alguien.
Hasta el insulto contiene misoginia.
Y luego está el techo de cristal. Hemos avanzado mucho, pero el cuidado doméstico continúa recayendo fundamentalmente sobre las mujeres.
Es evidente. Cuando empecé a vivir con mi pareja —y yo he sido feminista desde muy joven— recuerdo que abrió el periódico y yo le dije: "Oye, ahora mismo esto, al cincuenta por ciento".
Introducir eso en una relación, en mi época, suponía unas discusiones tremendas. Lo más fácil era organizarlo: yo pongo la lavadora, tú haces esto, tú haces lo otro...
Pero ahora mismo todas las estadísticas nos siguen diciendo que el cuidado doméstico continúa recayendo muchísimo sobre la población femenina.
Son mujeres que ingresan dinero en casa, que trabajan fuera y que multiplican sus horas laborales. Es un engaño manifiesto.
Hay hombres educados de otra manera, naturalmente. Yo a mi hijo he intentado guiarlo así. Pero ellos también se han educado viendo a la madre todo el día haciendo determinadas cosas. Y eso pesa.
Cuando una mujer reproduce las mismas estructuras de dominación, ¿qué nos obliga a revisar sobre nuestra propia idea de feminizar el poder?
Es difícil, porque uno se cree libre de prejuicios y no es verdad.
Somos seres culturales. Yo creo que nos hacemos mujeres y nos hacemos hombres. Estamos profundamente atravesados por los hábitos, las costumbres, la infancia y la forma en que nos han educado.
Por eso creo en el esfuerzo, en el estudio, en la cultura. La educación es clave y hay que penetrar las estructuras sociales.
Nosotras tenemos algo que sí nos ha dejado el patriarcado: la capacidad de socializar, de ocuparnos de la familia, de sostener determinadas estructuras.
Margaret Atwood decía que las mujeres tenemos que aprender a ser más egoístas. Es una frase maravillosa. Y es verdad.
Pero, claro, ¿adónde te lleva eso? ¿A convertirte en un hombre? No necesariamente, aunque históricamente han sido más egoístas.
Recuerdo hablar con amigas y preguntarles qué querían ser de jóvenes. Muchas decían: "Yo tener muchos niños y vivir en el campo". Yo no era así.
También hablas de los celos y de la propiedad dentro de las relaciones.
En la sociedad primitiva no existían los celos de la misma manera.
Hay una historia muy bonita: un indígena le contestó a un misionero —y después lo recogió un antropólogo americano—: "Es que ustedes solamente quieren a sus propios niños. Nosotros amamos a todos los pequeños de la tribu por igual".
Este individualismo aparece con la monogamia y también con los celos. La competitividad existe entre hombres y mujeres, naturalmente, pero en los celos masculinos hay algo muy fuerte de "esto es mío, es de mi propiedad".
Yo no quiero decir que las mujeres seamos mejores personas. Pero creo que tenemos determinadas características que deberían hacernos serlo y tenemos que esforzarnos también en eso.
Volvamos entonces al título, Cuando las mujeres mandaban. Hemos hablado de mandar, de dominar y de poder. ¿La equidad significa precisamente dejar de necesitar ese mandato sobre el otro?
Estoy de acuerdo. Creo que, si vamos hacia lo femenino, hay que contar con la otra parte de la humanidad, que son los hombres. No podemos sojuzgarlos, ni se trata de ponerlos debajo de la bota y hacer lo mismo que hicieron ellos.
Cuando yo hablo de que las mujeres mandaban, me estoy refiriendo al clan maternal, a la prehistoria.
¿Mandan ahora? Me puedes decir: hay directoras, políticas, mujeres en puestos importantes... Pero no mandan. Siguen dentro de unas estructuras determinadas.
Me gustaba Merkel, por ejemplo, porque parecía una mujer normal, dialogante, no afectada por los signos del poder. Pero inevitablemente vivimos dentro de sistemas. A ti te ponen a dirigir una revista o cualquier organización y después está el carácter de cada uno, pero ese puesto muchas veces implica también represión.
Y hablando de mandato y poder, ¿ves en un futuro próximo a una presidenta del Gobierno en España?
Ahora mismo, no.
¿Por qué?
¿Con Vox y con el PP? ¿Cómo lo voy a ver? No.
Pero, al margen de los partidos, hay mujeres machistas, claro. Muchas. Porque nos hemos criado históricamente dentro de eso. Y si, además, tienen una ideología de ese tipo, entonces lo tenemos todavía más complicado.
En este país, ahora mismo, no veo posible una presidenta del Gobierno. Tampoco veo en la clase política a una mujer que reúna lo que para mí sería necesario: tendría que tener una conciencia social feminista y entrar en la educación, en la transformación de las estructuras. Porque estamos hablando de una revolución.
Las grandes oleadas feministas han sido importantísimas y creo que haría falta otra grande.
El movimiento ha incorporado, además, otras cuestiones, como el tema trans y otros debates que forman parte de esa evolución. Pero ahora hace falta tomar conciencia de dónde estamos y de que la mayor parte de las mujeres del mundo lo pasan realmente mal.
¿Cómo puede ser que la Unión Europea se reúna con los afganos mientras allí existe un apartheid femenino? Se les prohíbe estudiar, se les prohíbe leer. Es brutal.
Y están las mujeres que desaparecen en Sudamérica, los feminicidios, y aquí mismo las asesinadas cada año.
Antes un hombre llegaba a casa y lo tenía todo hecho: los niños cuidados, la casa organizada. Existía una estructura que funcionaba para él. Pero en cuanto las mujeres empiezan a incorporarse al trabajo, eso se tambalea.
Las mujeres de las clases obreras han tenido que hacer el doble trabajo toda su vida. Las señoritas de clases altas, no.
Lo veo largo y difícil. Pero vivimos en Occidente y somos unas privilegiadas. Y después está también nuestra elección personal: buscarnos compañeros —las que sean heterosexuales— o personas que entiendan esto y que sean feministas. Si no, es muy difícil que funcione.